LORENZO Mientras miraba su foto, no sé cuándo se me dibujó una sonrisa tonta en la cara, era como si me sintiera aliviado de que fuera ella, y no sé qué me pasaba, porque casi nunca sonrío. Levanté la vista y vi a Antonio escribiendo en su teléfono. —¿Dónde está ahora?—, le pregunté con mi habitual expresión inexpresiva y él, jodidamente, sonrió. —Está en el parque—. Inmediatamente hablé por el intercomunicador: —Ronald, cancela todas mis reuniones de hoy. Tengo un asunto personal que atender—. Oí un débil “sí, señor” —Antonio, ¿de qué parque estás hablando? Porque hay como una docena de parques en la ciudad—, dije frustrado. El idiota se burlaba de mí. —Oye, relájate, está en el parque Virgen—, dijo riendo. No veo qué tiene de gracioso. Cogí mi móvil de la mesa, lo metí en el bolsi

