Pasamos días y días disfrutando de nuestra mutua compañía, recordando viejos tiempos, recuperando el tiempo perdido que, por desgracia, era demasiado. Todas las noches íbamos a las afueras de Londres, al prado junto al lago. Siempre había sido nuestro rincón favorito. Pasábamos horas y horas mirando las estrellas, tan infinitas y hermosas. Nos fascinaban. Volvíamos a ser felices, juntos.
Una noche, me puse muy enferma. Tenía una fiebre muy elevada y me costaba respirar. Adam me llevó, en contra de mi voluntad, al hospital. Allí me tuvieron en cuidados intensivos. Fue un gran error que me llevara allí. Éramos menores sin tutores legales y los médicos se vieron obligados a llamar los servicios sociales. Advirtió a Adam de ello. No le quedaba otra opción que huir sin mí. Antes de hacerlo, se acercó a mí.
-Debo irme. Te prometo que volveré a por ti. Te lo prometo, Alice. -Dicho esto, me besó la frente y salió de allí.
Cuando me recuperé me llevaron a un orfanato. Pasé años encerrada allí, sin saber ningún tipo de noticia sobre Adam. Pero yo no perdía las esperanzas. Me pasaba los días encerrada en mi habitación, escribiéndole cartas que no llegarían a ningún destinatario, que ni tan siquiera serían enviadas pero que me hacían sentir, de algún modo, algo mas cerca de él. Todos los días escribía una carta.
Un día, una de las encargadas del orfanato entró en mi habitación, advirtiéndome de que tenía una visita muy importante. Me puse en pie de un salto, me peiné el pelo con ambas manos y corrí pasillo adelante hasta llegar al pasillo de la puerta de entrada. Con las manos en los bolsillos y mirando a su alrededor estaba él. Con su larga melena castaña oscura, sus ojos grises y su mochila cargada al hombro. No pude evitar al verle dibujar en mi rostro una amplia y sincera sonrisa. Corrí hacia el y, dando un pequeño saltito me subí a sus brazos y le abracé con mucha fuerza. Llevaba mucho esperándole. Me prometió que volvería a por mí y ahí estaba. Me muestra una hoja de papel y le observo algo confusa.
-¿Qué es esto, Adam? –Pregunté con un tono algo aniñado.
-Di hola a tu nuevo tutor legal. –Me sonríe sin dejar de mostrarme el papel donde dice que Adam era ahora mi único tutor legal.
No cabía en mi asombro. Miré el papel y a él intermitentemente. Lo leí repetidas veces para asegurarme de que aquello no se trataba de ningún tipo de broma. Era real. Ahora era mi tutor. Adios a tener que huir de los servicios sociales. Adios orfanatos. Hola libertad. Volví a abrazarle con fuerza. Y una vez acabados los trámites de la adopción, volvimos al Dungeon. Allí le enseñé las muchas cartas que le había escrito.