Capitulo 2

1105 Words
James abrió la puerta del despacho de su abuelo sin molestarse en tocar. —¿Qué tengo que hacer para que despidas a esa mujer? Elliot Coleman levantó la vista de unos documentos y dejó los lentes sobre el escritorio con absoluta tranquilidad. —Buenos días para ti también. —No cambies de tema, abuelo. Esa secretaria ya sobrepasó todos los límites. —¿Emma? —¿Conoces otra capaz de arruinarme la mañana antes de las ocho? El anciano sonrió divertido. —La verdad... no. James comenzó a caminar de un lado a otro. —Es desordenada, llega corriendo todos los días, desayuna en el ascensor, responde de la peor manera posible y hace cinco minutos me golpeó en la cara. Elliot arqueó una ceja. —¿Te golpeó? —Con el cabello. El viejo hizo un enorme esfuerzo por contener la risa. —No le encuentro la gracia, abuelo. —Yo sí. James se dejó caer en una silla y pasó una mano por su rostro. —No entiendo qué le ves. No tiene modales, desafía a todo el mundo y parece disfrutar sacándome de quicio. —Porque contigo funciona. —¡Ese no es el punto! —Precisamente ese es el punto— dice Eliot James resopló con impaciencia. —Quiero que la despidas. —No. —¿No? —se levantó de la silla. —No. —¿Ni siquiera lo vas a pensar? —Ya lo pensé hace cinco años, cuando decidí contratarla. James apoyó ambas manos sobre el escritorio. —No entiendo qué hace una mujer como ella en esta empresa. —Trabajar. —Sabes perfectamente a qué me refiero. —Y tú sabes perfectamente la respuesta. Antes de que James pudiera insistir, llamaron a la puerta. —Adelante. La puerta se abrió lentamente. Emma apareció con una gruesa carpeta entre las manos. Esta vez llevaba el cabello perfectamente recogido. James la miró con desconfianza. —Por lo menos esa coleta viene asegurada. Ella sonrió. Elliot carraspeó para ocultar otra risa. —Buenos días, señor Coleman —saludó Emma entregándole la carpeta. —Buenos días, hija. Siéntate. Ella obedeció. James, en cambio, permaneció de pie con los brazos cruzados. —Tú también, James. —Estoy bien aquí. —No era una sugerencia. Sientate. James soltó un largo suspiro y tomó asiento lo más lejos posible de Emma. Ella no perdió la oportunidad. —Qué alivio. Pensé que iba a tener que soportar su perfume toda la reunión. Él giró lentamente la cabeza. —Mi perfume cuesta más que todo tu guardarropa. Emma sonrió con absoluta tranquilidad. —Se nota. Con razón huele tan caro... lástima que no venga con humildad incluida. Elliot cerró los ojos un segundo. Aquellos dos iban a acabar con su paciencia. —¿Podemos tener una reunión sin intentar asesinarse? —Pregúnteselo a ella. —Pregúnteselo a él. Respondieron al mismo tiempo. El anciano negó con la cabeza. —A veces me pregunto cuál de los dos tiene treinta y cinco años... y cuál cinco. Emma bajó la vista para ocultar una sonrisa. James fingió acomodarse el reloj. —Emma, ¿trajiste los contratos? —Sí, señor. Ella deslizó la carpeta sobre el escritorio. Elliot comenzó a revisar los documentos uno por uno. —Excelente trabajo, como siempre. James rodó los ojos. —Claro... ahora vienen los elogios. —Y bien merecidos— añade el viejo cerrando la carpeta, mirando fijamente a su nieto.—Emma lleva cinco años trabajando conmigo. Jamás ha llegado un informe tarde, jamás ha perdido un documento y jamás ha cometido un error importante. James soltó una risa incrédula. —¿Estamos hablando de la misma mujer que desayuna dentro del ascensor? Emma levantó la mano. —Objeción. Hoy terminé de desayunar antes de llegar. —Gracias por la aclaración. —De nada. Elliot volvió a intervenir antes de que empezaran otra discusión. —Lo cierto es que Emma es una de las mejores empleadas de esta empresa. —Eso es discutible— dice James. —No. Es un hecho— lo corrige el viejo. James guardó silencio. Sabía que discutir con su abuelo era perder el tiempo. Elliot entrelazó los dedos sobre el escritorio. —Ahora pasemos al verdadero motivo por el que los llamé. La expresión de James cambió inmediatamente. —¿Tiene que ver con Holanda? — preguntó James —Exactamente— dijo el abuelo. Los ojos de Emma se abrieron con sorpresa. —¿Holanda? —La reunión con Van der Berg Holdings se adelantó. Será dentro de dos días— dijo el viejo. James sonrió con confianza. —Perfecto. Tengo todo preparado, abuelo. —Lo sé. —Entonces saldré esta misma noche— dijo entusiasmado. Elliot negó lentamente. —No. James frunció el ceño. —¿No? —No viajarás solo. El despacho quedó en silencio. Elliot miró primero a Emma, después a James y finalmente anunció: —He decidido que Emma viajará contigo como representante de la empresa. El silencio duró apenas dos segundos. —¿¡Qué!? Los dos se pusieron de pie al mismo tiempo. —¡Ni hablar! —exclamó James. —¡Eso mismo digo yo! —replicó Emma. —Abuelo, ese viaje definirá el futuro de la empresa. Necesito a alguien preparado, no a tu secretaria. Emma cruzó los brazos. —Qué coincidencia. Yo también necesito un compañero que no crea que nació en la realeza — dijo ella. —No pienso pasar diez horas de vuelo con ella— dijo James. —Créame, el sentimiento es completamente mutuo— replico Emma. —¡Silencio los dos! La autoridad de Elliot bastó para que el despacho volviera a quedarse en calma. El anciano los observó durante unos segundos. Después sonrió con esa tranquilidad que tanto desesperaba a su nieto. —Ya compré los boletos. James abrió los ojos. —¿Cómo? —Salen mañana a las siete de la mañana. Emma seguía sin reaccionar. —¿Está hablando en serio señor Coleman? —Muy en serio— dijo el viejo. James negó con la cabeza. —No puedo creer que me hagas esto, abuelo. No puedes obligarme a convivir con esta… señorita. Elliot sonrió. —Si no viajas, cancelaré el proceso para nombrarte director ejecutivo. Aquellas palabras fueron como un balde de agua fría. James se quedó completamente inmóvil. El anciano volvió la mirada hacia Emma. —¿Y tú? —Acataré sus órdenes, señor. Emma suspiró resignada, sabía que Elliot jamás le había pedido algo tan importante y tampoco era capaz de decirle que no. James se levantó de la silla. —Esto va a ser un desastre.
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