8.Boda de sangre

2098 Words
8.Boda de sangre POV Stella Camino por los pasillos del hospital como quien se despide de un viejo amor. Cada paso resuena con un eco silencioso que me recuerda que esta es mi última ronda. No es una metáfora, no es un ensayo. Es la última. Hace una hora, terminé mi última cirugía. El hijo del señor Rogers… fue mi último paciente. Lo vi respirar con normalidad tras extirparle el quiste que le causaba dolor, y entonces lo supe: no habría más bisturíes por un tiempo. No más adrenalina de quirófano. No más largas noches en vela peleando contra el tiempo y el destino. Al menos, no por ahora. Al salir de la sala, apenas me sostengo. Me apoyo contra la pared blanca, sintiendo que todo el peso de los años de esfuerzo cae sobre mí con brutalidad. Todo mi empeño por convencer a mis padres de que la medicina no era un capricho, sino mi vocación. Cada minuto de estudio, cada guardia interminable, cada cumpleaños que me perdí, cada lágrima derramada en silencio cuando un paciente se me fue. Todo eso… ahora se convierte en una pausa. Una pausa impuesta por un contrato que nunca deseé firmar. Un contrato que me roba, por tres años, la posibilidad de seguir siendo quien soy. Me prometo, con el poco orgullo que aún conservo, que solo será eso: una pausa. Una parada en mi camino. Tres años lejos de lo que amo, sí, pero no de manera definitiva. No dejaré que me arranquen por completo de lo que he sido. Entro a mi consultorio por última vez. Cierro la puerta detrás de mí, como quien se encierra a llorar. Apenas alcanzo a sentarme en la silla cuando escucho los nudillos contra la madera. —¿Puedo pasar? No hay tiempo de responder. La puerta se abre sin permiso y aparece la directora, doctora Malloy, con su acostumbrada sonrisa amable… tan cortante como un bisturí oxidado. En sus manos lleva un enorme ramo de flores. Lirios blancos, rosas salmón, eucalipto. Bonito. Frío. Impersonal. —Es una pena que tenga que irse, doctora Harrington —dice con voz ceremoniosa—, pero estoy segura de que la veremos por aquí muy seguido. Su prometido es uno de nuestros mayores benefactores, y ahora, con este nuevo vínculo… —pausa, fingiendo emoción—, la consideraremos a usted también una aliada y benefactora. Esto es solo un pequeño reconocimiento por su labor. Levanto la mirada. La observo. Intento encontrar algo de sinceridad en sus ojos. Gratitud genuina, tal vez. Pero no la hay. Solo veo ambición. Codicia. Oportunismo. Supongo que ahora soy valiosa… no por mis años de estudio, ni por mis manos firmes en cirugía, ni por mis diagnósticos acertados. No. Soy valiosa por el hombre con el que uniré mi vida. —Gracias, doctora Malloy —respondo con voz controlada. — También para mí fue un honor haber podido desarrollarme en este hospital, a pesar de estar recién egresada. Estos años… han sido los mejores de mi vida. Ella asiente con una sonrisa mal disfrazada de empatía. —Esperamos verla pronto por aquí. Así que no me despido. Se queda un segundo más, como dudando. Como si quisiera inclinarse y darme un abrazo. Pero yo no me muevo. No me pongo de pie. No le facilito el gesto. Finalmente, sale. Quedo sola. Miro las flores. Son bellas, sí. Pero no dicen nada. No llevan una nota personal. No hay una firma ni un mensaje escrito a mano. Son como un adorno colocado en una vitrina. Como yo. Como lo que esperan que sea a partir de ahora. Tomo una de las rosas salmón entre mis dedos. La giro lentamente, preguntándome si esto es lo que significa el éxito: dejar de ser quien eres para convertirte en una imagen. En un trofeo. Cierro los ojos y respiro profundo. Una parte de mí grita. Otra parte simplemente guarda silencio. Pero muy dentro, aún hay una voz que susurra: Tres años, Stella. Solo tres años. Y luego… volverás. Volverás a ser tú. ***** Dejo las flores sobre el escritorio, sin mirarlas otra vez. Tomo mi bolso, mis credenciales, y la bata blanca que usé hasta hace unas horas. La doblo con