Capítulo 8

1363 Words
La pregunta de Mateo en el Uber —"¿Estás bien en tu matrimonio?"— se había transformado en un parásito que se alimentaba de su seguridad. Mientras fingía revisar la nómina de la región norte, Isabela intentó hacer un ejercicio de desdoblamiento. Se obligó a mirar su vida desde afuera, como si fuera una de las auditoras que Mateo tanto mencionaba. Lo que vio la dejó con un vacío en el estómago que no supo cómo clasificar. Desde el exterior, la vida de Isabela Carvajal era el estándar de oro del éxito femenino contemporáneo. Tenía un puesto directivo que ella misma había esculpido con disciplina; tenía un departamento que parecía sacado de una revista de diseño; tenía una salud envidiable y, sobre todo, tenía a Emilio. Un esposo que la admiraba, que la apoyaba y que nunca le había levantado la voz. No había nada malo que señalar. No había gritos, no había deudas, no había desprecio. Y eso era precisamente lo que la entristecía. Su vida era un lienzo perfectamente blanco donde no pasaba nada. Era una sucesión de eventos predecibles y seguros que la estaban sepultando viva. La "perfección" era una capa de barniz sobre una madera que empezaba a pudrirse por falta de aire. Se dio cuenta de que no estaba viviendo; estaba manteniendo una infraestructura. —Control, Isabela. Es solo una crisis de la edad —se susurró, apretando la pluma contra el escritorio hasta que sus nudillos se pusieron blancos—. Pon distancia. Hoy mismo. Llegó a la oficina decidida a ser una muralla. Durante toda la mañana, evitó el pasillo que conducía al despacho de Mateo. Delegó dos firmas que debían hacerse en persona y canceló la reunión de seguimiento de las doce, enviando un correo seco: "Revisión pospuesta por temas de agenda. Envíe sus comentarios por escrito". Se sentía poderosa cada vez que negaba su presencia, como si cada "no" fuera un ladrillo más en su defensa. Sin embargo, a mediodía, después de regresar de una breve reunión en la sala de juntas, el sistema volvió a fallar. Sobre su escritorio, ocupando el mismo lugar que el día anterior, descansaba un nuevo vaso de café. El aroma era inconfundible. El mismo grano, la misma temperatura, la misma ausencia de azúcar. Isabela se quedó paralizada en la puerta, con la mano todavía en el pomo. Sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado. El café no era solo un café; era un mensaje de Mateo diciendo: "Sé que me estás evitando. Sé que tienes miedo. Pero yo sigo aquí, observándote". —Vaya, jefa —la voz de Camila Estrada la sobresaltó. Su gerente estaba apoyada en el marco de la puerta con una pila de expedientes, pero sus ojos estaban fijos en el vaso de cartón—. Dos días seguidos... Parece que el consultor es muy detallista con su directora. Camila entró y dejó los papeles sobre la mesa, con una sonrisa que era demasiado afilada para ser solo una cortesía. Era una sonrisa de cazador que ha detectado un rastro de sangre. —Es solo una cortesía profesional, Camila. Mateo Ríos es eficiente, eso es todo —respondió Isabela, tratando de que su voz no temblara. —Claro. Eficiente —repitió Camila, arrastrando la palabra—. Lo curioso es que el asistente de dirección dice que él mismo bajó a comprarlo. No mandó a nadie. Él fue, esperó y lo trajo. Dos veces. Interesante, ¿no? Camila se retiró con un movimiento de cadera fluido, dejando una estela de sospecha en el aire. Isabela se sentó pesadamente. El café ya no le sabía a anticipación; le sabía a peligro inminente. Cuando Camila salió, Isabela sintió una necesidad compulsiva de buscar algo, una prueba, una señal de que no estaba perdiendo la cabeza. Abrió su computadora y entró en la plataforma de comunicación interna de la empresa. Navegó por los menús hasta llegar al historial de chats de los últimos quince días. Buscó