CEFEIDAS

3591 Words
Sé cómo billete de veinte dólares, que en la vida nos arrugan, nos pisan, nos maltratan, nos injurian, sin embargo a pesar de ello siempre seguimos valiendo lo mismo...                                                                                                                   Cassan Said Amer                                          A veces, para poder llegar mas allá de una lógica o de algún resultado, sea cual sea, necesitamos agregar a nuestras vidas unos pequeños catetes de locura directo al corazón y que este se entregue por completo, sin resistencia alguna. Porque solo cuando estamos sumergidos en cierta dosis que nos aleja de lo escueto, podemos ver más allá de nuestra imaginación, y lo que es mas importante, logramos conquistar un punto de vista de la vida bien interesante donde el ángulo que se nos ofrece de ella es creativo y en ningún instante se torna amigo de lo común, de lo cotidiano.             Simón, era la prueba más fehaciente de todo lo que les digo. Un viejo vagabundo del pueblo que todos los días, sin hacerle caso a sus grandes dificultades, se convertía en la persona que con más valor y ahínco buscaba embriagarse de ese sol, que luego de la sombra de la noche, levanta por el horizonte puro su copa de oro, allá por algún lugar en una isla de Cuba. Así era de contento este señor cada amanecer, como si en su corazón habitara un campo repleto de girasoles persiguiendo la luz.                  Caminaba pausado recorriendo los rincones del pueblo. Pese al calor típico del caribe, vestía saco n***o gastado (tanto que parecía gris), pantalón del mismo estilo, pero con un hueco en la rodilla y otro algo más pequeño en una de sus nalgas. Acuestas una bolsa hecha de yute y su sombrero de yarey desaliñado. Simón no reía, pero su semblante no mostraba tampoco una mínima angustia. Presentaba una cabellera larga plateada y resumida en una cola que resumía con un pedazo de tira negra Tenia barba no muy pronunciada, pero lo que mas llamaba la atención de aquellos que de cerca le veían, sin duda alguna eran sus ojos que tal como si rasguñado el cielo le hubiesen colocado dos pedacitos en ellos. Era ese azul que sobresalía en su rostro derrotado por el tiempo como anillo de oro en lodazal.                  En realidad, muy pocas personas tenían buenas opiniones sobre el quijotesco anciano, y sin pensarlo declaraban al verle pasar, cual judas, múltiples injurias y reproches. Una vez escuche decir a una señora de la llamada alta sociedad del pueblo (no se cual de ellas, porque alta lo mismo están las estrellas que los carroñeros buitres) frente al bodegón de la esquina: “¿Este viejo asqueroso e insulso no sabe ir para otro lugar...?”   “¡Tan grande que es el mundo y justamente viene a echar su hades de pulgas aquí!”  Y con pañuelo en nariz se retiró del sitio.                    Era increíble la calma y la ignorancia del viejo para palabras como estas, que pese a salir disparadas como un racimo de dagas afiladas, con el único objetivo de hacerle caer lo mas bajo posible, pues el anciano propiamente como antídoto  pensaba en grande, lo cual le mantenía siempre en pie y lleno de paz sobretodo consigo mismo.  Con su bolsa a cuestas continuaba el camino, dándole a entender a todos que era libre, y por tanto, libre es aquel que no esta esclavizado por ninguna torpeza. ¿Dónde dormía, donde cenaba?, si es que en algún momento lo hacía, la respuesta nadie la sabia. Solo se comentaba que una familia de carboneros, a las afuera del pueblo, le tenía un puesto junto a ellos.                  En la mañana del 31 de diciembre, me despertó el escándalo de una señora que gritaba con exabrupto: “¡Policía, policía...atrapen a ese delincuente...!”  “¡Vecinos, vecinos auxilio! ¡Por el amor de Dios!, libérenme de este fétido hijo de Satanás”. — Todos estos alaridos con un rosario en una mano y un crucifijo en la otra. Para cuando me puse en pie y fui corriendo al portal de la casa, ya un grupo de personas encorelizadas retenían con brazos opresores e irresponsables a alguien, que de primera instancia no pude distinguir, pero luego de ver un sombrero y una bolsa lanzados al piso, pude advertir que se trataba precisamente del viejo Simón. Todos querían sujetarlo y no le daban espacio ni siquiera para hablar y defenderse, aunque para ser mas sincero tampoco creo que lo hiciera. Más bien aceptaba su destino con vergüenza, sea cual fuese el color que tomara, y se comprometía consigo mismo a seguir el absoluto sendero de la no-resistencia. Negaba ser el roble que se resiste con fuerzas y agrietado sucumbe ante la tempestad que le azotaba, todo lo reverso, el anciano se comportaba flexible como la caña que se dobla de un lado a otro pero sobrevive y vence el mal tiempo.                      De los cinco señores que encarnecían al viejo, uno de ellos quiso robar los aplausos de este show, cuando pegándolo bruscamente contra la pared le grito irritado: “¡Bastardo!”, y con la misma alzo su puño para pegarle un contundente golpe. Creo que en momentos así se comprende cuan de próximo estaba el legado de aquellas personas que crucificaron a Cristo, de, cual si fuese agencia turística, la historia terrestre que nos ha tocado vivir divulga los mapas  donde encontrar intolerancias y odios puramente extravirgen .Más,  aunque uno no puede quitar las espinas que las personas han diseminado en sus caminos, ya sea por karmas de vidas pasadas o simplemente por torpezas personales, decidí convertirme en ese par de botas que ayudaran a este pobre hombre a cruzar tan grávido y punzante sendero.  Infalible intercedí, y no faltaron quienes me ofrecieran miradas llenas de nudos, bocas apretadas y gestos de asombros vilipendiados, cosa que no me daba ni menos calor ni mas frió, mas bien considero que el mundo se esta civilizando. En otro siglo me hubiesen guillotinado por defender a un infausto, ahora solo se conforman lapidándome con las pupilas.                    Pero si de asombro se trata, la cara de simón era un verdadero poema. De hecho sentí aquellos ojos azules posarse sobre mi, como agradecido de que estuviese depositando una cucharada mas de azúcar en la olla amarga de esta vida en abandono que le había tocado vivir. Todos intentaron desorganizadamente de explicar que el anciano se encontraba robando a la señora, y en efecto tenia la prueba en sus manos. Una pequeña flor amarilla había sido extraída del jardín de mi vecina. Con estas cosas no se si las personas viven pensando en la estupidez o piensa con estupidez para poder vivir.               Era la primera vez que había visto sonreír a viejo— Con una dentadura opaca, pero con la mayoría de sus piezas intactas—, excepto al terminar mi discurso acérrimo, cuando hice alusión a una frase de Ghandi: “Ojo por ojo y el mundo acabara ciego”. Además agregue: “Diente por diente y   ni siquiera la sopa se podrá cenar”. Cosa que, cual si mis palabras fuesen un abracadabra, hizo que todos fuesen retirándose poco a poco del lugar, maldiciéndolo a él y juzgándome a mí. Quedo serio el vetusto hombre.                   Simón recogió sus cosas y echándose la vieja bolsa al hombro, luego de ponerse el sombrero, busco la flor amarilla, ya mutilada en varios de sus pétalos que ya hacía en el contén de la acera, y comenzó a caminar mas lerdo y lento que de costumbre. Sentí pena, y en el calor de mi alma estaba horneando un pan hecho con la harina de mis curiosidades y sentimientos sobre la vida de este misterioso viejo. Tenía la sensación de que mi mente estaba intoxicada por la falta de noticias sobre el. La ignorancia es la única enfermedad que padece el alma, puede curarse solamente por medio de un exacto conocimiento, y es precisamente el conocimiento, la acción más inequívoca de ella, al menos de la mía. Yo quería curarme, y la necesidad latente de conocer tan escueto ser, me llevo sin vacilar un solo segundo a investigar.                  En realidad, vivía colindante con una sencilla familia de carboneros. A los cuales les pedí consentimiento para ver como vivía el anciano, luego de un silencio en este tiznado matrimonio, saque un dinero y sin pensarlo me dijeron: “Dele, ni puerta tiene” .La “Casa” era muy pequeña, hecha de maderas de palmas. El techo fue construido con lo que fue en algún momento latas de galletas y algún que otra penca de guano, lo que probablemente convertía el lugar cada vez que el sol le daba, en la tostadora más grande del mundo. El piso era de tierra, y si algo en realidad me llamo la atención, fueron los tantos objetos y fotos gastadas que se exponían por todo el lugar. Continúe buscando detalles de lo que veía. Cuando me asusto la presencia del carbonero, sin camisa y descalzo en toda esa tierra, para decirme que el viejo se venía a lo lejos del camino, pero que no me preocupara él se tardaba una media hora en llegar por su lento andar. Así como alguien dijo que investigar es ver lo que todos han visto y saber lo que los demás no saben, esta vez con más prisa, continué investigando. Descubrí, entre otras cosas, un viejo mapa de Europa guindando detrás de la puerta, junto a él una gastada bandera española. Además un colador de café yacía en un rincón del piso adherido a una jarra y plato de barro, también sobresalía, imperante en el medio del lugar, una hamaca, que desde aquí, le veía zurcidos por todos lados. Estoy más que consiente, de que cada cual busca las manos de Dios para que con un modelo, elegido por nosotros mismos, nos haga una sólida escultura del destino, sin caber fortuna alguna en esto. Pero, ¿Por qué y que hacia este viejo tan miserablemente solo?  Ya se acercaba cada vez más y no sabría cuál sería su reacción al verme allí. Tuve temor y preferí resguardarme por la parte de atrás de este bohío, para luego irme.                  Miraba involuntariamente (Bueno, también voluntariamente) por los espacios que dejaban las tablas de palma. Entro a la casa con la conflictiva flor amarilla en mano la cual coloco cuidadosamente en una vieja lata de leche condensada, que custodiaba al mejor estilo de un florero, la foto más grande y llamativa de la casa. Atrapo una tinaja al pie de la hamaca y bebió, de inmediato continuo hasta la lata-florero y le medio de agua acomodando mejor la marchita flor. Luego tomo la única coja y desaliñada silla que tenia y hurgando en su bolsa, saco de ella un pequeño pifano que se puso a tocar pausado e infalible. Se escuchaba una melodía extraña, bonita y a su vez triste, algo así como celtica.Era sorprendente la manera tan cristalina con que ejecutaba tal instrumento, como si cada nota tuviese manos y acariciaran el oído. La melodía había cesado y el ejecutante había desaparecido junto con ella del escenario. Relampagueante, sentí contundentemente un golpe tajante y sin excusa, en plena nuca. Estaba totalmente anonadado y las pupilas parecían llenarse de juegos pirotécnicos. El mareo se apodero de mí y perdí el balance, hasta caer definitivamente de cabeza contra el suelo de tierra.                       El fuerte dolor apenas me dejaba gota de respiración, mientras, una fuliginosa silueta se movía en todas direcciones. Se escuchaba decir con exabrupto, cosas así: “¡Espurio, vomito de rata...! Vaya a seguir a la puta de la madre que tuvo el valor de parirte. “¡Largo, largo de aquí, maricon de mierda!  ¡Hostias!” Eran los versos sencillos que mi viejo agresor recitaba. Luego no supe más nada, excepto que aseguro la flauta en una de sus manos y proporciono un golpe final en la cabeza, dejándome in albis por completo.                    Sentí como si caminara por el cielo desorientado y un tipo regostado a una pared de nubes fumando un incienso me dijera: “¡Oye brother, por allí a la derecha están las oficinas de San Peter, pasa y regístrate!”  No había en mí una sola pizca de odio oculto, mas bien estaban millones a flor de piel debido a todo lo que me estaba pasando. Experimentaba la amarga sensación de correr por un camino sin sentido, de respirar y no disfrutar la magia del oxígeno explorando mi cuerpo. Veía la vida como fruto de luchas y fatigas, no como la más valiosa caricia de Dios. Ya lo dice el refrán, “La curiosidad mato al gato”. Espero que luego de pasar por la caja y pagar con esto— quizás mi séptima vida— impuestos incluidos y todo, saliese rápido de este rollo en el que me había metido.                  De pronto escuche voces que no pude distinguir, y si algo me tranquilizo, fue el darme cuenta de no estar en el cielo, porque sin duda los Ángeles no tendrían una voz tan fea y raspada. Fui abriendo los ojos lentamente, encontrando a un señor sonriente al frente. No entendí que le causaba tanta simpatía, a no ser que le estuviera mostrando a la gente, irresponsablemente, los dos únicos dientes que adornaban su mugrosa cara. No le distinguía bien. Intente levantarme pero el dolor en la cabeza y la desorientación no dejaron oportunidad para mi equilibrio, el único chance existente era permanecer acostado.  “No hay hombre tan falto de amigos, que no pueda encontrar alguno con sinceridad bastante para decirle alguna verdad desagradable”. —Me dijo el extraño cara sucia—“El viejo Simón no es malo, solo es la comi’a favorita de un pasa ‘o con cabeza e’ perro malo. Se encuentra ata ‘o a su tristeza bajo lo arbole”. —Hablaba con sorprendente sabiduría mientras me ofrecía un tarro con agua —Luego sentado en un taburete me dio la bienvenida a su hogar, y con ademán simpático, de inmediato me recordó que era el carbonero vecino del viejo. Resulta ser que mi desdentado  mugroso nuevo amigo, el  carbonero  vecino de Simón y su mujer,  mientras trabajaban echándole tierra  a su horno,  vieron como el viejo me espoleaba  la cabeza , decidieron intervenir  acérrimos  a rescatar  lo que quedaba de mi exánime cuerpo.                       Prendió un aporreado tabaco el carbonero y entre el denso humo, comenzó a contar, así de fácil, la vida y obra de Simón que tanto sacrificio y flagelación me había costado. Pero el mundo es como es, a veces las respuestas llegan justo cuando dejamos de buscarlas, como alguien dijo alguna vez: “La mayoría de esos héroes que nos tejemos en la cabeza son como el buen rió que para apreciarlo bien y notar su poder hay que retirarse un poco”. Distancia exacta que me la estaba aleccionando este fuliginoso amigo.                        Julio Simón González, nació en la ciudad de villa Diego, a unos cuantos kilómetros de Burgos, al norte de España. No fue mesonero en la última cena, pero aproximadamente tenía ya sus ochenta años. Desde muy joven, dicen que estuvo vinculado en cuestiones militares. Así, agasajo con pasión al gobierno del Gral. Franco, teniendo relevantes cargos y diferentes responsabilidades en él. Viajo varias veces al j***n en delegaciones ocultas españolas, y allí por esos rumbos, conoció al gran amor de su vida, una tal Yoshiko Tamaoki de la cual se enamoro tanto, que cuando no la tenia a su lado se dedicaba a escribir poemas y cortas frases de amor en los pétalos de alguna rosa, para poder disimular la angustia que le invadía.                    Ya estaba planeada una boda en Tokio, un día del mes de agosto. La chica, hija de un alto general nipón, adoraba a Simón, un rubio de ojos azules, espigado y fornido. Poco antes de la boda (allá por 1944) El padre de la chica, por medio de algunos informes y hechos. Comenzó a darse cuenta de los errores y falacias por los que había apostado toda su sagrada vida militar y personal. Todo empezó a enredarse y poner oscuro para la familia. El distinguido general cayo en una astenia muy profunda y exasperada, y la frustración se torno su mejor amiga. No era el fin de su mundo, pero se veía desde allí.  Una mañana del propio agosto, Simón recibe un correo en donde le informaban con la más profunda de las penas, que toda la familia Tamaoki se había quitado la vida. Consternado, el chico no aguanto tanto dolor. Acuitado y sumido astrosamente en una horrenda tristeza, intento suicidarse. Pero como amigos son los que en las prosperidades acuden al ser llamados y en las adversidades sin serlo, gracias a la intervención de un amigo militar, enterado de las malas nuevas, fracaso en su intento de apiolarse.                     Su compañero lo rescato de todo tipo de recuerdos y escenarios, enviándolo donde unos parientes en un pueblo a las afueras de la Habana. Allí trabajo muchos años la tierra en una ascienda y así quedo hasta el sol de hoy sin haber viajado nunca más a su país natal, como tampoco se le conoció ningún otro romance. Luego Simón dedico la vida a peregrinar por toda la isla, quedándose hasta cinco y seis años en cada pueblo o ciudad donde llegaba .Su universo estaba gobernado por las leyes invisibles de las memorias, tristezas y algidez de la vida, lo que por lo tanto, no le hacia fácil orientar el destino. Cuenta el carbonero que este ya tenia unos quince años viviendo en la zona, evidenciando que no se iría mas, aunque pienso que un caballo salvaje va a cualquier lugar excepto a donde deseamos llevarle.                  