—¿Cómo puede ser tan despreciable? —preguntó Emma con la voz quebrada. Levantó la vista, empañada por las lágrimas, y encontró a Elliot observándola con la misma indiferencia con la que un juez dicta una sentencia—. ¿Por qué yo?
—Porque nunca debiste cruzarte en el camino de los Coleman.
Emma frunció el ceño.
—¿De qué está hablando?
El anciano sostuvo su mirada unos segundos antes de responder.
—De lo que ocurrió hace once años.
Aquellas palabras le atravesaron el pecho. De pronto, el despacho desapareció.
El olor a licor, la oscuridad, los gritos, las manos sujetándola contra el suelo.
Aquella voz. La misma que durante años había intentado olvidar.
Su respiración se volvió errática y todo su cuerpo comenzó a temblar.
—¿Cómo... cómo sabe eso? —consiguió preguntar.
Elliot no mostró el menor gesto de compasión.
—Porque el hombre que destruyó tu vida era mi hijo.
Emma sintió que el mundo se derrumbaba bajo sus pies.
—No...
—Por tu culpa tuve que enviarlo fuera del país. Perdió el futuro que había preparado para él... y terminó muerto.
Emma negó con desesperación.
—¿Está diciendo que... ese maldito... era su hijo?
Las lágrimas comenzaron a correr sin control.
—¿El hombre que me violó era un Coleman?
Elliot permaneció en silencio, ese silencio fue la respuesta.
Emma dio un paso hacia atrás. Todo cobraba sentido, su madre trabajando para los Coleman, el despido inesperado, la protección de Elliot, los años de silencio.
Nada había sido casualidad.
—¿Por qué me ayudó? —susurró.
—Porque necesitaba tenerte cerca.
La joven lo miró sin comprender.
—¿Crees que fue un acto de bondad?
Una sonrisa apenas perceptible apareció en el rostro del anciano.
—No, Emma. Fue una inversión.
Ella sintió un profundo asco.
—¿Qué?
—Te preparé porque sabía que algún día ibas a serme útil.
Cada palabra era una puñalada.
—William es mi nieto.
Emma abrió los ojos con horror.
—Y si te niegas a hacer lo que te ordeno, jamás volverás a verlo. También desaparecerá tu madre... y me aseguraré de que pases el resto de tu vida buscándolos sin encontrarlos.
La joven apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se clavaron en sus palmas.
—Es un miserable.
Su voz ya no temblaba.
—Juro que se arrepentirá de todo esto.
Elliot sonrió con calma.
—Guarda esas amenazas para después, querida.
—¡No vuelva a llamarme "querida"!
El grito resonó por todo el despacho.
Henderson dio un paso al frente.
—Señorita Emma, por favor… —Intentó sujetarla por un brazo.
Ella se apartó de inmediato.
—¡No me toque, abogado!
Respiraba con dificultad.
—Los dos me dan asco.
El abogado bajó lentamente la mano.
—No resolverá nada perdiendo el control. Lea el contrato. Si desea agregar alguna condición, hágalo. Le doy mi palabra de que será respetada — dijo.
Emma levantó lentamente la vista. Conocía la reputación de Henderson, podía defender al peor criminal del mundo, pero jamás rompía su palabra.
Volvió a sentarse y abrió la carpeta una vez más. Leyó cada cláusula con una calma que contrastaba con la tormenta que llevaba dentro.
Al terminar, firmó, colocó su huella y antes de cerrar el documento, escribió una última condición.
Henderson tomó el contrato y comenzó a revisarlo. Su expresión cambió.
—¿Está completamente segura? — preguntó.
—Sí.
Elliot le arrebató el documento de las manos. Leyó la última cláusula y por primera vez perdió la compostura.
—¡Esto es ridículo! — explotó el viejo.
Emma sostuvo su mirada.
—No. Es justicia— dijo.
—¿Cómo te atreves a exigir parte de mi fortuna?
—Usted quiere quitarme a mi hijo porque dice que lleva sangre Coleman. Perfecto. Entonces reconózcalo como lo que es.
El anciano golpeó el escritorio.
—¡Ese niño es un bastardo!
—Entonces deje de reclamarlo como su nieto.
El despacho quedó en silencio.
Emma respiró profundamente.
—Si regreso de Holanda con vida, quiero el dinero acordado, los pasaportes para mi familia y tres boletos de avión fuera del país.
Elliot la observó con una mezcla de rabia y desprecio.
—No dejaré que me chantajees. Muchachita.
—No lo estoy haciendo, señor Coleman.
Emma se puso de pie.
—Solo le estoy poniendo precio a mi vida.
Los ojos del anciano se endurecieron.
—Firmaste. Eso es todo lo que necesitaba.
Emma tomó aire.
—Está muy seguro de que no volveré de ese viaje. ¿verdad?
—No acostumbro dejar cabos sueltos— dijo con frialdad.
Ella caminó hacia la puerta.
—Cuando regrese...
—Si regresas— intervino el viejo.
Emma giró lentamente y sonrió.
—Cuando regrese, quiero todo lo que pido y si no cumple, le juro que haré caer a todo el imperio Coleman.
Abrió la puerta.
—James ya sabe perfectamente quién eres.
La voz de Elliot la obligó a detenerse.
—Ahora entiendes por qué te odia.
Emma cerró los ojos un instante.
—El odio es mutuo, señor—Volvió apenas el rostro —Jamás podría sentir nada por el hijo del hombre que destruyó mi vida.
Hizo una breve pausa.
—Pero le prometo una cosa.
Los ojos de Elliot se clavaron en ella.
—El día que James Coleman se enamore de mí... usted conocerá el verdadero infierno.
La puerta se cerró.
Durante varios segundos nadie habló.
Elliot permaneció inmóvil, mirando el lugar por donde Emma había desaparecido.
Después golpeó el escritorio con violencia.
—Asegúrate de que esa mujer no regrese de Holanda— dijo mirando a Henderson.
Henderson lo observó con incredulidad.
—¿Pretende matarla después de todo lo que su familia le hizo?
—No te pago para cuestionarme.
—Esta vez debo hacerlo.
Elliot lo fulminó con la mirada.
—Entonces estás despedido.
El abogado permaneció inmóvil.
Sabía que, al abandonar aquel despacho, ya no solo estaba perdiendo su trabajo.
También acababa de convertirse en un hombre peligroso para la familia Coleman.