Capitulo 1
Desde que James Coleman cruzaba las puertas de C&M Ingeniería y Construcción, la empresa entera parecía contener el aliento.
—Buenos días, señor Coleman.
—Buenos días, ingeniero.
—Buen día, señor James...
Los saludos se sucedían uno tras otro mientras él avanzaba por el vestíbulo con una mano dentro del bolsillo del pantalón y la otra sosteniendo un elegante maletín de cuero. Alto, impecablemente vestido y con esa expresión fría que parecía esculpida en piedra, caminaba como si el edificio le perteneciera... y, en cierto modo, así era.
No respondía a nadie. Sin embargo, todos lo saludaban. No por educación, sino por supervivencia. James tenía una memoria envidiable. Recordaba rostros, voces y pequeños detalles con una facilidad aterradora. Sabía quién había llegado tarde, quién había olvidado saludarlo, quién murmuraba a sus espaldas e incluso quién fingía trabajar cuando él no estaba cerca.
—Soy su superior —solía decir con absoluta calma—. Lo único que exijo de ustedes es respeto.
Y nadie quería comprobar qué ocurría cuando alguien olvidaba aquella sencilla regla.
Porque James no levantaba la voz, ni discutía, ni daba segundas oportunidades, simplemente chasqueaba los dedos y, antes de que el desafortunado pudiera reaccionar, dos guardias de seguridad aparecían para acompañarlo hasta la salida.
Así de sencillo. Por eso, entre los pasillos, muchos lo llamaban en voz baja el diablo vestido de Armani.
Lo curioso era que ese mismo hombre capaz de hacer temblar a toda una empresa provocaba suspiros en casi todas las mujeres del edificio.
Alto, elegante, mandíbula perfectamente marcada, cabello oscuro siempre impecable y un perfume exclusivo que dejaba un rastro imposible de ignorar.
James Coleman era el tipo de hombre que parecía haber nacido convencido de que el mundo giraba a su alrededor y él jamás había encontrado motivos para pensar lo contrario.
Como cada mañana, el ascensor ejecutivo se abrió antes de que llegara. Los empleados que esperaban retrocedieron inmediatamente. Era otra regla no escrita, James odiaba compartir espacios.
Las puertas comenzaron a cerrarse. Entonces...
—¡Espere!
Un pie se atravesó justo a tiempo, las puertas volvieron a abrirse, Emma apareció, llevaba el cabello suelto, una mochila colgada del hombro, un sándwich entre los dientes y trataba desesperadamente de sujetarse una coleta mientras murmuraba entre dientes:
—¡No, no, no! Hoy sí me despiden...
Entró sin mirar quién estaba dentro. Las puertas volvieron a cerrarse. Solo entonces levantó la vista, su sonrisa desapareció.
—...Tenía que ser usted.
James la observó lentamente de arriba abajo.
Zapatos de abuela, camisa ligeramente arrugada, un mechón de cabello sobre la frente y un enorme sándwich que seguía masticando con absoluta tranquilidad.
Frunció el ceño.
—Hay personas que hacen ver barata esta empresa.
Emma levantó una ceja.
—¿Disculpe?
—Tu aspecto es lamentable.
Ella dio otra mordida al sándwich.
—Gracias. El suyo también... aunque en otro sentido.
James respiró hondo.
—Ni siquiera sabes que es de mala educación hablar con la boca llena.
—Ni usted que también es de mala educación andar juzgando a la gente antes de las ocho de la mañana.
Él giró lentamente la cabeza hacia ella.
—¿Siempre eres tan insolente?
—Solo cuando alguien se gana el privilegio.
James soltó una risa seca.
—Personas como tú deberían subir por las escaleras.
Emma lo miró con fingida preocupación.
—¿Y privar a los empleados del espectáculo de verlo entrar con esa cara de funeral? Sería egoísta de mi parte.
Él apretó la mandíbula.
—No entiendo cómo mi abuelo sigue permitiendo que trabajes aquí.
—Porque él sí sabe reconocer a una buena empleada.
—Lo que reconoce es tu habilidad para sacarlo de quicio... igual que haces conmigo.
Emma sonrió divertida.
—Entonces hago muy bien mi trabajo.
James cerró los ojos durante un segundo.
“Respira, solo respira.”
No podía perder el control por culpa de una secretaria, no otra vez.
Cuando volvió a abrirlos, ella seguía masticando con una tranquilidad que le resultaba insoportable.
—¿Nunca llegas temprano?
Emma consultó su reloj.
—Llegué treinta segundos antes de las ocho.
—Corriendo.
—Pero llegué.
—Despeinada.
—Eso tiene solución.
—Con comida en la boca.
Ella levantó el sándwich.
—¿Quiere?
James la miró como si acabara de ofrecerle veneno.
—Preferiría comer cartón.
—No sabía que ya desayunaba en la oficina.
Él sintió un leve tic en el párpado.
—¿Disfrutas irritándome?
—Muchísimo.
—Se nota.
—Y lo mejor es que es completamente gratis.
El ascensor seguía subiendo.
James comenzaba a preguntarse si alguien había detenido el mecanismo solo para castigarlo.
—Escúchame bien —dijo con voz firme—. Si no fueras la protegida de mi abuelo...
Emma dio el último mordisco al sándwich.
—¿Qué haría?
—Ya no trabajarías aquí.
Ella se limpió las manos con una servilleta y dio un paso hacia él.
James, casi por instinto, retrocedió hasta que su espalda chocó con la pared del ascensor.
Emma levantó un dedo frente a su rostro.
—Y usted escúcheme bien. Primero: no es mi jefe. Segundo: no le tengo miedo. Y tercero...
Sonrió con toda la calma del mundo.
—Lo que piense de mí... me importa exactamente lo mismo que un manual de modales escrito por usted.
James respiró profundamente.
Una.
Dos.
Tres veces.
—Algún día vas a sobrepasar todos los límites.
—¿Hoy no?
—No me provoques.
—¿Eso fue una amenaza?
—Fue una advertencia.
Emma soltó una pequeña carcajada.
—Qué miedo...
Las puertas del ascensor finalmente se abrieron.
James salió primero, decidido a alejarse de aquella mujer antes de cometer una locura.
Emma caminó detrás de él.
—¡Qué tenga un excelente día, señor perfección! —canturreó.
Él siguió caminando sin girarse.
Emma acomodó la mochila sobre su hombro y, al echar el cabello hacia atrás para terminar de hacerse la coleta, este salió disparado como un látigo.
¡Plaf!
La larga coleta golpeó de lleno el rostro de James.
El hombre se quedó inmóvil.
Muy despacio levantó una mano hasta su mejilla.
Emma abrió mucho los ojos.
—Ups...
Por un instante pareció realmente arrepentida.
Solo por un instante.
—Lo siento... fue un accidente.
James la fulminó con la mirada.
Ella sonrió con inocencia.
—Aunque debo admitir que mi cabello tiene mejores modales que usted.
Y siguió caminando como si nada hubiera ocurrido.
James permaneció inmóvil unos segundos.
Apretó los puños.
Respiró profundo.
Volvió a respirar.
«Cálmate, James...»
Otra respiración.
«No puedes ir a prisión por estrangular a una secretaria.»
Con esa idea martillándole la cabeza, echó a andar rumbo al despacho de su abuelo.
Esta vez no iba a pedir un favor.
Iba a exigir un despido.