Capítulo 3

1238 Words
El miércoles y el jueves fueron una tortura de normalidad. Mateo Ríos se comportó como el consultor modelo: distante, técnico, impecablemente profesional. No hubo susurros al oído, ni roces de hombros, ni miradas cargadas de segundas intenciones. Isabela, irónicamente, se sentía peor. La indiferencia de Mateo era un ácido que corroía su seguridad. Empezó a preguntarse si realmente lo había imaginado todo, si su mente, hambrienta de algo real, había fabricado una tensión que solo existía en su lado del escritorio. Para el viernes por la tarde, la ansiedad de Isabela había mutado en una necesidad física de confirmación. Necesitaba saber si él seguía ahí, debajo de esa fachada de analista de datos. Eran las seis. La oficina se estaba vaciando. Isabela revisó su correo tres veces antes de decidirse. Tomó una carpeta con un contrato de confidencialidad que, técnicamente, podía esperar hasta el lunes, y caminó hacia la oficina temporal que Mateo ocupaba al final del pasillo. Él estaba escribiendo algo en su laptop. La luz del atardecer entraba de costado, marcando el relieve de sus hombros bajo la camisa blanca. —Necesito que firmes este anexo, Ríos —dijo ella, entrando sin llamar. Su voz sonó firme, pero sus palmas estaban empapadas. Mateo levantó la vista. No sonrió. No hizo ningún comentario mordaz. Simplemente asintió y extendió la mano hacia la carpeta. Isabela sacó una pluma de oro de su bolsillo y se la ofreció. Fue entonces cuando sucedió. Al entregarle la pluma, sus dedos se rozaron. No fue un choque, fue un deslizamiento lento, de apenas medio segundo. La piel de Mateo estaba caliente, ligeramente rugosa por el trabajo y el clima. Para Isabela, el contacto fue como tocar un cable de alta tensión. Una descarga eléctrica le subió por el brazo, recorriendo su columna hasta instalarse en un latido sordo entre sus piernas. Le faltó el aire. Sus pulmones se negaron a expandirse mientras sus ojos quedaban fijos en la mano de él. Mateo, sin embargo, no reaccionó. Firmó el documento con un trazo seguro, cerró la carpeta y se la devolvió. —Listo, Isabela. ¿Algo más? —preguntó él, con una voz tan plana que resultaba insultante. —No. Es todo —logró articular ella. Él cerró su laptop, se puso el saco y pasó por su lado sin dedicarle una segunda mirada. El aire que dejó a su paso olía a ese sándalo que ahora ella asociaba con el pecado, pero su desdén la dejó sintiéndose pequeña, ridícula y, sobre todo, desesperada. En cuanto escuchó sus pasos alejarse por el pasillo, Isabela retrocedió hacia su propia oficina. Entró, cerró la puerta y giró la llave con un movimiento torpe. Se apoyó de espaldas contra la madera, jadeando como si hubiera corrido un maratón. —Basta... detente —se ordenó en voz baja, pero sus manos no le hacían caso. Estaban temblando. Se dejó resbalar hasta que sus nalgas tocaron el borde de su escritorio de caoba. La imagen de Mateo no se iba; estaba grabada a fuego detrás de sus párpados. Veía sus manos, esas manos que acababan de rozar la punta de sus dedos, imaginándolas ahora subiendo por sus muslos, desgarrando sus medias, apretando su carne con la misma autoridad con la que firmaba contratos. Llevó su mano a su cuello, sintiendo el pulso acelerado. Cerró los ojos y se dejó llevar por la fantasía que la estaba consumiendo. Se imaginó que él no se había ido. Que estaba allí mismo, obligándola a sentarse sobre el escritorio, apartando todos los papeles con un movimiento brusco para hacerle espacio. Se visualizó a sí misma con la falda levantada hasta la cintura, gimiendo mientras él la penetraba sin preámbulos, con esa brutalidad que ella leía en su mirada. Sus dedos bajaron con furia, buscando el alivio a través de la tela de su ropa interior. No era un acto de amor, era una purga. Cada movimiento era una protesta contra los dos días de indiferencia de Mateo. Se masturbó con una urgencia casi dolorosa, imaginando la voz de él ordenándole que no se detuviera, que lo mirara a los ojos mientras se venía. El orgasmo fue corto, punzante, una explosión de calor que la dejó con la frente apoyada en el cristal frío del escritorio. Cinco minutos después, Isabela estaba frente al espejo de su baño privado. Se retocó el labial, se acomodó el cabello y verificó que no hubiera ni una arruga en su traje. Su rostro era la máscara perfecta de una directora eficiente. Nadie que la viera salir del edificio sospecharía que hacía instantes había estado gimiendo el nombre de un hombre que ni siquiera la había mirado al salir. La cena con Emilio fue, como siempre, agradable. Comieron sushi en su restaurante favorito y hablaron de la remodelación de la cocina. Isabela lo escuchaba, o fingía hacerlo, mientras sentía el "efecto residual" del encuentro con Mateo todavía vibrando en su cuerpo. —Isa, estaba pensando... —dijo Emilio, tomando su mano sobre la mesa—. Este fin de semana podríamos ir a la casa de Valle de Bravo. Solo los dos. Necesitamos desconectar de la ciudad, del trabajo. Te noto un poco ausente últimamente. Isabela lo miró. Emilio tenía esa expresión de bondad genuina que solía reconfortarla, pero que ahora le provocaba una punzada de culpa que casi no podía digerir. —Me encantaría, Emilio. Tienes razón, el trabajo me tiene agotada —dijo ella, forzando una sonrisa que le dolió en las mejillas. Llegaron a casa y Emilio se fue directo a la ducha. Isabela dejó su bolso sobre la cómoda y sintió la vibración de su teléfono. Una notificación iluminó la pantalla en la penumbra de la habitación. Correo nuevo: Mateo Ríos (21:47) Asunto: Seguimiento expedientes El corazón le dio un vuelco. Se quedó mirando el dispositivo, debatiéndose entre la lealtad a su matrimonio y la adicción que empezaba a formarse en su sistema. "No lo abras", se dijo. "No le des ese poder". Se metió en la cama. Emilio salió del baño, se acostó a su lado y la rodeó con sus brazos. —Buenas noches, preciosa. Mañana salimos temprano —susurró él antes de quedarse dormido. Isabela cerró los ojos, pero el sueño era un extraño. A las dos de la mañana, el silencio de la casa se volvió ensordecedor. Con un suspiro de derrota, estiró la mano hacia el bolso, sacó el teléfono y, bajo el refugio de las sábanas para no despertar a Emilio, abrió el correo. No había gráficas. No había datos. Solo una línea de texto que le cortó la respiración: "Sé que no vas a poder dejar de pensar en lo que sentiste cuando te toqué esta tarde. Yo tampoco puedo." Isabela bloqueó el teléfono, con el pecho subiendo y bajando con violencia. Él lo sabía. Lo sabía todo. Sabía lo que ella sentía y, lo más aterrador de todo, le estaba confirmando que la indiferencia de los últimos dos días había sido un arma, una estrategia de guerra para dejarla exactamente así: despierta a mitad de la noche, al lado de su marido perfecto, deseando con cada fibra de su ser que fuera Lunes por la mañana para volver a enfrentarse al hombre que estaba destruyendo su mundo. Se quedó mirando la oscuridad, sabiendo que el viaje a Valle de Bravo no sería un escape, sino el escenario de una batalla que ya estaba empezando a perder.
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