8. Etiqueta de "zorra infiel"

1341 Words
8. Etiqueta de "zorra infiel" POV Stella Pero si la llamada “ceremonia de compromiso” fue incómoda, mi regreso al hospital lo fue aún más. Al día siguiente, llegué como siempre. Puntual. Con la misma bata bien doblada. Con el cabello recogido en un moño bajo. Mis pasos eran los mismos, pero algo en el ambiente ya no lo era. Lo noté al cruzar la entrada. Lo que antes eran sonrisas sinceras —o al menos eso creía— se transformaron en miradas contenidas. Cuchicheos velados detrás de mascarillas quirúrgicas. Saludos que ahora venían en forma de breves inclinaciones de cabeza, tímidas, mecánicas. Como si mi sola presencia cargara electricidad. Sí, ahí estaba yo. La novia que se comprometió sola. La doctora que dejó a su “pareja de hospital” por uno de los hombres más ricos de la ciudad… o quizás, del país. Y aunque nadie lo decía en voz alta, lo leía en los ojos. —Buenos días —saludo, con la cortesía automática de siempre. Solo recibo unos pocos murmullos, varios asentimientos silenciosos y alguna sonrisa de compromiso. Pero ninguna calidez. Ninguna complicidad. La Stella que trabajaba hombro a hombro con ellos ahora era una incógnita envuelta en diamantes, rumores y contratos invisibles. Me dirigí al área de lockers para cambiarme. Y fue ahí donde todo se volvió más evidente. La puerta no estaba completamente cerrada. Adentro, dos voces de mujeres —enfermeras, por el tono y las palabras— hablaban sin saber que alguien se acercaba. —Pobre doctor Iván… —dice una. —Lo mandaron a la otra guardia. Encima de que le fueron infiel, ahora lo separaron de su equipo. Qué injusto. —Sí, en verdad es una pena. Con lo dedicado que es. Y todo por esa doctora… que parece que ahora se comprometió con un magnate. Qué rápido cambian de bando algunas, ¿no? Una risa seca acompaña la frase. Mi estómago se contrae como si alguien me hubiera golpeado con el puño cerrado. Yo no quería esto. Nunca quise que Iván saliera herido. Y mucho menos que lo reubicaran. ¿Quién había dado esa orden? ¿Magnus? ¿Su gente? La idea me asfixió. Suelto un suspiro involuntario… y abro la puerta. Las dos enfermeras se quedan congeladas al verme. El silencio cae como un bisturí mal soltado en medio de una operación. Las miro un segundo. Una de ellas baja la vista. La otra intenta componer una sonrisa tensa, pero ya era tarde. —Buenos días —digo, sin disimular la frialdad en mi voz. No lo dije con amabilidad. No esta vez. Ya habían hablado suficiente. Pareciera que en mi cara ya traía la etiqueta de: "zorra infiel". .La que cambió al médico decente por el hombre con poder. Si tan solo supieran. Si tan solo pudieran imaginar siquiera lo que en verdad pasó esa noche, las razones que me empujaron a firmar ese contrato, a sellar un destino que ni siquiera escogí. Pero no lo sabrán. Porque no voy a explicarme. Porque ahora lo sé: en este hospital, donde solía sentirme a salvo, ya no soy una más. Ahora soy la historia que todos quieren contar a su modo. Soy el escándalo silencioso entre bisturíes. Soy la mujer con bata blanca, pero que fuera de aquí, vive entre joyas y diamantes. Bien…que piensen lo que quieran. De todos modos…pronto me iré de aquí. ***** Los preparativos comenzaron… sin mí. No hubo llamadas. No hubo conversaciones. No hubo una cena para hablar de colores, de fechas, de flores. Simplemente comenzaron. Me enteré por Claudio —el asistente de Magnus—, que llegó al hospital con una carpeta negra y un gesto profesional, como si me estuviera entregando los resultados de un examen clínico, no los lineamientos de una boda. —Señorita Harrington —dijo, y su tono neutro me provocó una repulsión silenciosa. —Estas son las propuestas iniciales para la ceremonia. El señor Alberti dejó instrucciones de avanzar con la organización de inmediato. Tomé