El martes por la mañana, Isabela llegó a la oficina cuarenta minutos antes de lo habitual. Necesitaba el silencio del piso doce para recalibrar su armadura. Se convenció a sí misma de que el incidente de la noche anterior con Emilio había sido una anomalía biológica, un simple cortocircuito producto del estrés. Pero cuando entró en su despacho privado, el aroma a sándalo y cítricos ya estaba allí, impregnando el cuero de las sillas y el aire viciado.
Mateo Ríos estaba sentado frente a su escritorio, con una pierna cruzada sobre la rodilla y una tableta en la mano. No se levantó. Ni siquiera pidió disculpas por haber forzado la entrada.
—Llegas tarde, Isabela —dijo él, consultando su reloj sin mirarla—. Pensé que la puntualidad era uno de los pilares de tu impecable sistema.
—Faltan diez minutos para la hora acordada, Ríos —respondió ella, dejando su bolso de diseño con un golpe seco sobre la mesa—. ¿Cómo has entrado aquí?
—La seguridad de este edificio es tan complaciente como tus gerentes —respondió él, finalmente levantando la vista—. He estado revisando las contrataciones del último trimestre en el área de Operaciones. ¿Por qué autorizaste tres puestos senior cuando el flujo de caja estaba en negativo?
Isabela se sentó, tratando de recuperar el territorio. La mesa de cristal entre ellos era su última trinchera.
—Fue una decisión estratégica para garantizar el crecimiento a largo plazo. Está todo en el informe de junio.
—El informe de junio es una pieza de ficción literaria muy bien redactada —replicó Mateo, levantándose con una lentitud predatoria—. Los números no mienten, Isabela. Las personas sí. Mienten para protegerse, para ascender, o porque tienen miedo de admitir que no saben qué demonios están haciendo.
Rodeó el escritorio. Isabela se obligó a no retroceder en su silla. Mateo no se detuvo frente a ella; se colocó a su lado, invadiendo ese espacio que solo Emilio solía ocupar, y dejó la tableta sobre la superficie de cristal. Se inclinó para señalar un gráfico de flujo, y su hombro rozó levemente el de Isabela.
—Mira esto —ordenó. Su voz, tan cerca de su oído, era una vibración que se instalaba directamente en su vientre—. Aquí, en el organigrama. Tienes a cinco personas reportando a Camila Estrada que no tienen funciones claras. ¿Es lealtad o es que Camila te está vendiendo una seguridad que no tienes?
La proximidad era insoportable. Isabela podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Mateo. Sus dedos, largos y de uñas limpias, se movían sobre la pantalla a escasos centímetros de sus manos. Podía ver el vello oscuro de su antebrazo, percibir el ritmo pausado de su respiración. El aire en la oficina pareció volverse escaso, denso como el mercurio.
—Es una estructura de apoyo —logró decir ella, aunque su voz sonó un octavo más aguda de lo normal.
Mateo giró la cabeza. Estaban tan cerca que si ella se movía un centímetro, sus labios rozarían la mandíbula de él. Mateo la estudió en silencio, con una intensidad que le recordaba a un examen forense. Sus ojos bajaron a la boca de Isabela y luego volvieron a sus pupilas.
—Estás temblando —susurró él, con una sonrisa que no llegó a sus ojos, pero que cargaba una arrogancia eléctrica—. ¿Es por la auditoría o es porque te aterra que me siente tan cerca?
—No sea ridículo, Ríos —soltó ella, poniéndose de pie de golpe para alejarse hacia el ventanal—. Solo estoy cansada. El equipo llegará en cinco minutos. Revisa los datos y deja de hacer diagnósticos psicológicos que no te corresponden.
Mateo la observó desde la silla, con esa expresión de quien sabe un secreto que el otro aún se niega a aceptar.
—Como digas, jefa. Pero recuerda: la primera regla de una buena estructura es que no puede haber grietas en los cimientos. Y tú estás llena de ellas.
Horas más tarde, en un departamento minimalista en el corazón de la colonia Anzures, Mateo Ríos se servía un mezcal derecho. La empresa le había alquilado aquel espacio de techos altos y ventanales que daban a las copas de los árboles, un refugio moderno que se sentía tan transitorio como su contrato de seis meses.
Se deshizo de la camisa, dejándola caer sobre el sofá de cuero n***o, y se sentó frente a su laptop con el torso desnudo. El aire nocturno refrescaba su piel, pero su mente seguía atrapada en el piso doce. Abrió la carpeta de archivos personales del comité ejecutivo. Era un procedimiento estándar: conocer al enemigo para poder desmantelarlo.
Encontró la foto del perfil corporativo de Isabela Carvajal. Era una imagen oficial, de alta resolución. Ella aparecía con un traje sastre azul marino, el cuello de la camisa blanca almidonado, el cabello recogido con una severidad que rozaba lo doloroso. Su expresión era neutral, la de una mujer que había aprendido a no regalar nada.
Mateo hizo zoom en la imagen. Se centró en sus ojos. Debajo de esa máscara de profesionalismo, había una chispa de pánico, una vulnerabilidad que lo excitaba más de lo que estaba dispuesto a admitir. Recorrió con el cursor el contorno de su cuello, la línea de su mandíbula. Se preguntó cuánto tiempo tardaría en deshacer ese moño perfecto y ver su cabello caer sobre sus hombros. Se preguntó qué tipo de lencería llevaría debajo de ese traje sastre tan aburrido. ¿Sería de seda funcional y beige, o escondería algún encaje n***o que gritara por ser arrancado?
Bebió el mezcal, sintiendo el ardor en la garganta. No era el tipo de hombre que se obsesionaba, pero Isabela era un rompecabezas que quería resolver con las manos, no con algoritmos. Su mirada volvió a la foto.
—¿Qué escondes, Isabela? —murmuró al aire vacío.
Cerró la laptop con un golpe seco. Todavía no. La paciencia era una herramienta de auditoría tanto como la lógica. Sabía que ella estaba pensando en él. Podía oler el miedo y el deseo en ella cada vez que se acercaba. Iba a dejar que el incendio creciera solo, hasta que ella misma le pidiera que lo apagara.
Isabela llegó a su casa pasadas las diez de la noche. Las luces del salón estaban apagadas, salvo por la pequeña lámpara del pasillo. Emilio ya dormía; su respiración pausada se escuchaba desde el umbral del dormitorio. Ella no se desvistió allí. Caminó hacia el baño principal y cerró la puerta con pestillo.
Se miró al espejo. Las ojeras eran leves, pero el brillo en sus ojos era distinto. Se llevó las manos a la cara y sintió que todavía estaba caliente.
—Control, Isabela. Control —se susurró a sí misma, apoyando las palmas en el mármol frío del lavabo.
Se preguntó si Mateo lo había notado. Si aquel desplante al levantarse de la silla había sido tan evidente como le pareció en el momento. El recuerdo de su hombro rozando el de ella, de su voz grave susurrando en su oído, le provocó un escalofrío que bajó directo a su entrepierna.
Apagó la luz del baño, dejando que solo la tenue claridad que entraba por la rendija de la puerta iluminara la estancia. Se quitó el saco y la blusa, dejándolos caer al suelo sin cuidado. En la oscuridad, se sintió más libre, más despojada de su cargo y de sus miedos.
Sin pensarlo, su mano derecha bajó por su vientre, deslizándose por debajo de la falda de tubo hasta alcanzar el borde de su ropa interior. Fue un movimiento casi autónomo, una rebelión de su propio cuerpo contra su cerebro analítico. Sus dedos encontraron la humedad que llevaba reteniendo desde la oficina.
Cerró los ojos y se mordió el labio para no emitir ningún sonido que pudiera despertar a Emilio. No pensó en su marido. No pensó en sus seis años de matrimonio estable y predecible. Pensó en Mateo sentado en su escritorio. Pensó en sus manos largas y en la forma en que la miraba, como si pudiera ver a través de su traje sastre, a través de su piel, hasta llegar a la mujer hambrienta que ella se había esforzado tanto en matar.
Sus dedos se movieron con una urgencia nueva, frotando su clítoris con una intensidad que la hizo jadear en el silencio absoluto del baño. Se imaginó que la puerta se abría y que él estaba allí, observándola en la penumbra, juzgando su falta de control. Esa idea la hizo llegar al clímax en cuestión de segundos, un espasmo corto pero eléctrico que la dejó apoyada contra la pared, con las piernas temblando.
Cuando recuperó el aliento, se lavó las manos con agua helada y se puso el pijama. Salió del baño y se acostó al lado de Emilio, manteniendo una distancia prudencial. Él se movió en sueños y le puso una mano en el brazo, un gesto de afecto cotidiano que a ella le quemó como si fuera ácido.
"Mañana será diferente", se prometió a sí misma, cerrando los ojos con fuerza. "Mañana volveré a ser yo".
Pero mientras el sueño la reclamaba, la última imagen en su mente no fue su oficina, ni su casa, ni su marido. Fue la sonrisa arrogante de un hombre de veintiséis años que acababa de convertir su vida en una cárcel de la que ella, secretamente, ya no quería escapar.