3.El infierno me reclama como esposa

1471 Words
3.El infierno me reclama como esposa POV Stella Apenas cruzo las puertas automáticas del hospital, el aire acondicionado me golpea con la fuerza de una realidad que no quería enfrentar. El olor a desinfectante, el murmullo lejano de pasos rápidos, el pitido constante de monitores… todo me recibe como si nada hubiera cambiado. Como si anoche no hubiera ocurrido. Pero yo sí cambié. Mi mundo, no. Y esa es la peor parte. Me dirijo al vestidor sin mirar a nadie. Ni al personal de limpieza, ni a los residentes que murmuran entre ellos con cafés a medio tomar, ni a los pacientes que aguardan en la sala de urgencias. Camino recto, como un animal herido que no puede permitirse cojear. El anillo en mi dedo me pesa más que una bandeja de instrumental quirúrgico. Lo observo por última vez antes de quitármelo. Frío. Impecable. Caro. Y vacío. Lo dejo dentro del pequeño bolsillo con cierre de mi mochila, donde guardo lo que no quiero perder… o lo que no quiero mostrar. Cuando me pongo la bata blanca sobre mi uniforme celeste, respiro más tranquila. No porque estuviera bien. Sino porque es lo único que me queda para seguir fingiendo que todo sigue igual. Entro a la sala de control de pacientes y casi tropiezo con él. —Stella —su voz sonó como una mezcla de alivio y reproche. Iván. Su bata está arrugada, como siempre. Señal que lleva más de treinta y seis horas aquí. Tiene las gafas colgando del cuello y una carpeta en la mano. El cabello despeinado y una taza de café en la otra. Me mira como si hubiera regresado de la guerra sin previo aviso. —¿Dónde estabas? —pregunta, con la voz más baja esta vez. Su cercanía me recuerda algo que no quería recordar. Anoche, después de que todo cambiara, me mandó un mensaje con un corazón. Yo no respondí. Y ahora estaba aquí, como si nada… mientras yo era todo lo contrario a “nada”. —Tenía un asunto familiar —respondo, caminando directo hacia el monitor, revisando los nuevos ingresos. —¿Un asunto que hizo que salieras volando del hospital sin decir nada? No respondo. No puedo. No sé mentirle… y no estoy lista para decirle la verdad. —Stella, mírame —insiste. —Ayer estábamos en cirugía juntos, y hoy no me contestas los mensajes, te vas sin explicaciones y apareces como si hubieras cruzado un huracán. ¿Qué pasó? Cierro la carpeta con fuerza. —No puedo hablar ahora. Hay un paciente pediátrico con trauma abdominal que necesitan valorar. Voy al piso dos. —Stella… —Luego —corto, con la voz más firme de lo que sentía. Salgo sin mirar atrás. ***** La pediatría me salvó durante años. Los niños, con sus ojos enormes y preguntas inocentes, me dan un ancla en medio del caos. Pero hoy, ni siquiera una sonrisa de los mellizos García logra despejar el nudo de mi estómago. Los minutos pasan como agujas. Había dormido apenas tres horas. Después de firmar ese maldito contrato, apenas recordaba cómo llegué a mi departamento. El anillo seguía pesando en mi memoria. Y entonces, justo cuando creí que podría seguir fingiendo hasta el final del turno, escucho un murmullo distinto en el pasillo. Guardias. Zapatos brillantes. Sombras que no pertenecen al hospital. Una enfermera se acerca con expresión tensa. —Dra. Harrington… hay una visita en la entrada principal. Requieren a todos los médicos de guardia. —¿Una visita? —Dicen que es alguien muy importante. Unos de los benefactores. El hielo me bajó por la espalda como una ducha helada. Tengo un mal presentimiento. —¿Quién? —Un tal señor Alberti. Dice que viene a ver las instalaciones médicas. Viene con un grupo. No digo nada. No puedo. Solo asentí. Camino por el pasillo con los pies pesando el triple. Cada paso me duele en un lugar diferente. Me siento como si llevara una bomba en el pecho, y cada latido fuera la cuenta regresiva. Cuando doblo hacia la recepción, lo veo. Magnus. Perfecto. Inmutable. Oscuro como siempre, vestido con un traje que parece diseñado para que nadie lo mirara… y todos lo respetaran. Junto a él, dos hombres