Dicen que el viejo no se separaría nunca de dos cosas, sea cual fuese el rumbo que tomara su futuro. Primero, tres fotos que tenia consigo de la señorita Yoshiko y segundo el Butsudan, una casita pequeña de madera en donde en su interior posee el Ihai, las tablillas donde se  veneran los antepasados   y que le enseñaron como adorar muy bien en sus andanzas por el j***n .En esto último, creo que radicaba el misterio del por que el anciano no  sentía una soledad que le exterminara del todo, era  esa cabina que le comunicaba con los seres que mas adoraba,  y de ahí que se la pasara recolectando flores para que fuesen cómplices en tal veneración poniéndolas  frente a sus fotos y  en el propio Butsudan  que le acompaña  en el saco a todos lados.                        El viejo Simón se daba la oportunidad de un silencio infinito, algo que a diferencia de muchos, lo armonizaba con poderes, fuerzas de la existencia divina y la misma potencialidad pura del universo. Tenía el don de disfrutar el palpitar milenario de la existencia. Experimentando el silencio, lograba aniquilar esas turbulencias que aparecen en nuestro dialogo interno y con abyección nos alejan del cielo, algo que habita en el noventa por ciento de nosotros. Si observamos a este anciano, nos damos cuenta que es el propio carácter existencial de la naturaleza. Al viento nadie le dice que vela hinchar, simplemente sopla a donde sea, al águila nadie le da órdenes de a que presa a****r y a cual no, simplemente ataca, los peces no dicen: ¡Voy a nadar! Simplemente en silencio nadan.  Así Simón, con todos sus problemas, callado en el silencio de la oscuridad de su existir diario, avanzaba sin siquiera agarrar impulso, solo seguía la fluidez transparente del supremo para con el. Esta es una de las verdaderas y gratas maneras de creer en Dios.                      Era sorprendente para mí todo lo que escondía Simón en la profundidad del alma, creo que hasta sentí honradez de tener estos golpes, dados por un tácito vetusto cargado de historia. Me admiraba y daba más que todo envidia, esa dignidad con la que llevaba su pobreza. Experiencia no es lo que nos sucede, es aquello que hacemos con todo lo que nos sucede , y sin duda el viejo era como ese actor de teatro que trabaja para un director  llamado tiempo, el final de la obra será justo y perfecto  ya  sea para bien o para mal.                        Claro esta que toda esta información y la confianza hecha, tuvo su precio para mi estimado carbonero hace ya unos quince años. No se cómo se las arregló para mostrarme las huellas de seis puntos de sutura que le dieron en la frente y aún recuerda claro y fresco los gruesos versos que le recito su viejo amigo .El carbonero me dijo: “¡En ‘pero no conocimo el viejo y yo como lo machos, a puro cocotazo!”  Esa fue para mí la noche de año nuevo más rara en intensa de mi vida. A la mañana siguiente tenia que irme de viaje para México, pero antes de hacerlo, envié con el propio carbonero, un ramo de flores amarillas y toda mi cena con uvas incluidas .Además le mande a construir por el mejor carpintero de la zona, un Butsudan muy reluciente y hermoso para que lo dejase fijo en su bohío. Cuando llevaba un mes en suelo azteca escribiendo esta historia, hice una llamada a la Habana, en donde me comunicaron que al viejo lo habían internado con suma urgencia debido a una fuerte neumonía, falleciendo dos días después en un hospital de la ciudad.                                        La vida es como una leyenda, no importa que sea larga o corta, sino que este muy bien escrita.                                                                                                                                                                                                                              Lucio Anneo Séneca                                                                                                                                                                                                                                                                      YURI
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD