Capitulo 5

941 Words
Henderson sostuvo la mirada de Elliot sin el menor rastro de miedo. Incluso sonrió. —No puedo creer que acabe de decir eso, señor. Si ya tomó esa decisión, me marcharé. Pero quiero dejar algo claro: usted no me está despidiendo... soy yo quien renuncia. Elliot Coleman se puso de pie lentamente. —Malagradecido. El abogado tomó su portafolio y caminó hacia la puerta. —Da un paso más... La voz del anciano sonó tranquila. Demasiado tranquila. Henderson se detuvo sin girarse. —Recuerda por qué estás aquí. El silencio se volvió pesado. —Si decides irte, también tendrás que asumir las consecuencias. Sabes mejor que nadie que no existe un lugar en este mundo donde no pueda encontrarte... ni a ti ni a los tuyos. Hizo una breve pausa. —Y cuando los encuentre, morirán como perros. Las palabras fueron pronunciadas con la misma calma con la que otro hombre hablaría del clima. Henderson cerró los ojos. Su respiración se volvió más lenta mientras apretaba los puños. Durante unos segundos luchó consigo mismo. Después regresó lentamente hasta el escritorio. Elliot sonrió con satisfacción. —Eso esperaba. Henderson apoyó ambas manos sobre el respaldo de la silla. —¿Qué más necesita de mí? —Termina de coordinar el viaje a Holanda. El abogado asintió. —¿Algo más? —Sí. Los ojos grises del anciano adquirieron un brillo frío. —Asegúrate de que James Coleman suba a ese avión. —Lo haré. —Respecto a Emma... Elliot tomó una carpeta y comenzó a revisarla como si el tema careciera de importancia. —De ella me ocuparé personalmente. Henderson tragó saliva. Sabía perfectamente lo que significaban esas palabras. __ Diez minutos después llamó a la puerta del despacho presidencial. —Adelante. James Coleman ni siquiera levantó la vista del ordenador. Sus dedos seguían golpeando el teclado con rapidez. —¿Cómo estás? —preguntó Henderson mientras tomaba asiento frente al escritorio. —De excelente humor. El abogado arqueó una ceja. —No lo parece. —Porque mañana tengo que compartir un vuelo de doce horas con el mayor castigo que ha inventado la humanidad. Ahora sí levantó la vista. —Emma Díaz. Henderson reprimió una sonrisa. —Veo que el entusiasmo te desborda. James soltó un resoplido y se levantó. Cruzó el despacho hasta el pequeño bar de cristal instalado junto a la ventana. —¿Whisky? —No voy a decirte que no. James sirvió dos vasos y le entregó uno. Después bebió un largo trago. —Dime una cosa Henderson. —Te escucho. —¿Alguna vez has conocido a una persona que parezca haber nacido únicamente para sacarte de quicio? Henderson hizo un gesto pensativo. —Un par. James dejó escapar una risa seca. —Pues Emma superó todas mis expectativas. —¿Tan grave es? —Ni te imaginas. Se dejó caer en el sillón con el vaso en la mano. —Esta empresa mueve millones de dólares al año. Todo aquí funciona con precisión. Hay protocolos, normas, etiqueta... Hizo una pausa. —Y luego aparece ella. Henderson esperó. Sabía que James terminaría hablando solo. —Camina por los pasillos comiendo papitas, silba, canta, saluda hasta al jardinero. Habla con medio edificio como si estuviera en una reunión familiar. —Suena... simpática. James lo miró como si acabara de insultar a toda la familia Coleman. —Suena insoportable. —¿Eso fue todo? —¿Te parece poco? James terminó el whisky de un solo trago. —Esta mañana entró al ascensor con un sándwich de cebolla. Todavía puedo sentir ese olor. Henderson no pudo evitar reír. —No exageres. —No exagero y para rematar... Se golpeó la mejilla. —Me azotó con esa maldita coleta. —¿Lo hizo a propósito? James frunció el ceño. —No lo sé. Eso es lo peor. Con ella nunca sé si está siendo torpe o si disfruta haciéndome perder la paciencia. Henderson aprovechó la g****a. —Quizá simplemente sea natural. —¿Natural? James soltó una carcajada. —Nadie puede ser tan desesperante de manera natural. Hay algo detrás de esa fachada. Estoy seguro. El abogado bebió con calma. —¿Qué crees? James apoyó el vaso sobre la mesa. —Mi abuelo la protege demasiado. No es normal. —Tal vez solo valore su trabajo. —En esta empresa hay mujeres mucho más preparadas , mucho más elegantes, mucho más discretas y, sin embargo, él siempre termina eligiéndola a ella. Henderson permaneció en silencio. James comenzó a caminar por el despacho. —He llegado a pensar... Se detuvo. —...que Emma es la amante de mi abuelo. El abogado casi se atraganta con el whisky. —Esa es una acusación bastante seria. —¿Entonces cómo lo explicas? Mi abuelo la invita a almorzar, viaja con ella. La encierra durante horas en su despacho. La protege de todo y cuando alguien la cuestiona... Se convierte en un león. Henderson dejó el vaso sobre la mesa. —Las apariencias suelen engañar. James sonrió con ironía. —Eso mismo pienso y por eso quiero desenmascararla. El abogado lo observó unos segundos antes de hablar. —Entonces deberías subir a ese avión. James lo miró fijamente. —¿Para qué? —Porque doce horas de vuelo, una semana compartiendo reuniones y varios días lejos de la oficina, son suficientes para descubrir quién es realmente una persona. James permaneció en silencio. La idea comenzó a abrirse paso en su cabeza. Henderson sonrió para sí. Había conseguido exactamente lo que Elliot quería. James Coleman empezaba a convencerse de que viajar a Holanda era la única forma de descubrir qué escondía Emma Díaz.
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