2.La casa siempre gana
POV Magnus
El casino respira como una bestia viva.
No es una metáfora elegante: es literal. Hay un pulso en el piso bajo mis zapatos, un murmullo constante que sube por las paredes, que se cuela en el humo, en el tintinear de los vasos, en el crujido suave de las cartas al rozarse. El sonido del dinero no es escandaloso… es íntimo. Es el idioma de los hombres que creen tener el control.
Y yo soy el dueño del idioma.
La mesa privada está apartada del ruido como una isla en medio del océano. Aquí no entran los curiosos. Aquí no entran los valientes. Aquí entran los que ya aprendieron que, cuando yo invito, no se rechaza.
Tengo el puro entre los dedos, no por vicio, sino por costumbre. El humo se enrosca en el aire con la paciencia de alguien que sabe que el final siempre llega. Las cartas están en mis manos. El mundo puede arder afuera y yo seguiría viendo probabilidades.
A mi derecha está Enzo, mi segundo al mando en este oscuro mundo. No necesita hablar para imponer presencia. Su lealtad no se negocia; se probó con sangre hace años. Él no sonríe mucho. Cuando lo hace, alguien termina llorando.
Frente a mí, recargado con el descaro de quien no teme porque se cree intocable, está Luca. Uno de los pocos hombres que se permite bromear conmigo sin morir en el intento. Más que un amigo, un espejo: si yo elegí el silencio, él eligió la risa como arma.
A la izquierda, con un vaso de whisky y una mirada que siempre parece estar calculando la próxima traición del mundo, está Giorgio.
Mi otro amigo. El que escucha más de lo que habla. El que conoce mis límites… porque ha visto lo que pasa cuando alguien los toca.
Cuatro hombres. Una mesa. Una baraja.
Y, sin embargo, el tema de la noche no es el juego.
—No lo puedo creer —dice Luca, tirando una ficha al centro como si con eso pudiera comprar una respuesta. —¿Tú? ¿Casarte?
No levanto la vista de mis cartas.
—Las mujeres no creen en el amor —respondo. —Creen en símbolos. Y el mundo también.
Enzo deja caer una carta sobre la mesa con la precisión de una sentencia.
—Todos creen en algo cuando les conviene —murmura.
Giorgio bebe un trago lento.
—Pero tú… —su voz es baja, casi curiosa. —Tú nunca has necesitado símbolos.
Esa es la diferencia entre ellos y el resto del mundo: mis hombres pueden permitirse preguntar… aunque saben que la respuesta, a veces, corta.
Juego una carta sin prisa.
—No lo necesito —admito. —Lo uso.
Luca suelta una risa breve, incrédula.
—¿Y quién es la afortunada? —pregunta, con una sonrisa que se desinfla apenas un poco. —Porque, si es una trampa, al menos dime que es una trampa elegante.
Enzo no se ríe. Nunca se ríe de ciertas cosas.
—Es una Harrington —dice, como si estuviera leyendo un informe. Como si los apellidos fueran armas en su boca.
Giorgio alza una ceja.
—¿La familia que se cree intocable? ¿La del supuesto “abolengo”?
—La familia que se acaba de dar cuenta de que no lo es —respondo.
La carta de Enzo se queda quieta. Luca se inclina hacia adelante. Giorgio deja el vaso en la mesa con un sonido suave, pero esa suavidad significa atención.
—¿Aneliz? —pregunta Luca, con interés inmediato. —La famosa. La que te dijo que no.
La palabra “NO” resbala por la mesa como una moneda falsa.
—No —digo, y siento algo parecido a satisfacción. No alegría. Satisfacción. —Esa eligió a otro.
—Entonces… —Giorgio entorna los ojos— ¿la menor?
No digo “Stella” en voz alta. Aún.
Es raro. Innecesario. Como si su nombre fuera una cosa que todavía no me pertenece del todo… aunque el contrato ya diga lo contrario.
—La doctora —corrige Enzo, con una precisión que me hace mirar su mano un instante. Él también sabe leer detalles. —La que trabaja en un hospital.
Luca deja caer una ficha más.
—¿Y por qué ella?
Levanto la vista por primera vez. No para mirarlo a él. Para mirar la mesa completa. Mis hombres. Mis testigos. Mis límites.
—Porque el padre no tenía otra opción. Solo le quedaba ella.
La respuesta es simple. Eficiente. Verdadera.
Aun así, hay un silencio.
Como si los tres, por un segundo, intentaran ver más allá de la explicación lógica. Como si quisieran encontrar el motivo real que no se dice en voz alta.