de su entorno. Uno es su asistente, el otro… seguridad. Detrás, la directora del hospital lo escolta con una sonrisa tensa y un discurso ensayado. Él me ve. Y no sonríe. No saluda. No dice nada. Solo baja la mirada… y la detiene en mi mano izquierda. Mi mano desnuda. El lugar donde el anillo debería estar. Por inercia, la meto dentro del bolsillo de mi bata. Un silencio pesado cae sobre nosotros. No para el resto, que seguía hablando y saludando, sino entre él y yo. Sus ojos se endurecieron apenas. —Señor Alberti —dice la directora. —Esta es la doctora Harrington, una de nuestras mejores cirujanas. Me comentó que usted tenía interés en conocer a algunos de nuestros especialistas. Magnus no aparta los ojos de mí. —Oh, sí —responde, con esa voz suya que acaricia y amenaza al mismo tiempo. —Ella y yo ya nos conocemos bien. Mi mandíbula se tensa. No aquí. No ahora. —Stella —dice, como si el mundo entero no existiera. —¿Podrías mostrarnos el área de neonatología? Me han dicho que es uno de tus lugares preferidos. La directora asiente, complacida por la sugerencia. —Sería perfecto. No me dieron opción. Ni siquiera disimularon. Caminar junto a él por los pasillos fue como caminar con un arma cargada pegada a la sien. Cada vez que un médico pasaba cerca, sentía los ojos clavarse en mí. Iván aparece al fondo de un corredor. Me mira. Mira a Magnus. Y se detiene en seco. Yo no hice contacto visual. No podía. Magnus lo nota. Por supuesto que lo nota. Cuando llegamos a la sala de neonatología, las puertas se cierran detrás de nosotros. La directora se queda afuera con los demás. Y yo me quedo sola con él. Lo miro. Él me mira. —No lo llevas puesto. La frase fue un disparo. —No puedo usar joyería en quirófano —respondo. —Estamos en la sala de visitas. —Tengo turnos quirúrgicos programados. Él se acerca un paso. No levanta la voz. No hace gestos dramáticos. Solo habla como se habla cuando uno está acostumbrado a que lo obedezcan. —No me interesa tu justificación. Me interesa el hecho. —No sabía que venías —espeto. —No tengo que avisarte cuándo vengo. Ahora somos un equipo. La palabra “equipo” me dio náuseas. —Esto no es una empresa. No firmé para que vengas a controlar cómo me visto o qué me pongo. —Firmaste para ser mi esposa —replica. —Y eso implica más de lo que crees. —¿Ah, sí? ¿Incluye aparecer de sorpresa en mi trabajo? —Incluye no hacerme quedar como un idiota —su voz se volvió más baja, más peligrosa. —Incluye que no parezca que mi esposa se avergüenza de llevar mi nombre. Me acerco, apenas un paso, pero suficiente para que nuestras miradas choquen como fuego. —¿Eso es lo que crees? ¿Que me avergüenzo? —No lo creo. Lo veo. Mi mano temblaba. No por miedo. Por rabia. —¿Sabes qué más ves? Una doctora que trabaja diez horas sin parar. Que sostiene vidas con las manos mientras tú juegas a ser dueño del mundo. Sus ojos brillan con una furia contenida. —¿Y sabes tú qué vi? —replica. —A una mujer que quiere vivir como si nada hubiera pasado. Como si no estuviera comprometida conmigo. Como si pudiera fingir que aún es libre. —¿Y qué si quiero fingirlo? —disparo. —Porque, aunque no lo creas, hay cosas que aún son mías. —Tu dedo ya no es una de ellas. —¡Maldito seas! La voz se me quiebra. Tuve que girarme hacia la cuna más cercana para respirar. Un bebé dormía allí, ajeno a todo. Perfecto. Pequeño. Limpio. Magnus se queda en silencio detrás de mí. —Te hará bien recordarlo —dice por fin, más suave. —El mundo observa. Y yo no juego a perder. Me giro despacio. —Ni yo. Él sonríe. Una sonrisa que no tenía nada de gentil. —Entonces esto se pondrá interesante. Se acerca. Sin tocarme. Solo lo suficiente para que su sombra me envuelva. —Póntelo la próxima vez. No me obligues a recordártelo frente a los demás. Y se fue. Me quedo sola. Con el corazón como tambor. Con el bebé dormido. Con la certeza absoluta de que el infierno ya no arde. Ahora, el infierno camina con traje, y me ha reclamado como esposa.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD