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Perdóname esposo… pero deseo a otro

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Blurb

Isabela Carvajal, 34 años, Directora de Capital Humano de Grupo Aldama, una de las desarrolladoras inmobiliarias más importantes del bajío mexicano. Ocho años construyendo una reputación impecable. Casada con Emilio, un hombre bueno que se convirtió en rutina antes de convertirse en amor. Sin hijos por decisión de ella. Sin pasión. Sin que nadie afuera lo note.

Un lunes de marzo llega Mateo Ríos, 26 años, consultor externo contratado por el consejo directivo para reestructurar operaciones durante seis meses. Brillante, sin filtros corporativos, provocador por naturaleza. No le teme a lo que Isabela representa. La desestabiliza con honestidad donde otros la adularían.

Lo que empieza como una incomodidad profesional se convierte en la primera grieta de una vida construida sobre lo correcto en lugar de sobre lo verdadero.

Pero hay algo que Isabela no sabe: alguien dentro de la empresa la está mirando. Esperando. Y Mateo Ríos llegó al momento exacto en que ella está más vulnerable.

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Capítulo 1
El aire acondicionado del piso doce de las oficinas de Grupo Aldama siempre estaba tres grados por debajo de lo necesario, como si la empresa quisiera mantener a sus directivos en un estado de preservación criogénica. Isabela Carvajal revisó su reflejo en la pantalla negra de su tableta. Su moño estaba perfecto, ni un solo cabello fuera de lugar; su labial color tierra era sobrio, profesional, casi invisible. A sus treinta y cuatro años, había aprendido que en el mundo corporativo, la invisibilidad de lo femenino era el precio de la autoridad. —Señores del comité —anunció Isabela, poniéndose de pie con una elegancia marcial—. Como saben, la optimización de procesos es nuestra prioridad para este semestre. Por ello, hemos contratado la consultoría externa de Ríos & Asociados. Les presento a Mateo Ríos. La puerta de la sala de juntas se abrió y el ambiente pareció cambiar de densidad. Mateo entró no con la sumisión de un contratista, sino con la soltura de quien es dueño del edificio. Era más joven de lo que Isabela esperaba, unos veintiséis años que llevaba con una confianza insultante. No vestía traje completo; llevaba una camisa blanca de lino fino con los dos primeros botones desabrochados y las mangas remangadas hasta los antebrazos, revelando una piel bronceada y un reloj que gritaba éxito sin esfuerzo. Pero fue su rostro lo que detuvo el pensamiento de Isabela por un segundo exacto. Tenía una mandíbula afilada, sombreada por una barba de dos días perfectamente recortada, y unos ojos oscuros que no se posaron en el presidente del grupo, sino que fueron directos a ella. No fue una mirada de cortesía. Fue un escaneo. Isabela sintió un calor súbito en la base de la nuca, una punzada de irritación mezclada con algo que no supo nombrar. —Gracias, Isabela —dijo Mateo. Su voz era un barítono profundo, con una vibración que pareció resonar en la mesa de caoba—. Seré directo: no he venido a hacer amigos, sino a decirles en qué se están equivocando. Y por lo que veo, se equivocan en mucho. La reunión fue una carnicería de datos. Mateo desmanteló tres departamentos en cuarenta minutos. Isabela lo observaba, fingiendo tomar notas, pero sus ojos se desviaban constantemente a la forma en que sus labios se movían al pronunciar cifras, o a la manera en que sus dedos largos y fuertes tamborileaban sobre la mesa. Había algo animal en él, algo que no encajaba con las gráficas de Excel. Al terminar, los directivos salieron murmurando, entre impresionados y ofendidos. Camila Estrada, su gerente, le dedicó a Isabela una sonrisa de complicidad antes de salir. —Excelente elección, jefa. Es... refrescante —susurró Camila. Isabela se quedó sola recogiendo sus carpetas. Mateo seguía allí, apoyado contra el ventanal que daba a la ciudad. Cuando el último directivo cerró la puerta, Mateo caminó hacia ella y, sin pedir permiso, empujó la pesada hoja de roble hasta que el "click" de la cerradura resonó en el silencio de la sala. —¿Qué crees que haces, Ríos? —preguntó Isabela, sin levantar la vista de su tableta, aunque su corazón acababa de dar un vuelco violento. —Mirarte —respondió él, acercándose hasta que quedó a menos de medio metro. Isabela podía oler su perfume: sándalo, cítricos y algo que olía puramente a hombre—. En la junta estabas muy ocupada siendo la "Directora Perfecta", pero te muerdes el labio inferior cada vez que alguien menciona un fallo en tu sistema. Isabela levantó la vista, endureciendo el gesto. —Mi sistema es impecable. Mateo soltó una risa seca, un sonido ronco que le erizó el vello de los brazos. Se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio vital hasta que Isabela pudo ver las motas doradas en sus pupilas. —Tu sistema es una cárcel, Isabela. Y te mueres por que alguien quiebre los barrotes. Tienes cara de que hace mucho tiempo nadie te dice lo que realmente necesitas. Y te aseguro que no es otro informe de resultados. Isabela abrió la boca para reprenderlo, para despedirlo, para ejercer el poder que tanto le había costado construir, pero las palabras se le atascaron en la garganta. Mateo le dedicó una última mirada cargada de una promesa peligrosa y salió de la sala sin decir más. Esa noche, la casa en el barrio exclusivo se sentía más silenciosa que de costumbre. Emilio, su esposo, la esperaba con una copa de vino y una cena ligera. Emilio era la calma, el puerto seguro, el hombre que nunca alzaba la voz y que siempre sabía qué decir. —Te noto tensa, amor —dijo él mientras le retiraba el saco—. ¿Mucho trabajo con el nuevo consultor? —Solo es joven y arrogante, nada del otro mundo —mintió ella, evitando su mirada. Se acostaron a las once, como todos los lunes. La rutina era un bálsamo que solía tranquilizarla, pero esta vez, el roce de las sábanas de seda contra su piel le resultaba abrasivo. Cuando sintió la mano de Emilio en su cintura, Isabela se tensó por instinto, pero luego se obligó a relajarse. Era su esposo. Era lo correcto. Emilio empezó a besar su cuello. Sus besos eran suaves, predecibles, cargados de un cariño que Isabela apreciaba pero que, en ese momento, le parecía insuficiente. Él subió el camisón de seda de Isabela, acariciando sus muslos con una parsimonia que la hizo cerrar los ojos con fuerza. —Estás muy húmeda, Isa... —susurró Emilio al deslizar un dedo entre sus pliegues. Isabela soltó un jadeo, pero en su mente, la imagen no era la de Emilio sobre ella. De repente, la oscuridad de su cuarto desapareció. Estaba de nuevo en la sala de juntas. Podía sentir el olor a sándalo de Mateo. Podía sentir su voz retumbando en sus oídos. "Tu sistema es una cárcel, Isabela...". Emilio se posicionó entre sus piernas y entró en ella con un empuje lento. Isabela arqueó la espalda, buscando una fricción que el movimiento pausado de su marido no le proporcionaba. En su imaginación, las manos que apretaban sus caderas no eran las de Emilio, eran unas manos más grandes, más rudas, que no pedían permiso. Visualizó a Mateo arrancándole el labial de un beso sucio, llamándola "perra" al oído mientras la tomaba sobre la mesa de caoba del piso doce. —¡Oh, Dios, Emilio! —exclamó ella, pero el nombre se sintió como una mentira en su lengua. Emilio aceleró el ritmo, complacido por la reacción inusualmente apasionada de su esposa. Isabela se aferró a las almohadas, entregándose a la fantasía. Se imaginó a Mateo empujándola contra el ventanal, su m*****o duro y exigente reclamando cada rincón de su cuerpo, su voz grave ordenándole que abriera más las piernas. La crudeza de la imagen la golpeó como una descarga eléctrica. Sus músculos vaginales se contrajeron con una violencia que la dejó sin aliento. El clímax la golpeó rápido, furioso, un estallido de calor que la hizo temblar de pies a cabeza mientras enterraba las uñas en la espalda de Emilio. —¡Sí... así... dámelo todo! —gimió, visualizando la cara de Mateo, sus ojos oscuros devorándola. Cuando el espasmo final cedió, el silencio regresó a la habitación, más pesado que antes. Emilio, jadeante y satisfecho, se dejó caer a su lado, dándole un beso tierno en la mejilla. —Eso fue... increíble, amor. Hacía tiempo que no estabas tan... ahí. —Sí —susurró ella, con la voz rota—. Increíble. Emilio se acomodó y a los pocos minutos su respiración se volvió pesada y rítmica. Se había dormido. Isabela, sin embargo, permaneció con los ojos abiertos, mirando fijamente las sombras que los árboles proyectaban en el techo blanco. Su corazón seguía martilleando contra sus costillas, una mezcla de adrenalina y un asco profundo hacia sí misma. Sentía el rastro de la humedad de su esposo dentro de ella, pero su piel todavía ardía por la presencia fantasmagórica de un hombre al que acababa de conocer. "¿Qué me pasa?", se preguntó, apretando los puños bajo la colcha. Sabía que había cruzado una línea invisible. No era solo un desliz mental; era la constatación de que su "sistema impecable" tenía una fisura por la que acababa de entrar un extraño. Y lo peor, lo que realmente la mantenía despierta y temblando, era que deseaba que volviera a suceder. Deseaba que Mateo Ríos regresara mañana y terminara de destrozar todo lo que ella creía ser. Mañana era martes. Y el lunes de marzo apenas había sido el principio del fin.

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