cuidado. No porque planee conservarla como un recuerdo nostálgico, sino porque aún no estoy lista para dejar de ser doctora, aunque el mundo insista en otra cosa. Cruzo el pasillo por última vez. No quiero que nadie me vea. No quiero despedidas forzadas ni palabras ensayadas. No quiero lágrimas de quienes nunca me conocieron de verdad. Solo quiero irme. Pero el destino siempre tiene una última jugada. Cuando llego al estacionamiento subterráneo, mi paso se detiene en seco. Él está ahí. Apoyado contra el cofre de su auto, con los brazos cruzados y la mirada clavada en el suelo. Como si supiera que vendría por esta salida. Como si hubiese estado esperándome desde hace horas. Iván. Mi colega. Mi… pasado. Camino hacia él sin decir nada. Él tampoco habla. Solo levanta la mirada y me regala una de esas sonrisas suaves que siempre me gustaron. —Te ves diferente sin la bata —dice finalmente. —Tú te ves igual. Pero más cansado —respondo, con una media sonrisa. Él asiente, luego se incorpora, da un paso hacia mí y saca algo del bolsillo de su chamarra: una pequeña caja metálica con mis iniciales grabadas. La reconozco. Es la que solía guardar mis agujas quirúrgicas personalizadas. La había perdido hacía meses. —La encontré en la sala de descanso, debajo de una repisa —explica. —Supuse que era tuya. —Gracias —susurro, tomando la caja con ambas manos, como si pesara más de lo que debería. Un silencio espeso se instala entre nosotros. No es incómodo. Es denso. Como si contuviera todo lo que nunca dijimos, todo lo que evitamos sentir para no cruzar la línea. —No vine a detenerte ni a rogarte—dice él, sin rodeos. —Solo quería despedirme… bien. Porque si no lo hacía, iba a quedarme pensando en esto durante mucho tiempo. Levanto la vista. Lo observo. Lo reconozco. Y por un segundo, pienso si en verdad lo nuestro habría funcionado. —No hay nada que detener, Iván. La decisión está tomada. —Lo sé —responde sin titubear. —Solo quería verte una última vez como Stella, la doctora. Stella, mi amiga. No como la prometida de Magnus Alberti. Un nudo se forma en mi garganta. Me acerco un paso. Solo uno. —Gracias por no juzgarme —susurro. —Por no preguntar más de la cuenta. —Gracias por hacer que mis guardias fueran menos pesadas. Sonreímos. Ligeramente. Como si estuviéramos firmando un pacto tácito: el de no olvidar, pero tampoco esperar. —Cuídate —digo al fin. —Tú también. Aunque... no eres del tipo que necesite que la cuiden. —Últimamente… no estoy tan segura. Nos quedamos quietos. Frente a frente. Dos personas que compartieron silencios, miradas, cafés a deshoras, quirófanos en tensión. Que compartieron sus cuerpos, momentos intensos de pasión. Dos personas que, en otro contexto, quizá... Pero no hay besos. No hay caricias. No hay “te esperaré”. No hay “algún día”. Solo hay lo que hay: despedida. Me doy la vuelta. Camino hacia mi auto. Y justo antes de abrir la puerta, escucho su voz por última vez: —Stella… lo hiciste bien. Muy bien. Cierro los ojos. Ese, quizás, ha sido el mayor reconocimiento que he recibido hasta ahora. Subo al auto. Y me voy. ***** El silencio pesa más que la tiara que me colocaron hace una hora. Estoy sentada en una habitación lateral de la iglesia, mientras el murmullo de los invitados se filtra por las paredes como una corriente helada. Afuera, todo parece estar listo: las flores en los bancos, el órgano preparado, la alfombra blanca extendida hasta el altar. Todo, menos él. Magnus no ha llegado. —¿Desea que pospongamos unos minutos más? —pregunta una asistente vestida de dorado, con la sonrisa apretada por la incomodidad. Asiento con rigidez, sin poder evitar mirar el reloj por enésima vez. Faltan cinco minutos para la hora marcada en las invitaciones. Y él… no está. No ha llamado. No ha enviado a Claudio. No ha dado señales. El padre Mateo, un hombre amable de cabello blanco y rostro sereno, se asoma a la habitación. Lo acompañan dos sacristanes que fingen estar revisando detalles litúrgicos, pero sus ojos me observan con lástima mal disimulada. —Señorita Harrington —dice el sacerdote en voz baja. —Si necesita más tiempo… o si desea posponer la ceremonia, no hay problema. Podemos decir que ha habido un contratiempo. Su voz es suave, delicada. Casi piadosa. Y eso me quiebra. Porque no soy una novia enamorada esperando a su prometido. Soy un contrato con un vestido blanco. Una promesa firmada ante notario. Un canario dorado listo para encerrarse en su jaula. Pero, aun así, ser dejada plantada… arde. —Espere diez minutos más, por favor —susurro sin mirarlo a los ojos. —Por supuesto. Estamos para servirla. El sacerdote se retira, y cuando la puerta se cierra tras él, me levanto de golpe. Camino por la habitación sin rumbo, mientras mi respiración se vuelve errática. Miro el ramo sobre la mesa. Lo tiro al suelo. Pero las flores no tienen la culpa, así que las levanto y las acomodo de nuevo. No sé si estoy furiosa, humillada o simplemente harta. Este matrimonio ya es un infierno desde el día uno. Ahora solo estoy esperando que llegue Claudio y me diga que se tiene que casar conmigo en lugar de su jefe. Si eso llegara a pasar, preferiría que me tragara la tierra. ***** La hora ya había pasado. Veintiocho minutos. Veintiocho eternos minutos. Y entonces, la puerta se abre. Claudio entra en la habitación, con su impecable traje gris. El sacerdote lo sigue detrás y carraspea para llamar su atención. —¿Sabe usted si debemos esperar más, señor? —pregunta mirando a Claudio por encima de las gafas. Yo seguía en el mismo sitio. Erguida. Imperturbable en apariencia. Pero por dentro…Por dentro estaba cayendo. No solo por la humillación. Sino por el desconcierto. ¿Dónde demonios estaba Magnus? De pronto, la música comienza a sonar. Los tres nos miramos sin entender. Claudio sale disparado, mientras que el sacerdote lo sigue con paso mesurado para tomar su lugar. Me pongo de pie. Tomo el ramo y salgo. No hay niños de las flores. No hay damas de honor. Solo yo, caminando por el pasillo central, entregándome como si fuera una inmolación. Y ahí estaba él. De pie frente al altar. También solo. Su traje n***o —hecho a la medida— estaba en su sitio. Pero su rostro… no. Demacrado. Pálido. Con las ojeras marcadas. os labios apretados. El cuello de la camisa sin ajustar correctamente. No parecía el Magnus que parecía estar en la cima del mundo. Parecía… humano. Cansado. Hundido. El sacerdote, aliviado, se acomoda las gafas y comienza el rito. —Estamos aquí reunidos para unir en matrimonio a Magnus Alberti y Stella Harrington… No hubo votos. No hubo miradas cómplices. Ni lágrimas de emoción. Nos limitamos a seguir los pasos de la ceremonia. Respondimos donde debía. Recibí el anillo —una nueva pieza de oro blanco que Magnus colocó con manos firmes. —Pronuncié el “si acepto” si me hubieran programado. Al terminar, el sacerdote dio finalizada la ceremonia con el ya conocido: “puede besar a la novia”. Magnus se inclinó para tomarme de los hombros y darme un frío beso en los labios. Entonces, su voz llega a mi oído. Más baja. Más suave de lo que esperaba. —Ya eres mía. No tengo tiempo de reaccionar. Su peso cae sobre mí de golpe. —¡Magnus! —alcanzo a decir, sujetándolo instintivamente. Todo se vuelve caos. Manos que aparecen de la nada. Voces alteradas. Órdenes cruzadas. Alguien grita que llamen a un médico. Otros intentan sostenerlo mientras lo separan de mí. Los veo llevárselo. Me quedo quieta. Aturdida. Hasta que bajo la mirada. Mi mano tiembla. Hay sangre. Roja. Demasiado real. Salgo corriendo tras ellos, levantando el vestido, ignorando los murmullos, las cámaras, los rostros confundidos. Pero cuando llego a la puerta lateral… Ya se han ido. Me quedo ahí. Sola. Con el anillo pesándome como una cadena. Con la sangre aún en mis dedos. Y una sola pregunta golpeándome el pecho, una y otra vez: ¿Qué diablos acaba de pasar aquí?
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