Octavo velo.
Etéreo.
Un extenso bosque con toda la vegetación muerta me brindaba un refugio que necesitaba desde que llegue a este lugar. Sus árboles secos me mostraban el final del camino o al menos eso es lo que pienso.
-No entres a ese lugar.- me susurro la niña.- Perderás toda la esencia.
-¿Quién mierda eres en realidad?
-Una niña que quiere protegerte.
-Si… como digas.
Cubrí mi rostro con la tela de la capa y seguí caminando. El viento soplaba con fuerza y las telarañas se movían entre las ramas. La mujercita que estaba caminando a mi lado temblaba de miedo cuando se escucharon sonidos extraños dentro de un enorme tronco.
Una sombra se movió a lo lejos, no tenía figura ni rostro ni nada, solo era humo n***o que me movía con el viento.
-No me gusta esto.- dijo la niña.
-Cállate y sigue avanzando.-intente señalar el camino pero mi mano estaba desapareciendo, los huesos ya no estaban y solo una mancha de algo borroso se estaba formando.
-Te estas convirtiendo en una etéreo.
-Eso parece, eres medio pendeja.
-No me insultes.- dijo molesta.
-Deja de seguirme y te aseguro que tu vida va a cambiar por completo.
-Eres un tonto.
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De la nada sonreí por esa maldita e insignificante palabra, es como si algo muy en el fondo de mi alma me indicara que anteriormente ya la había escuchado en alguna parte de mi pasado.
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-¿Tienes miedo? – la pequeña se aferraba a mi capa.
-No.
-¿Por qué?
-¡Solo deja de chingar!
-Eres muy grosero, ahora entiendo por qué te enviaron aquí.
-¿Así? Y según tú, ¿Por qué fue?
-Alguien quiere asesinarte.- dijo con una enorme sonrisa en los labios.
La dulce y tierna niña se convirtió en un pequeño demonio de dientes filosos y ojos completamente negros. Arranco mi capa y la arrojo a la sucia tierra, con rápidos movimientos salto hasta uno de los árboles que se encontraba a nuestra derecha.
-Ellos ya vienen.- su lengua era demasiado larga a tal grado que le llegaba hasta los pies.
Mire a mí alrededor y agudice mi oído para poder identificar algo a la distancia. El galope de varios caballos me pusieron alerta, me moví entre los árboles para ocultarme pero a estas alturas ya era una maldita sombra trasparente que se movía con el viento.
No sé qué aspecto tengo o si aún conservo mi rostro, solo sé que todo se desvaneció en la nada de este inmenso bosque. Soy como una nube de polvo en este lugar seco y vacío donde la vida no crece y las energías se vuelven locas.
-Van a matarte.- comenzó a reírse.
-Eres muy chistosa.
-Eres demasiado ingenuo.- me miro con burla.- Los niños no entran al infierno ellos suben con Gabriel.
-Mis huevos también subirán a ver a ese cabron.
-Gabriel ha dado la orden de asesinarte y son ellos los que vienen a buscarte.
Me quede en completo silencio al ver a los siete caballeros que se acercaron hasta donde me encontraba. En caballos blancos y prendas del mismo color, me buscaban con la mirada, eran tan perecidos a Asmodeo que pensé que eran una especie de hermanos.
Todos tenían una belleza singular y su energía era elevada, no poseían espíritus pero si almas grandes.
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Me deslice entre los árboles y seguí mi camino con todos esos bastardos detrás de mí y pisándome los malditos talones o al menos aún tengo la certeza de que se puede ver aunque sea un poquito de mi bella figura. La mocosa gritaba de vez en cuando, no sé cómo confíe en ella y en su supuesta inocencia. Todos los que se encuentran en este mundo son unos hijos de la v***a.
-Abalam.- me miro uno de los bastardos que quieren mi cabeza.- Es un gusto conocerte.
-No opino lo mismo.- dije sin muchos ánimos.
-El primero con el nombre y el único príncipe del infierno.- la voz del que se encontraba a mi espalda retumbo por todo el espacio.
-Soy privilegiado.
-¿A dónde te diriges?
-Al paradisiaco puerto de la v***a.
-Ahora entiendo tantas cosas.- sonrió de oreja a oreja.- Permite acompañarte.
-No necesito de su maldita compañía.
-Somos seres de luz.
-Me importa un carajo si cagan diamantes.
-Se parece mucho a Satán.
-Ni lo menciones.
Los deje en su “armoniosa” conversación y seguí mi camino. Me seguían muy de cerca, escuchaba su absurda conversación y es horrible hablar de ese maldito modo al menos no estoy dispuesto a cambiar mi forma de ser.
Su presencia era enorme pero algo chocaba con mi energía, era como una silenciosa guerra de poder; la luz y la oscuridad.
En el camino me encontré al mismo hombre delgado que me llevo hasta el primer velo y que me dejo a mi suerte. Se lo agradezco pero si quiero partirle el culo por no darme ni un solo consejo de sobrevivencia.
-Ustedes no deben estar aquí.- dijo el muchacho.
-No estamos haciendo nada malo.- respondió un pendejo.
-El rey me envió para sacarlos de este velo.
-Tú y cuantos más.
Solo basto que el blanquito dijera esas palabras para que miles de hombres con máscaras salieran de sus escondites, era una excelente escena si quería disfrutar de una película de terror pero a estas alturas ya nada me asombra ni me asusta.
-Protegemos al rey y al príncipe.- dijo otro de los guerreros.
-Que lamentable, queríamos acercarnos a Abalam.
-Es mejor que se larguen.
-No queremos problemas.
-Asmodeo los espera en la entrada.
-Mi querido hermano está cometiendo muchos errores.- el líder me miro a los ojos.- Pronto serás el causante de tanto sufrimiento y me temo que nadie podrá evitarlo.
No lo tome en cuenta y seguí mi camino, todos me miraban raro ya que atravesaba sus cuerpos como si fuera viento o su maldita alma podrida.
-¡Príncipe! – dijo el jovencito.
-Mmmm.- me detuve a esperarlo.
-Nunca me imaginé que llegaría hasta este velo. Para ser sincero esperaba que muriera en el primero.
-Mmmm.
-Que tenga un buen viaje a su último velo.
Seguí mi camino en completa soledad. Ya no tenía figura ni forma física, solo era humo que se movía al lugar indicado.
Noveno velo.
Poder.
Una enrome torre de concreto se miraba a lo lejos de un extenso camino de sangre, a los costados solo había vacío, ni siquiera se podía ver el final de esa profunda oscuridad.
No había nadie más que yo y al subir las escaleras de aquella edificación me tarde como tres días, o al menos eso es lo que sentí ya que no tenían final, entre mas subía mas se alargaba la torre.
Encontré una enorme puerta de oro, la atravesé y en su interior de pie a un arco lleno de cráneos humanos me miraba un monje de sotana roja con una extensa mascara de metal, no tenía forma solo se podían ver sus ojos.
-Bienvenido.
Me detuve justo en frente de él, lo mire y analice su aspecto y su alma. Se supone que este es el final de todo pero no veo que sea algo tormentoso. Quiero vivir más cosas y no creo que este sea el lugar indicado para mí.
-Te ves cansado, Abalam.
-No siento cansancio ni nada que tenga que ver con mi humanidad.
-En eso tienes razón.- se movió a un lado.- Eres hijo de dos grandes demonios, ambos seres celestiales que cayeron para ser venerados por los humanos.
-Eso dicen.
-Tu padre es un excelente líder y esperamos que tú también lo seas.
-E escuchado los rumores.
-Tu madre te necesita y quiere verte en cuento regreses a casa.
-Pensé que esto sería el final de toda esta mierda.
-Y lo es.- agito un reloj de arena.- Estas a punto de tomar una decisión importante.
-¿Cuál?
-¿Qué estás dispuesto a dar a cambio de recibir el poder absoluto?
-Ya no poseo nada.
-Aun tienes dos cosas importantes.
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Mire a la nada y comprendí a lo que se refería, coloco el reloj en un hueso y la arena roja comenzó a caer, indicándome el tiempo.
-Pasaras mucho tiempo en este lugar.-miro mi forma.- El reloj indicara el momento de tu llegada.
Lo que alguna vez fueron mis manos me ayudaron a sacarme el corazón y entregárselo en una charola de oro, lo arrojo por el arco de cráneos. Mi alma me costó más trabajo entregarla, una esfera negra con destellos blancos fue el resultado de lo que habita mi interior.
De igual manera la entregue y el arco la consumió. Mi sombra se colocó en medio de aquella forma y de la nada salieron infinidad de manos que cubrieron mi figura, sostuvieron todo lo que pretendía ser mi cuerpo.
Los dos sacrificios estaban por encima de mi cabeza y cada vez la energía se fugaba por los orificios. No tenía fuerzas de seguir adelante y me deje llevar. Cerré los ojos y me hundí en una profunda oscuridad.
Esto es el final, sin dolor sin angustia y sin nada…
Un pequeño punto rojo se observaba al final de un túnel oscuro. Me mantuve en completa calma, esperando el momento exacto para regresar o para morir.
Sin sonidos…
Sin enemigos…
Solo yo… en completa soledad.
No sentía mi cuerpo, solo me mantenía quieto en el mismo lugar, mirando ese maldito punto rojo.
Poco a poco me acerque a él, su luz me ilumino pero ni un solo momento cerré los ojos mantuve la mirada puesta en ese enorme cáliz de oro. Lo sujete con ambas manos y bebí su contenido, quemo mi garganta pero me sentí tan bien al probar el rico líquido que tenía en su interior.
Me senté bajo una fuente de sangre y espere…
Espere…
Espere…
Hasta que… todo llego a mí.
La imagen de la creación, el nacimiento de mi padre y de los seres de luz, la ciada de aquellos que traicionaron a su creador, la capsula donde se encuentra un todo y es el mismo lugar donde me encuentro. Las descargas de energías enviadas a la tierra. Mi propia luz que es inmensa, el poder de mi energía y mis dones. Muerte y destrucción. Una serpiente en mi espalda y la muerte de…
Los mismos dones que debí haber desarrollado desde que nací y que se me ocultaron para mantenerme con vida hasta que llego este momento.
Me sentí diferente, tan cargado de vida y lleno de poder.
Con mi cuerpo completamente formado, mas musculoso y sin un maldito gramo de grasa. Mi rostro regreso a ser perfecto, mi nariz como la recordaba, mis ojos de serpiente y mi extensa lengua que recorría mis labios. El cabello me creció hasta los hombros, dorado como el oro.
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Mire mi destino y camine hacia él. El agua mojaba mis pies y formaba un túnel que me dirigía a mi futuro y a mi más grande anhelo.
Cruce el arco de huesos exactamente cuando el último grano de arena se deslizo por el pequeño orificio del reloj.
-Bienvenido… príncipe Abalam.- el monje hizo una reverencia.
-No pienso ser un príncipe.- sonreí de lado.- Deseo ser el rey.
Un nuevo camino, una nueva vida y un nuevo día para comenzar con la destrucción.
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