Los gemidos de la mujer llenaban la habitación, pero para él, era como si se encontrara muy lejos. Sus embestidas eran rápidas y profundas, pero su mirada estaba fija en el reflejo de la luz en las lentejuelas del dosel que cubría la cama.
Percibió que ella llegaba a su límite por la forma en que los pliegues de su piel se contraían contra su sexo y algo parecido a un gruñido escapó de la garganta de la mujer, mientras sus uñas se enterraban en su espalda, pero él solo estaba aliviado de que hubiera acabado.
Se deslizó fuera de ella y se dejó caer en la cama, a su lado.
La escuchó levantarse y mientras buscaba su bata, dijo con frialdad: - Has estado ausente toda la noche. ¿En qué piensas? –
Omar se incorporó y apoyó la espalda en los almohadones. Se peinó el cabello y la miró. Zaida permanecía de pie frente a él, evidentemente molesta.
- No dejo de pensar en todos los guerreros que perdimos… fueron demasiados. Los últimos enfrentamientos nos han dejado diezmados. Realmente nadie esperaba que las manadas de más allá del oasis se unieran –
- Es desafortunado, sí – dijo ella sin calor mientras trenzaba su cabello – Pero no hay nada que pudieras hacer – le lanzó una mirada y al ver la expresión en su rostro, agregó: - El que estuvieras allí no habría cambiado el resultado, Omar. Tú no habrías cambiado el destino de la lucha. Al contrario, tal vez solo habrías sido un cuerpo sin vida más, en medio del campo –
Sirvió una bebida y volvió a la cama. Le tendió el jarro, pero él negó con la cabeza.
- Bebe. Te hará sentir mejor – dijo y Omar tomó todo solo un sorbo, pero su lobo gruñó. Mantuvo el jarro entre sus manos, sin beber más.
Zaida le lanzó una mirada y tomó el jarro y lo colocó a un lado. Se sentó a su lado y le tomó del brazo. Hizo que apoyara su cabeza en sus muslos y comenzó a acariciar su cabello con suaves movimientos.
- Dime qué es lo que tanto te inquieta –
- No quiero molestarte con tonterías, ama –
- Si no lo hablas, seguirá rondando en tu mente y no admito que estés distraído en mi presencia – replicó ella – Quiero escucharte –
- Yo… no soy un guerrero experimentado como el alfa o su beta. Sé que incluso entre los guerreros hay hombres que saben mucho más que yo, entonces… no comprendo cómo el alfa aceptó trasladar a los guerreros más allá del oasis, cuando es una tierra tan desconocida –
- ¿Hakim te dijo eso? –
- No, ama. Hakim jamás cuestionaría las decisiones del alfa. Ningún lobo lo haría… Y yo no lo habría dicho si no me lo hubieras ordenado. No quiero ser irrespetuoso con el alfa – la miró un momento, pero la mujer permanecía con el rostro impasible – Estoy seguro que el alfa tiene sus razones…
- No tienes que justificarlo, Omar – dijo ella mirándolo a su vez y exhaló un suspiro – Incluso un alfa como él puede equivocarse alguna vez…
- Ama…
- No creas que no me preocupa la derrota que sufrió nuestra manada. Sé cómo el alfa odia perder y más caer ante una manada inferior… Iremos con él mañana. Me necesita –
- ¿No es muy arriesgado, ama? Quiero decir, si esos lobos se enteran que usted viajará con el alfa, podrían intentar atacarla –
- ¡Oh! – rio ella con desenfado – Que lo intenten – acarició su mejilla – Déjalos que lo intenten –
-0-
Alfa Malek había dado la orden a sus guerreros de volver a la aldea, así que se encontraron a mitad de camino.
Omar no tenía autorizado ingresar a la tienda del alfa, así que mientras Zaida se reunía con él, se permitió vagar por el campamento. A pesar de que el enfrentamiento había sucedido días atrás, muchos guerreros todavía lucían las marcas de las heridas.
El número de lobos se había reducido notablemente y el joven no podía dejar de pensar en las familias de todos aquellos que perdieron la vida y cuyos cuerpos fueron dejados en tierras lejanas. Esas familias no tendrían la oportunidad de despedirse de sus padres, hijos o hermanos y vivirían con el dolor de saber que sus restos quedarían desperdigados en la lejanía.
Podía sentir las miradas de los guerreros, algunos con expresión sombría, otros con alguna sonrisa burlona, mientras hablaban entre ellos.
- ¿Estás perdida, princesa? – dijo una voz y pronto algunas risas lo rodearon.
Omar se volteó a mirar al hombre: alto, muy delgado, con el cabello despeinado y lleno de polvo. Su cuerpo cubierto de cicatrices.
- No te busques problemas – le dijo otro que reposaba tendido en el suelo y ni siquiera se había dignado abrir lo ojos.
- Míralo, su piel suave y brillante, su cabello muy peinado, oloroso a aceite y flores – replicó el primero – No es difícil saber quién es –
- Pues yo prefiero morir en manos de otro lobo, en una pelea honorable, que en manos de una bruja – el lobo tendido en el suelo abrió un ojo y lo miró – Ser joven y hermoso a veces puede ser una maldición –
- ¿A quién llaman bruja? – preguntó con genuina curiosidad.
- ¡Oh! ¡Eres tan cándido! Eso sin duda prolongará tu vida un poco más… Solo un poco – el lobo delgado se acercó a él – Es mejor que sigas viviendo en la ignorancia, princesa. Vuelve con tu ama y mantén la boca cerrada – y escupió a sus pies.
Omar miró a su alrededor. Todos los lobos seguían atentos el intercambio. Todos parecían saber a qué se refería el lobo.
Se dio media vuelta y volvió a la tienda de Zaida.
Se paseaba por la tienda, inquieto y nervioso. No dejaba de pensar en lo que el lobo había dicho. Era evidente que hablaba de Zaida. No era la primera vez que escuchaba que la llamaban bruja. En su primera noche con los guerreros, luego que lo sacaron a la fuerza de su casa para unirse a las fuerzas del alfa, oyó la historia de cómo Zaida apareció un buen día en los límites del territorio, en un terrible estado: muy delgada, herida y deshidratada. Contó que había escapado de un grupo de lobos que había tratado de atacarla. El alfa accedió a que permaneciera en la manada mientras se recuperaba y ella ofreció a cambio, en agradecimiento por su benevolencia, convertirse en su más solícita sierva.
En muy poco tiempo, la humana se convirtió en su pareja y aunque él nunca la marcó como luna, ni le permitió que usara ese título, Zaida rápidamente ocupó un lugar privilegiado dentro de la manada, donde nada se le negaba.
Omar se acercó a la pequeña mesa, llena de botellas y hierbas. Curioso, abrió alguna de ellas, olfateando su contenido.
- ¿Qué crees que haces? – dijo una voz tras él, que lo hizo sobresaltarse.
Una omega le observaba con grandes ojos. En sus manos, cargaba un vestido de Zaida.
- Solo miraba –
- ¿Quieres morir? – replicó la joven, sin moverse de su sitio – No puedes tocar las cosas del ama. Si ella se entera te hará pagar –
- Solo son ungüentos e hierbas – dijo Omar tratando de mostrarse desafectado, pero observaba atentamente la reacción de la omega.
La joven apartó la mirada y cruzó la habitación. Dejó el vestido sobre la cama y se dirigía a la salida, cuando se detuvo de pronto.
- En este lugar – dijo con un susurro – Siempre es mejor no saber – y sin más, se retiró rápidamente.
Tan solo unos momentos después, escuchó el roce de telas y apresurados pasos.
- ¡Mi baño! ¡De inmediato! – exclamaba Zaida mientras entraba a la tienda.
Omar se colocó firme al lado de la puerta y aguardó por ella.
- Qué bueno que estás aquí – dijo ella en cuanto lo vio – Te necesito –
- ¿El alfa está bien? – preguntó el hombre mientras se encargaba de soltar los pines que sostenían su velo.
- No quiero hablar de ello ahora – respondió la mujer con tono grave.
Se limitó entonces a desnudarla. Su cuerpo estaba impregnado por el aroma del alfa, pero eso no le molestaba. Después de todo, ella era su pareja y él no era más que un juguete con el que Zaida se entretenía en su tiempo de ocio. En este momento, no estaba en mejor posición que los omegas.
Una vez que la mujer estuvo completamente desnuda la guio hasta donde el baño ya estaba dispuesto. Entró el primero y se sentó en la enorme tina y luego ella se acomodó con la espalda reposando en su pecho.
Omar extendió la mano para tomar los polvos aromáticos y un trozo de tela fina para comenzar a lavar el cuerpo de Zaida. Ella apoyaba todo su peso en él y aunque no podía ver su rostro, podía adivinar que había cerrado los ojos.
Sentía la tensión en sus hombros, así que utilizó movimientos firmes para aliviarla y se tomó su tiempo para masajear sus senos y continuar deslizándose por su vientre hasta detenerse entre sus piernas. De inmediato, ella apartó los muslos, alentándolo a continuar.
- Necesito que esta noche me sirvas bien – dijo con un grave gruñido – No quiero que pienses en el alfa o en los guerreros o en cualquier otra cosa. Estás aquí para complacerme, ¿entendido? –
- Sí, ama – respondió brevemente.