la carpeta con manos frías. No dije nada. La abrí más tarde, a solas, en mi departamento. Dentro había un cronograma de eventos, una lista de proveedores, propuestas de locaciones para dos bodas —una aquí y otra en Europa—, y algo que me erizó la piel: mi vestido de novia… ya estaba en confección. Un diseño de alta costura, firmado por una casa francesa. Bordado a mano. Seda pura. Una silueta impecable. Bellísimo. Ajeno. Al pie de la hoja, una nota en tinta dorada: “Inspirado en la elegancia serena de la doctora Harrington. Corte discreto, cuello cerrado, espalda baja. Para transmitir fortaleza y pureza.” – Estilista personal de la señorita H. Sentí que me ahogaba. Ni siquiera sabía que tenía un estilista asignado. Había escuchado de bodas arregladas, de compromisos estratégicos. Pero vivirlo era otra cosa. Era como ver tu vida montada en una obra de teatro donde tú solo interpretas un papel escrito por otros. En el mismo sobre venía una tarjeta pequeña: La selección floral ha sido delegada al equipo de diseño. La segunda ceremonia será en la villa de Toscana, segunda semana de octubre. La prensa ya ha sido notificada. Claudio coordinará todo contigo. —M.A. M.A. Magnus Alberti. Ni siquiera un mensaje de voz. Ni una llamada. Ni una aparición. Solo iniciales. Solo su sombra. Durante días, no supe nada más de él. Ni un mensaje directo, ni una visita. Ningún encuentro “casual”. Nada. Y, sin embargo, todo seguía moviéndose. El vestido. La locación. La lista de invitados. Las pruebas de menú. Yo era la novia sin voz. La protagonista de una historia cuya portada ya circulaba en los portales de sociedad. "La bella cirujana y el magnate invisible: así será la boda del año.” "Los Harrington recuperan su brillo gracias a la alianza con el nuevo imperio Alberti.” Bien. Tal parece que el objetivo de Magnus se estaba cumpliendo. Si ya era reconocido como la gran promesa de los emprendedores jóvenes, creando un imperio de la nada, ahora, de la mano de mi apellido, su fama se estaba elevando a los cielos. Y lo peor… En mi familia, parecían haber olvidado el contrato y de pronto, todos estaban entusiasmados por la boda. —Es todo tan hermoso, hija —decía mi madre por teléfono, como si la pesadilla que vivimos ese día no hubiera existido. Yo no pude responder. Solo apreté el teléfono entre los dedos y sentí una punzada en el pecho. Mi padre no hablaba mucho. Se limitaba a “lo importante es que saldremos adelante”. Ni una disculpa. Ni una señal de culpa. Y yo… Yo seguía trabajando en el hospital como si llevara una doble vida. Firmaba informes. Pasaba visita. Entraba a cirugía. Y cada vez que me cruzaba con Iván, el silencio era más punzante que cualquier palabra. Intenté dormir. Intenté leer. Intenté respirar. Pero nada funcionaba. Porque en mi cabeza había varias preguntas: ¿Por qué, si Magnus estaba tan interesado en esta unión, no ha aparecido en semanas? ¿Será que todo es una broma y me va a dejar plantada el día de la boda? Bueno, creo que preferiría eso a seguir con este matrimonio de mentiras. No es que lo esperara con anhelo. Pero sí con lógica. Porque si algo había entendido de él, era que no dejaba nada suelto. Entonces, ¿por qué el silencio? ¿Estaba esperando a la boda para empezar su juego? ¿O era esta su forma de castigarme por el anillo… por Iván… por haberme atrevido a mostrarle que no todo estaba bajo su control? Cierro los ojos, acostada en mi cama. Todo ha avanzado a una velocidad que me asusta. Con Claudio enviando actualizaciones por correo como si yo fuera parte de todo esto. Y yo… Solo quiero gritar. Pero la ausencia de Magnus se siente como un peso más. Un silencio que aprieta. Una jaula sin barrotes visibles. Una boda que avanza… sin que el futuro novio aparezca.
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