Capitulo 3

939 Words
Sin decir una palabra más, James salió del despacho como una tormenta. El portazo hizo vibrar los cristales. Emma observó la puerta unos segundos y luego suspiró. —Lamento que... —No te disculpes por los malos modales de mi nieto, querida —la interrumpió Elliot con serenidad—. Mañana estará sentado en ese avión, aunque tenga que subirlo a la fuerza. Emma esbozó una sonrisa incómoda. —Ahora tenemos un asunto mucho más importante. El anciano abrió uno de los cajones del escritorio y sacó un delgado folder verde. Lo dejó frente a ella con una delicadeza que contrastaba con la seriedad de su expresión. —¿Qué es esto? Emma apoyó la mano sobre la carpeta, pero Elliot la detuvo. —Todavía no. Esperemos al licenciado Henderson. Aquellas palabras bastaron para borrar la tranquilidad de su rostro. Henderson. El abogado principal de la familia Coleman, un hombre que solo aparecía cuando había problemas demasiado importantes para dejar rastro. Emma tragó saliva. ¿Qué podía tener que ver ella con un abogado de ese nivel? El silencio se prolongó unos segundos. —¿Cómo siguen tu madre y William? —preguntó Elliot con aparente interés. —Bien, señor. Mi madre ha mejorado bastante... y mi hermano está estable. Gracias por preguntar. —Me alegra escuchar eso. Nada más. Ni una palabra adicional. Sin embargo, Emma sintió un extraño peso en el pecho. Había aprendido a conocer a Elliot durante los últimos cinco años y sabía reconocer aquella calma. Era la misma que precedía las decisiones importantes. Llamaron a la puerta. —Pase. Henderson entró con paso elegante, saludó brevemente a Emma y entregó un sobre color crema. —La información ya fue verificada, señor — le dijo a Elliot. —Excelente. Elliot revisó rápidamente los documentos y asintió. —Ahora sí. Empujó el folder verde hacia Emma. —Ábrelo. Ella respiró hondo antes de hacerlo. Las primeras líneas la confundieron. Las siguientes... La indignaron. Cerró la carpeta de golpe. —Esto es absurdo. Los dos hombres permanecieron en silencio. —¿De verdad esperan que firme semejante acuerdo? —Sí—dijo Eliot, tajante. —Jamás. Elliot entrelazó las manos sobre el escritorio. —Solo quiero asegurarme de que, pase lo que pase durante el viaje, nunca intentes convertirte en parte de mi familia. Emma sintió que algo se rompía dentro de ella. Durante años había visto a aquel hombre como un mentor, casi como al padre que perdió. Jamás imaginó escuchar esas palabras. —Nunca quise pertenecer a su familia. Su voz tembló, aunque hizo todo lo posible por ocultarlo. —Estoy agradecida por todo lo que hizo por mí, pero jamás he tenido otro interés que trabajar. Elliot asintió lentamente. —Precisamente por eso te elegí. Emma frunció el ceño. —¿Elegirme para qué? —Porque eres inteligente. Porque sabes guardar silencio. Porque nunca te rindes. Se puso de pie y caminó hasta la ventana. —He invertido cinco años preparándote. No para que seas una secretaria... —Hizo una breve pausa.—...sino porque algún día ibas a serme útil. Emma sintió un escalofrío. —No entiendo de qué está hablando. —Lo entenderás muy pronto. Ella golpeó el escritorio con ambas manos. —¡Si existe alguna deuda por todo lo que hizo por mí, dígamela! La pagaré trabajando toda mi vida si es necesario. Elliot giró lentamente. Sus ojos ya no transmitían calidez, solo autoridad. —No puedes pagar esta deuda con dinero. Emma sostuvo su mirada. —Entonces dígame cómo. El anciano respondió con una serenidad que resultó mucho más aterradora que un grito. —Con tu vida, Emma. El despacho quedó en silencio. Emma sintió que el aire abandonaba sus pulmones. —Está loco —Se dio media vuelta. —No pienso seguir escuchando una sola palabra más. Apenas alcanzó la puerta. —Si sales de este despacho... La voz de Elliot sonó tranquila. —...lo lamentarás el resto de tu vida. Emma se detuvo. Permaneció unos segundos de espaldas antes de girarse lentamente. —¿Qué quiere de mí, señor Coleman? —Que firmes el contrato. Ella tomó la carpeta y la lanzó sobre el escritorio. —Ni por todo el dinero del mundo soportaría a James Coleman. —No esperaba que lo soportaras. —Entonces búsquese a otra persona. —No puedo. —Pues tendrá que hacerlo, porque no pienso ser su niñera de viaje. Henderson intervino por primera vez. —Señorita Emma, le recomiendo terminar de leer el acuerdo. Si considera necesario modificar alguna cláusula, podemos negociarla. Emma negó con firmeza. —No pienso firmar nada. Este acuerdo es absurdo. Elliot apoyó ambas manos sobre el escritorio. —Hasta hoy has hecho cuanto has querido porque yo lo permití, señorita Diaz. Su voz seguía siendo tranquila. —Pero a partir de ahora se terminaron los privilegios. Emma levantó el mentón. —No me asustan sus amenazas, señor Colman. —¿Amenazas? El anciano tomó el sobre color crema y se lo extendió. —No lo llamaría amenazas. —Esperó a que ella lo recibiera.—Esto es la realidad. Emma lo abrió con manos temblorosas. Sacó lentamente los documentos, comenzó a leer y su respiración se cortó. El color desapareció de su rostro, las hojas resbalaron entre sus dedos. —No... Sus labios apenas pudieron pronunciar aquella palabra. Henderson abrió nuevamente la carpeta verde y dejó un bolígrafo sobre la mesa. —Ahora comprenderá por qué este contrato no es una sugerencia. Emma no respondió. Las lágrimas comenzaron a caer una tras otra mientras seguía aferrada a aquellos documentos. Su peor pesadilla acababa de hacerse realidad.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD