Zaida sonrió y le tendió una bebida. Parecía satisfecha de su desempeño esa noche y eso le alivió. No quería imaginar lo que sería de él si no hubiera logrado mejorar su humor.
Él aceptó el jarró y bebió apenas un sorbo. Odiaba esa bebida tan dulce, pero era lo único que ella le permitía tomar cuando estaba a su lado.
- El alfa no está bien – dijo acostándose a su lado y apoyó la cabeza en su hombro.
- ¿Está enfermo? –
- No físicamente – levantó la cabeza para mirarlo – Tiene aún heridas de la batalla, pero mis ungüentos lo sanarán por completo para cuando llegue la mañana… Pero mentalmente… no estoy segura –
Omar prefirió aguardar que ella continuara.
- Está desorientado, delirante… dice cosas sin sentido… Insiste en llevar a los hombres de vuelta al oasis. No admite que fue derrotado por esas pequeñas manadas –
- Pero los hombres están agotados y heridos. No pueden luchar en esas condiciones. Estoy seguro que el beta ya se lo ha dicho… Ama Zaida, usted puede hablar con él y convencerlo…
- ¿No crees que ya lo intenté? Todo su círculo ha tratado de hacerle entrar en razón y definitivamente no me escucha a mí… - se incorporó para colocarse frente a frente y le miró fijamente a los ojos, el rostro muy grave - Temo lo que pueda suceder… ¿Qué tal si sus decisiones comienzan a ser cuestionadas por la manada? –
- Nadie se atreverá a ir en contra de los deseos del alfa – replicó Omar.
- No puedes asegurarlo. Los lobos no seguirán un alfa que ya no consideran apto para liderar… Si se llega a saber que el Alfa Malek no está bien, no tardarán en saltar lobos que deseen desafiarlo –
- Estoy seguro que a pesar de los recientes enfrentamientos, el alfa es muy superior a cualquier lobo que lo rodea –
- Tienes una muy alta estima hacia el alfa – comentó Zaida con algo de sorna en su voz.
Omar se encogió de hombros.
- Desde niño escucho las historias de sus batallas y cómo ha hecho crecer el territorio de Las Dunas en tres veces su extensión. Y creo que el tiempo no ha minado su fuerza y a la vez, le ha dado mucha experiencia –
- Pues justamente porque ha pasado de batalla en batalla, en condiciones tan difíciles, el deterior de sus facultades es mayor –
- ¿Quién sucederá al alfa cuándo él decida retirarse? –
Un brillo fugaz asomó en los ojos de Zaida y se tomó un momento para responder.
- Él no habla de ese tema – dijo lentamente – Creo que no considera que sea una decisión que deba tomar pronto – ese pensamiento parecía inquietarla – pero si no designa un sucesor expresamente, supongo que la manada tendrá que hacer un torneo para elegir al nuevo alfa – observó su rostro y sonrió – Tú podrías ser un buen alfa –
- ¿Yo? – Omar dejó escapar una risa burlona - ¿Un simple chico de campo? Yo no sé nada de cómo guiar una manada. Ni siquiera soy un guerrero experimentado. Jamás podría ser un alfa –
- No tienes que saberlo – Zaida dejó que sus manos recorrieran el pecho del hombre – Solo tienes que ser lo suficientemente fuerte como para imponerte sobre los demás y dejar que los que sí saben, trabajen para ti –
- Yo no podría...
- Con tu juventud, fuerza y vigor, podrías derrotar a cualquiera que quiera ocupar el lugar de Malek –
- No es tan simple – desvió la mirada, incómodo por el giro de la conversación.
- Podría serlo… para ti. Me tienes a tu lado. Yo puedo hacerlo suceder – y le ofreció una sonrisa provocativa - ¿No tienes ambiciones, Omar? ¿Nunca soñaste con ser rico y poderoso? Conmigo a tu lado, podrías tenerlo todo... todo lo que has deseado y todo aquello que nunca te atreviste a imaginar. Y si lo piensas un poco, no se trata solo de ti. Se trata de todo lo que podrías hacer por la manada...
Omar se guardó para sí lo que realmente pensaba y en lugar, respondió: - Estoy seguro que el alfa solo necesita unas noches de descanso para aclarar su mente, dejar que los guerreros se recuperen y entonces, planear un nuevo ataque contra esas manadas –
- Bueno, al menos esta noche dormirá profundamente – Zaida le hizo un gesto para que se tendiera a la cama – Me encargué de ello… Y ahora nosotros también debemos dormir –
-0-
Le fue difícil conciliar el sueño, inquieto por las palabras de Zaida. ¿Realmente el alfa estaba perdiendo la cabeza? ¿Qué sería de la manada si él ya no podía liderar? Las luchas que surgirían entre los lobos podrían llevar al traste todo lo alcanzado por el Alfa Malek en tantos años y los haría un blanco fácil de otras manadas celosas de su poderío.
Poco a poco se fue hundiendo en un sopor pesado, hasta que, de repente, recuperó la conciencia. Su corazón latía acelerado y se incorporó con dificultad. A su lado, Zaida dormía profundamente.
Salió de la tienda. Necesitaba aire fresco.
Una suave brisa le golpeó el rostro. Necesitaba que ese aire lo llenara, pero la opresión en su pecho no desaparecía.
Se alejó de la tienda, avanzaba sin rumbo, su mente algo nublada.
La luna estaba semioculta tras un oscuro manto de nubes y a su alrededor, no se escuchaba ruido alguno. Todos dormían, aunque estaba seguro que algunos guerreros debían estar patrullando los alrededores del campamento.
Sin quererlo, se vio frente a la tienda del alfa y entró. No debía estar ahí, pero algo lo empujaba a continuar.
El lugar era pequeño y no tenía muchas comodidades. No era pretencioso y sobrecargado como la tienda de Zaida. Cruzó un cortinaje de tela áspera y se vio en la habitación del alfa. El lobo dormía en el suelo, apenas cubierto por una manta.
No podía apartar la mirada de él. Era la primera vez que lo veía, pero estaba seguro que era el alfa. Su aura no era tan intensa como lo había imaginado y se le veía delgado y algo maltrecho, pero debía ser el Alfa Malek.
Avanzó unos pasos hasta que se detuvo a su lado. Un fugaz brillo le hizo voltear el rostro y notó, estupefacto que era su brazo que se alzaba amenazante y una daga en su mano.
¿Cómo…? ¿Cómo era posible?
Dejó caer el brazo en dirección al pecho del alfa. En su interior, gritaba. No podía detenerlo. Su cuerpo se movía por voluntad propia.
No podía atacar al alfa. ¿Por qué? No tenía motivo alguno para ello.
Casi podía sentir el filo de la daga hundirse en el pecho del lobo cuando escuchó un rugido y una potente garra rodeó su muñeca.
- ¿Qué crees que haces, niño? –
Unos ojos oscuros lo observaban lleno de rabia.
- Maldito traidor… - agregó entre dientes el alfa, incorporándose.
Con un esfuerzo, se soltó de su agarre y volvió a arremeter contra el lobo. Este lo esquivó, pero el filo rozó su brazo y él siseó.
Lucharon por unos segundos. Varias cortadas superficiales comenzaban a llenar el cuerpo del alfa, pero este no se detenía.
Era increíble que sus rugidos y gritos no alertaran a los guerreros. ¿Acaso era un sueño? Sí, tal vez era un sueño y por eso no tenía sentido.
Ambos cayeron el suelo, su espalda contra el piso mientras el alfa mostraba sus colmillos. Podía sentir su aura, pero no era lo suficientemente poderosa como para hacerlo someterse. Lo empujó con todas sus fuerzas y el alfa cayó pesadamente, un leve crujido cuando su cabeza se estrelló contra el piso.
- ¡Atacan al alfa! – gritó una voz y él sintió pánico.
Miró con grandes ojos a la figura frente a él. Era Zaida que lo miraba con rostro pálido y aterrorizado.
¡No! ¡Él no era un traidor! ¡Es solo un sueño! Solo un sueño y quería despertar… ¡ahora!
¿Por qué no podía despertar?
Arrojó la daga al suelo y echó correr fuera de la tienda. Zaida no trató de detenerlo, pero sus gritos alertaron a todo el campamento.
- ¡Detengan al traidor! ¡Atacó al alfa! ¡Deténganlo! –
No veía claramente hacia donde se dirigía. Solo corría hacia campo abierto, tratando de alejarse del campamento todo lo que fuera posible. Oía los hombres correr tras él, sus gruñidos y gritos, pero solo continuó.
Intentó llamar a su lobo, pero no respondía. Necesitaba su fuerza. ¡Cielos! Sería más fácil huir en su forma de lobo.
El terreno comenzaba a hacerse más irregular, grandes piedras surgían de pronto y tenía que hacer un gran esfuerzo para saltar sobre ellas. Los guerreros se acercaban y debía pensar en algo. No podía simplemente seguir corriendo toda la noche.
Bueno, podría despertar. Eso sería muy oportuno.
Un sonido profundo y constante llamó su atención y se dirigió hacia allí. Apenas pudo reaccionar al llegar al borde del acantilado. En medio de la oscuridad, no había notado el profundo cañón y el río tumultuoso que corría a sus pies.
Miró a su alrededor, confundido. No había donde ocultarse. Se volteó solo un instante: un grupo de unos veinte lobos estaban a poca distancia y sabía que no acabarían con su vida allí, pero lo que le esperaba al regresar al campamento no sería mucho mejor.
El Alfa Malek no tenía piedad con los traidores y lo utilizaría como escarmiento para el resto de los guerreros.
No tenía salida. Miró de nuevo hacia el cañón y tomó una profunda respiración.
“Diosa Selene, ten piedad de mí y permíteme despertar de esta pesadilla” dijo con los ojos cerrados y saltó al vacío.