Mientras Henderson abandonaba el edificio principal, Elliot Coleman permanecía inmóvil frente al ventanal de su despacho.
Desde el piso más alto de Coleman Corporation, la ciudad parecía diminuta.
Personas, automóviles, edificios. Todo eran piezas y él llevaba demasiados años moviéndolas a su antojo. Sin embargo, aquella mañana algo había cambiado.
Henderson, su abogado jamás cuestionaba una orden. Era frío, eficiente y calculador. Pero al escuchar la historia de Emma, había vacilado y una duda era suficiente para convertir al mejor de sus hombres en un peligro.
Elliot tomó su teléfono. Marcó un número que conocía de memoria. No tuvo que esperar mucho.
—Buenos días, señor Coleman.
—Javier.
—¿Ocurrió algo?
—Necesito que reúnas a tu gente. Habrá un trabajo extraordinario.
Al otro lado de la línea se hizo un breve silencio.
—Lo escucho.
—Quiero que la familia de Henderson salga de paseo.
Javier comprendió el mensaje al instante.
—¿Está hablando del abogado?
—Está empezando a olvidar cuál es su lugar.
—Es una lástima.
Elliot giró lentamente la silla hacia el ventanal.
—Las personas olvidan que la lealtad tiene un precio.
—¿Y si recupera la memoria?
—Entonces su familia regresará sana y salva.
—Entendido.
Javier hizo una pausa.
—¿Qué ocurrirá con el viaje a Holanda?
—Sigue adelante.
—¿La señorita Emma viajará?
—Sí.
—Entonces ya sabe lo que sigue.
Elliot sonrió apenas.
—Quiero que Izan y Berry acompañen la operación.
Del otro lado se escuchó una pequeña risa.
—Eso parece excesivo para una sola mujer.
—No la subestimes.
Javier conocía ese tono. Cuando Elliot advertía sobre alguien, era porque realmente representaba un problema.
—Ella fue quien los entrenó.
—Lo recuerdo perfectamente.
La sonrisa de Javier desapareció.
—Nunca olvidaré los golpes que me hacía recibir delante de todos. Disfrutaba humillarme.
Elliot apoyó un brazo sobre el escritorio.
—¿Sigues guardándole rencor?
—Desde el primer día.
—Entonces tendrás oportunidad de saldar esa deuda.
Javier soltó una risa seca.
—Será un placer.
—Pero escucha bien.
Su voz se volvió aún más fría.
—Mi prioridad sigue siendo Henderson. Si intenta escapar, si intenta hablar, si intenta traicionarme. Su familia desaparecerá antes de que pueda reaccionar.
—No ocurrirá.
—Más te vale.
Javier sonrió.
—Puede dormir tranquilo, señor Coleman.
Me encargaré personalmente.
La llamada terminó.
Elliot dejó el teléfono sobre el escritorio y cerró los ojos durante unos segundos.
Todo estaba dispuesto.
James viajaría convencido de que defendía su asenso. Emma subiría al avión creyendo que solo debía sobrevivir unos días para recuperar la libertad de su familia.
Henderson haría todo lo posible por mantenerlos con vida. Y, mientras tanto...
Sus hombres esperarían el momento perfecto para actuar.
No podía haber errores.
Caminó hasta el gran retrato familiar colgado en la pared, su mirada se detuvo sobre la fotografía de sus hijos muertos. Durante unos segundos no dijo nada.
Luego habló en voz baja.
—Llegó el momento de vengar tu muerte.
Volvió a sonreír. Una sonrisa sin alegría, sin compasión.
La sonrisa de un hombre que llevaba demasiados años creyéndose dueño del destino de los demás.
___
Mientras tanto
Emma salió del edificio de Coleman Corporation sin recordar cómo había llegado hasta el estacionamiento.
Condujo casi por instinto hasta la casa de salud donde, desde hacía casi una década, vivía su madre. Aquel lugar había sido su segundo hogar desde la muerte de su padre.
También el recordatorio constante de todo lo que había perdido.
Cuando Elliot Coleman decidió hacerse cargo de los gastos del tratamiento, Emma creyó que Dios había escuchado sus oraciones.
Lo admiró, lo respetó. Incluso llegó a quererlo como al padre que el destino le había arrebatado.
Qué ironía. Ahora sabía que el hombre al que estuvo agradeciendo durante tantos años no era su salvador. Era el verdugo que había sostenido la cuerda alrededor de su cuello.
Aparcó el automóvil. Permaneció unos segundos sujetando el volante.
Respiró hondo pero las lágrimas terminaron imponiéndose. Recordó a su padre, las noches trabajando para pagar medicinas, los estudios.
Había sacrificado su juventud creyendo que todo aquel sufrimiento tenía un propósito.
Y acababa de descubrir que había vivido dentro de la mentira que Elliot Coleman construyó para ella.
——-
Desde la entrada distinguió a su madre. Estaba sentada en su banca favorita, bajo la sombra del enorme naranjo. Pelaba una mandarina con la paciencia de una niña mientras observaba las flores del jardín.
Sonreía tranquila, ajena al infierno que acababa de abrirse bajo los pies de su hija.
Emma sintió un nudo en la garganta.
—Ay, mamita...
Su voz apenas fue un susurro.
—¿Cuánto dolor tuviste que guardar para protegerme?
Las lágrimas volvieron a correr.
—Perdóname... Perdóname por no creerte, por llamarte loca cuando jurabas que Elliot Coleman era un demonio. Perdóname por obligarte a seguir callando.
Se llevó ambas manos al rostro. Nunca había sentido tanta culpa.
—Hola, hija.
La voz del padre Amaro la hizo sobresaltarse. Emma se limpió rápidamente las lágrimas e intentó sonreír.
No lo consiguió.
—Buenos días, padre.
El sacerdote la observó unos segundos. Había visto crecer a aquella muchacha. Sabía reconocer cuándo escondía una tristeza y aquella mañana Emma parecía completamente rota.
—¿Qué sucede?
Ella negó con la cabeza.
—Ha sido un día muy difícil.
El sacerdote miró hacia Dora.
—¿Ya hablaste con tu madre?
—No. No quiero que me vea así. Ella se preocupa demasiado.
El padre Amaro sonrió con ternura.
—Últimamente ha mejorado mucho. Los tratamientos están funcionando. Incluso volvió a reconocer a varios vecinos.
Emma volvió a mirar a su madre.
Dora reía sola mientras ofrecía gajos de mandarina a unas aves que revoloteaban cerca del árbol.
—Debo agradecerle nuevamente al señor Coleman. Sus donaciones han permitido mantener este lugar durante años.
Emma cerró los ojos, sintió un profundo rechazo.
—No lo haga.
El sacerdote frunció el ceño.
—¿Por qué?
Ella levantó lentamente la vista.
—Porque Elliot Coleman no es el hombre que todos creen.
El padre Amaro permaneció en silencio.
—Explícate, hija.
Emma miró alrededor. Había pacientes caminando por el jardín, enfermeras, familiares.
Demasiados oídos.
—Aquí no. Quiero hablar con usted en el confesionario.
El sacerdote arqueó las cejas.
—Hace muchos años que no te confiesas.
—Lo sé. Pero hoy necesito hacerlo.