Y no lo encontrarán.
Porque el verdadero motivo… siempre se guarda donde solo uno puede tocarlo.
—¿La vas a encerrar? —pregunta Luca, sin filtro. —Quiero decir… conociéndote.
Enzo no se mueve. Giorgio no parpadea. Yo solo vuelvo a mirar mis cartas.
—No necesito encerrarla para que se quede —respondo—. Ella ya decidió quedarse cuando firmó. Será mi nuevo juguete. Mi canario. —Nadie ríe de mi pequeña broma.
—Decidió salvar a su familia —corrige Giorgio.
Hago una pausa mínima.
—Eso es quedarse.
Luca chasquea la lengua.
—Las Harrington siempre se han creído mejores que todos.
—Y ahora van a aprender algo —dice Enzo, y su voz tiene un filo que reconozco. Enzo disfruta cuando el mundo se ajusta a la realidad.
Dejo una carta sobre la mesa. Gano la mano. No porque sea suerte. Porque sé cuándo atacar.
Tomo las fichas sin emoción.
—¿Cuándo es la boda? —pregunta Luca.
—Pronto.
—¿Y la prensa? —insiste.
—Harán lo que se les diga.
Enzo asiente, como si eso fuera una ley natural.
Giorgio, en cambio, me observa con esa mirada que siempre parece atravesar.
—¿Y la chica? —pregunta. —¿La doctora… sabe con quién se casó?
Me recargo en la silla.
El humo del puro me roza la cara como un velo.
—Lo va a saber —digo—. Todos lo saben. Solo tardan un poco en aceptarlo.
*****
La puerta del salón privado se abre. No lo hace un guardia. No lo hace un empleado nervioso.
Lo hace alguien que entra como si el lugar también le perteneciera.
El perfume llega antes que la figura: un aroma oscuro, dulce, peligroso. Un perfume que no pide permiso. Un perfume que anuncia.
Luca gira primero.
—No jodas…
Enzo se queda quieto, pero sus ojos cambian. Apenas un milímetro. Eso, en él, es un grito. Giorgio ladea la cabeza, como si estuviera observando un fenómeno inevitable.
Y yo…
yo sé quién es sin necesidad de mirarla.
La Serrana.
La llaman así porque nadie supo nunca de qué lado del mapa salió. Porque no tiene apellido en mis registros, pero tiene historia en mi cama. Porque es de esas mujeres que no piden nada… hasta el día que deciden cobrar.
Ella entra con un vestido n***o ceñido, labios rojos, tacones que suenan como una advertencia. Su cabello cae sobre un hombro con una negligencia estudiada. Sus ojos, oscuros, brillan con una emoción que no es amor.
Es posesión disfrazada de deseo. Se acerca a la mesa. No saluda a Enzo. No saluda a Luca. No saluda a Giorgio.
Me mira a mí. Y sonríe.
—Así que era cierto —dice, y su voz es un hilo de seda envenenada. —Il Signore va a casarse.
No me muevo.
—No es asunto tuyo.
Ella se ríe, como si yo acabara de contar un chiste.
—¿No es asunto mío? —da un paso más, y su mirada baja a mis manos, a mis cartas, al puro, como si midiera qué parte de mí sigue siendo de ella. —Llevo años sin pedirte nada, Magnus.
Luca carraspea, incómodo. No porque le moleste la escena… sino porque sabe que mi paciencia es corta cuando me exponen.
Enzo no muestra reacción. Pero su mano está cerca, por costumbre. Por prevención.
Giorgio solo observa. A él le gustan los incendios cuando no lo queman.
—No vine a pedirte nada —continúa ella, inclinándose apenas hacia mí. —Vine a verte a los ojos.
Levanto la mirada. Por fin.
—Ya lo estás haciendo.
Ella sostiene mi mirada y su sonrisa se afila.
—Dime que no es por ella —susurra. —Dime que no vas a convertir a una Harrington en la señora Alberti solo por capricho.
—No es capricho.
La Serrana entrecierra los ojos.
—Entonces es venganza.
No respondo.
La verdad no se le regala a nadie… y menos a una mujer que cree que conocer mi cuerpo le da derecho a conocer mi mente.
—¿Quién es? —pregunta, y ahora su voz tiembla un poco. Apenas. —¿Cómo se llama?
Sostengo el silencio un segundo más de lo necesario.
Solo para que entienda que hasta mis pausas me pertenecen.
—Stella —digo al fin.
Su nombre se queda flotando sobre la mesa como una ficha caída.
Luca silba bajo, divertido e incrédulo a la vez.
—Mierda… la doctora.
Enzo frunce apenas el ceño.
Giorgio levanta el vaso y bebe, como si acabara de confirmar algo que sospechaba.
La Serrana, en cambio, se queda quieta. Su rostro no se rompe en lágrimas. No es ese tipo de mujer.
Su rostro se endurece.
—¿La vas a llevar a Italia? —pregunta.
—Va a vivir donde yo viva.
—¿Y yo? —la palabra sale como un veneno directo.
Luca abre la boca, pero se la traga. Incluso él sabe que esto no es juego.
Enzo sigue atento. La Serrana no es una amenaza para mí… pero sí puede convertirse en un problema.
Giorgio sonríe apenas, como quien ve una tragedia bien escrita. Yo apago el puro con calma. El silencio se vuelve absoluto.
Y entonces, sin levantar la voz, digo:
—Tú eres un hábito, Serrana. No una promesa.
Su mirada se ilumina… pero no con ternura.
Con furia.
—Yo fui tu paz cuando nadie podía tocarte —susurra. —Yo no te exigí amor, Magnus. Yo no quise tu apellido. Yo solo… —se queda atorada un instante, y eso es lo más cerca que la veo de vulnerable— yo solo estuve.
Me inclino apenas hacia ella.
—Y por eso sigues viva —respondo.
La frase cae como un golpe.
No la dije para herirla. La dije para que recuerde quién soy.
Ella aprieta la mandíbula.
—Ella te va a odiar.
—Lo sé.
—Te va a enfrentar.
—Eso espero.
La Serrana parpadea, confundida.
—¿Esperas?
Mi boca se curva, mínima.
—Las mujeres obedientes no me sirven.
Luca suelta una carcajada corta.
—Ah, no… estás enfermo.
Enzo lo mira de reojo, advirtiéndole que se calle.
Giorgio apoya el codo en la mesa.
—Entonces, ¿qué quieres de ella? —pregunta, serio. —Porque si solo es una transacción… no necesitas su carácter.
Mis ojos vuelven a la Serrana.
Y por primera vez en toda la noche siento algo parecido a una emoción genuina: una tensión distinta, un interés que no se compra.
—Quiero que el mundo vea una nueva versión de mí —digo. —Y quiero que los Harrington recuerden lo que se siente no tener el control.
La Serrana se ríe sin humor.
—Y yo soy el daño colateral.
—Tú eres el pasado —respondo. —Y yo no negocio con el pasado.
Ella me mira como si quisiera abofetearme y besarme al mismo tiempo.
Finalmente, se endereza.
—Si esa doctora cree que puede entrar a tu mundo sin ensuciarse… está muerta.
La amenaza no va dirigida a mí. Va dirigida a ella. A Stella.
Siento un movimiento frío dentro del pecho. No es miedo. No es celos. Es… algo más primitivo: propiedad.
—Ni se te ocurra tocarla —digo, sin elevar la voz.
La Serrana sonríe, lenta.
—Ah… —susurra. —Entonces sí te importa.
Mis amigos se quedan en silencio. Incluso Luca.
Enzo me observa con una precisión que incomoda.
Giorgio parece satisfecho.
Yo no respondo. Porque si respondo, confirmo. Y yo no confirmo nada que pueda usarse en mi contra.
La Serrana da un paso hacia atrás, sin dejar de mirarme.
—Cuando ella se rompa —dice—, volverás a mí.
No lo discuto. No lo niego.
Solo la miro hasta que entiende que su presencia ya no es bienvenida.
Ella se da la vuelta y sale con el mismo perfume, el mismo taconeo, el mismo orgullo.
Cuando la puerta se cierra, Luca exhala como si hubiera aguantado la respiración.
—Bueno… —murmura. — Esto sí se puso interesante.
Enzo deja una carta sobre la mesa.
—Esto se va a complicar.
Giorgio sonríe, levantando el vaso.
—La casa siempre gana.
Yo miro el mazo.
Y por primera vez en años, siento que el juego no está en la mesa.
Está en una mujer que me va a odiar.
Y en otra que cree que todavía tiene derecho a mí.
Tomo una carta. La observo.
—Que se complique —digo, y mi voz sale como una orden. —Al final, todos juegan… aunque no quieran.
Y yo…yo no pierdo. Yo soy la casa. Y como dijo Giorgio…la casa siempre gana.