1.
Fuertes ráfagas arrastraban la arena y golpeaban contra los cuerpos de los guerreros. Los granos quedaban atrapados en el sudor y sangre que corría por su piel oscura, luego de tantas jornadas bajo el sol. Sin embargo, eso no detenía el enfrentamiento. Sus gruñidos y gritos resonaban en el amplio espacio y, ocasionalmente, el crujido de huesos advertía lo intenso del combate.
Desde un montículo, un viejo lobo de cabello entrecano y piel curtida observaba atento a los peleadores.
Escuchó el crujir de piedras y se volteó lentamente. Una litera de madera fina y telas doradas se acercaba jalada por cuatro porteadores.
Retrocedió dos pasos y aguardó con la mirada baja que la litera se detuviera a su lado.
- ¿Son los recién llegados? – dijo una melodiosa voz femenina.
- Sí, ama. Vienen de las aldeas del norte y el oeste –
- Son pocos – dijo con algo de frialdad.
- No hay muchos lobos jóvenes disponibles, mi señora – el lobo no se había atrevido a erguirse – Las campañas del alfa han requerido gran cantidad de guerreros –
- Tendremos que ir más lejos la próxima vez –
El lobo no respondió.
Ella chasqueó los dedos y de inmediato los porteadores depositaron la litera sobre la arena y bajó.
Al lado del lobo se veía muy pequeña, pero tenía un aura opresiva que hacía al hombre mantenerse encorvado. Se acercó al borde del montículo y observó detenidamente a los jóvenes guerreros.
Era una vista placentera que aceleraba su corazón. Podía ver claramente como los músculos se abultaban y las venas sobresalían por el esfuerzo. Los pies enterrados en la arena para no permitir que el contrincante ganara terreno. Algunas garras habían surgido, y colmillos brillaban bajo el ardiente sol del desierto, pero los entrenadores estaban atentos para descargar el látigo sobre sus espaldas.
Los nuevos guerreros de la manada de Las Dunas no tenían permitido luchar en su forma de lobo. Lo primero que debían aprender era usar la fuerza de sus bestias, pero sin permitir que tomaran el control. De hecho, el Alfa Malek no permitía que sus guerreros pelearan en forma de lobo. Lo consideraba un signo de inferioridad.
Los entrenadores detuvieron el encuentro y los guerreros se desperdigaron para beber agua que algunos omegas sostenían a un lado del campo y limpiarse el sudor de sus rostros. Mientras recobraban el aliento, revisaban sus heridas y algunos se atrevían a intercambiar algunas palabras.
Era un grupo de unos cincuenta hombres. Algunos de ellos seguramente habían despertado su lobo recientemente y otros debían ser mayores, pero no demasiado. Un lobo en particular llamó su atención. Era más alto que la mayoría, un cuerpo de músculos abultados y bien definidos. El pecho amplio, con un parche de vello oscuro en los pectorales. El cabello oscuro, levemente rizado caía sobre su frente, pero no ocultaba sus cejas espesas, nariz ancha y fuerte barbilla.
Su piel oscura brillaba por el sudor y sintió el imperioso deseo de recoger cada gota con su lengua.
- Aquel – señaló con un gesto imperioso – Envíalo a mi tienda. Será mi guardia personal –
- Mi señora, si me permite… puedo enviar un guerrero con más experiencia que pueda servirla adecuadamente. Estos muchachos apenas tienen pocas semanas de entrenamiento –
- Luego de tanto tiempo – respondió ella entre dientes – deberías haber aprendido a no contradecir mis órdenes… Lo quiero esta noche en mi tienda –
- Sí, ama. Lo que usted ordene – respondió el lobo con el cuerpo tenso.
Podía sentir la mirada de la mujer sobre él, pero no se movió. Vio como el borde de su vestido se arrastraba sobre la arena y sus pies desaparecían mientras subía a la litera. Ella dio la orden de partir y los porteadores giraron, de regreso a la aldea.
Una vez que se aseguró que se habían alejado lo suficiente, el viejo lobo se incorporó y miró al campo con el rostro ceñudo.
“Maldita bruja” pensó “Es uno de los mejores hombres” se frotó el rostro y exhaló un suspiro. Se comunicó entonces con los entrenadores y transmitió la orden.
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Hakim había sido durante décadas el líder de los guerreros de la manada, pero una vez que se volvió más lento, su hijo tomó su sitio y el alfa le encargó la búsqueda de nuevos guerreros y su entrenamiento.
Desde que era muy joven, Las Dunas estaba en permanente conflicto con otras manadas. El Alfa Malek y su padre antes de él, se habían embarcado en la tarea de reunir todas las pequeñas manadas dispersas por el desierto en una sola, bajo su mando. Pero era una lucha sin fin. Había manadas que se resistían e incluso, preferían que todos los lobos murieran antes de aceptar el gobierno del Alfa Malek y siempre surgían nuevos planes para extenderse un poco más. No se vislumbraban tiempos de paz en el horizonte y el viejo Hakim estaba cansado de esa vida.
La luz rojiza de la tarde le hizo levantar la cabeza. Alguien había entrado a la tienda. Su mirada tuvo que recorrer un gran trecho antes de poder ver el rostro del recién llegado.
- Ya estás aquí – se incorporó pesadamente y se detuvo a unos pasos, para poder observarlo con más detalle.
Sí, definitivamente era uno de los mejores que había visto en mucho tiempo. No solo tenía un cuerpo fuerte, sino que su mirada era inteligente, aunque tenía algo ingenuidad en sus ojos.
- Ama Zaida ha pedido por ti – dijo lentamente, mientras lo rodeaba – Serás su guardia personal –
- ¿Yo, señor? Pero… - estaba muy sorprendido.
- Te daré un par de consejos, muchacho – volvió a detenerse frente a él y le miró fijamente – No repliques cuando se te da una orden. Especialmente si proviene de Ama Zaida. Creo que eres inteligente y no querrás morir tan joven, así que cierra la boca y haz lo que se te diga sin cuestionar y sin dudar… Y no te preocupes, no es como que el Ama Zaida corra peligro alguno. No hay criatura en todo el desierto tan estúpida para intentar enfrentarla. No tendrás que protegerla porque ella es capaz de protegerse a sí misma. Te quebrará el cuello con un chasqueo y ni siquiera te percatarás –
El joven le miró desconcertado y muy atemorizado.
- Mira muchacho, lamento perder un buen prospecto como tú. Creo que habrías sido un gran guerrero, pero la palabra de Ama Zaida es ley, así que disfruta tu nueva posición el tiempo que dure… solo tú decidirás si será mucho o poco tiempo –
Realmente no comprendía bien lo que Hakim le decía, pero asintió. No quería ser irrespetuoso ni quería provocar su ira. Realmente era inesperado que le hablara de esa manera y podía sentir que sus consejos eran sinceros. Debería tener muy presente todo lo que le había dicho.
- Ve ahora a la tienda del ama. Ella te espera –
- Sí, señor – hizo una inclinación y salió de la tienda.
Mientras cruzaba el campo donde se encontraban los viejos galerones donde dormían los nuevos guerreros, podía sentir las miradas curiosas y escuchar los cuchicheos de los otros lobos. Las noticias corrían rápido en el campamento.
No le tomó mucho tiempo llegar a la aldea que agrupaba a los integrantes de la manada que no eran guerreros. Era una zona amplia, de edificios sencillos y polvosos. No había anochecido aún, pero las calles estaban vacías.
Cruzó frente a la casa del alfa, la única donde se veía movimiento y lobos ir de un lado a otro y continuó hasta la siguiente edificación, un poco más pequeña, pero de mucho mejor aspecto que el resto.
Apenas había dado un paso dentro de la casa, cuando una omega salió a su encuentro y le indicó que la siguiera.
Cruzaron hasta el fondo y allí le esperaban otras tres omegas que sin decir palabra, lo desnudaron. Lavaron de su cuerpo el polvo, sangre y sudor y luego cubrieron su cuerpo con aceites aromáticos, peinaron su cabello y como única prenda, un lienzo que cubría su hombría.
Una vez acicalado, una de las omegas le guio de vuelta a la casa. Se detuvo ante una puerta cubierta por gruesas telas granate con bordados en oro y le hizo un gesto para que pasara.
Titubeó un instante y tomando una profunda respiración, entró.
De inmediato le golpeó el dulzón aroma de incienso y especias que flotaba en la habitación lujosamente decorada. Muebles de madera oscura, tapizados en granate, una cama de gran tamaño cubierta por mantas y almohadones con borlas de oro. Incensarios de oro pendían de cada esquina de la habitación y a un extremo, tras un biombo de cáñamo tejido, otra habitación, pero no alcanzaba distinguir lo que había tras ella.
- Ya estás aquí –
Se volteó en dirección de la voz femenina. Era dulce y algo grave, lo envolvía como una caricia. La mujer frente a él parecía una diosa descendida de los cielos o tal vez, nacida de entre las llamas del fuego. Largos mechones de cabello oscuro escapaban de su velo y caían sobre un amplio escote que a duras penas contenían sus senos voluminosos y firmes. El rostro era alargado, la nariz larga y afilada, sus ojos eran almendrados, su pupila no se distinguía del iris, lo que era algo inquietante.
El joven no se movió.
- A partir de ahora eres mi guardia personal, ¿Hakim te lo dijo? –
- Sí… ama Zaida – respondió dubitativo.
Ella sonrió y se acercó a él, su mano deslizándose por su pecho.
- Eres un chico inteligente, ¿no es así? ¿Qué más te dijo Hakim? –
- Que debía obedecer, ama –
- Sí, eso es todo. Obedece y serás recompensado – su mano continuó por su vientre y con un rápido movimiento se deshizo de la tela que lo cubría y tomó su m*****o ente sus manos.
Sin embargo, él la tomó por la muñeca y la detuvo.
- ¿Qué crees que haces? – su tono parecía no haber variado, pero podía sentir la tensión en ella.
- Usted es la pareja del alfa… no puedo hacerlo –
Zaida sonrió.
- Eres un lobo leal…
- En realidad… no quiero morir en manos del alfa – se atrevió a decir.
- No morirás – se apartó de él y le dio la espalda. Se dirigió hacia un extremo de la habitación donde descansaba una pequeña mesa con un ánfora y recipientes de diferentes formas y tamaños. Se sirvió una bebida y luego se tendió sobre la cama – Mi alfa tiene grandes responsabilidades sobre sus hombros y no puede desentenderse de proteger la manada para atender mis necesidades… Y él lo entiende así y por eso me permite disponer a mi placer – le ofreció una sonrisa que pretendía ser seductora, pero que a su lobo solo le puso en alerta, como si detectara una amenaza – Sirviéndome a mí, sirves a tu alfa. Así que no tienes nada de qué preocuparte. Ven – y le tendió la mano.
Su lobo se resistía, pero ignorando su tensión, obedeció.
Ella le indicó que se sentara a su lado y colocó el jarro en sus labios y le hizo beber. El líquido era demasiado dulce.
- ¿Cuál es tu nombre? – y acarició su cabello, mientras observaba detenidamente su rostro.
- Omar, señora –
- Bien, Omar. Continuarás entrenando con los guerreros como solías hacerlo, pero una vez que acaben, debes presentarte aquí. Te asearás y aguardarás por mis órdenes. ¿Entendido? –
- Sí… entendido –
- Debes estar cansado – le tomó por los hombros y le hizo tenderse en la cama – Esta noche yo te serviré, pero en las siguientes noches, serás tú quien lo haga -