Cuando se acaban las clases y mis ánimos están siendo mucho más coherentes me doy cuenta que no tengo ropa, ni mucho menos lugar donde dormir. Estoy cansada y en definitiva necesito un baño. Tengo dinero en efectivo para dormir en un hotel, pero se me acabaría todo en una noche. No puedo permitirme eso ahora. Opto por llamar a Damián. Aunque no me apetece pedirle semejante favor en vista de la situación en la que él y yo nos encontramos. Me subo a mi auto y luego de pensarlo varias veces decido llamarlo. —Hola, ¿cómo estás? —no obtengo respuesta por un buen rato hasta que escucho un suspiro. —Hola, Jennifer. ¿Qué sucede? —su voz es dura, casi seca, lo cual inexplicablemente me produce sentimiento. —Sé que te dije... sé que te dije que nuestra relación sería netamente laboral, lo que