el nombre de Mateo. Aparecieron decenas de mensajes. Isabela empezó a leerlos uno por uno, con el corazón acelerándose de una manera que su lógica no podía explicar. "Confirmado el anexo 4". "La reunión de Monterrey queda para las 9:00 am". "Los datos de Camila están inflados un 12%. Revisa la pestaña de gastos". "Adjunto el reporte de optimización". Eran mensajes gélidos. Técnicos. Impecablemente correctos. No había un solo "hola" de más, ni un emoticón, ni una palabra que pudiera interpretarse como un coqueteo. Eran exactamente lo que un consultor profesional debería escribirle a su cliente. Y aun así, Isabela sentía un calor abrasador en el pecho mientras los leía. Su mente leía las palabras con la voz profunda de Mateo, imaginando la vibración de su garganta al pronunciarlas. Se detuvo en un mensaje del jueves pasado: "¿Estás ahí?". Era una pregunta sobre un archivo, pero Isabela la leyó como si fuera una invitación a otra realidad. Cerró la pestaña del historial con un movimiento brusco, sintiéndose sucia y expuesta. "Recuerda a Andrés", se castigó mentalmente. "Recuerda cómo empezó". La memoria de Andrés, el mejor amigo de Emilio, regresó con la fuerza de un naufragio. Con él también había empezado así. Mensajes inocentes que llegaban un poco más tarde de lo habitual. Conversaciones sobre la vida. El corazón acelerándose al ver el nombre iluminar la pantalla del teléfono a medianoche. La primera vez con Andrés no fue un impulso salvaje; fue una erosión lenta de sus defensas. Y ahora, frente a los mensajes de Mateo, Isabela reconocía el mismo patrón. El mismo hambre de ser vista no como una directora, sino como una mujer viva. Saber reconocer el inicio debería haber sido suficiente para que se detuviera. Debería haber borrado el historial, tirado el café y pedido el reemplazo de Mateo ese mismo instante. Pero no lo hizo. Se quedó mirando la pantalla en n***o, sintiendo la humedad que empezaba a formarse entre sus piernas ante la sola idea de que esos mensajes profesionales ocultaran un volcán a punto de estallar. Isabela ya no era la víctima de un engaño; era la arquitecta de su propia caída, y lo más aterrador era que estaba disfrutando el diseño. A las cuatro de la tarde, la presión interna se volvió insoportable. Necesitaba una voz externa, alguien que no fuera Mateo ni la sombra de Emilio. Sacó su teléfono personal y le escribió a Lucía. "¿Tienes tiempo esta semana? Necesito hablar". La respuesta de Lucía llegó en menos de dos minutos. Lucía no era tonta. Conocía los silencios de Isabela mejor que nadie. Conocía el peso de sus mentiras y el rastro de sus errores pasados. "¿Qué hiciste?", fue la respuesta directa de Lucía. Isabela se quedó mirando la pantalla, con los dedos suspendidos sobre el teclado. Intentó pensar en una excusa, en un tema de trabajo, en algo banal. Pero la verdad pesaba demasiado. No respondió. No podía articular la magnitud de lo que estaba sintiendo por un hombre con el que apenas había cruzado un roce de dedos. El teléfono volvió a vibrar. "Isa. ¿Qué hiciste? Te conozco. Ese silencio no es de trabajo. Es el silencio que guardas cuando ya te metiste en problemas. Responde ahora mismo". Isabela bloqueó el teléfono y lo guardó en el fondo de su bolso, como si pudiera esconder la realidad junto con el dispositivo. Miró por el ventanal de su oficina hacia el horizonte gris de la ciudad. Sabía que Lucía tenía razón. La conversación era inevitable, y sabía que Lucía no sería suave. Sería brutal. Le recordaría a Emilio, le recordaría el perdón que no merecía, le recordaría a Andrés. Pero mientras pensaba en el sermón de su amiga, Isabela solo podía pensar en una cosa: mañana era martes. Y mañana, a mediodía, habría otro café en su escritorio. Y ella, con toda la geometría de su culpa a cuestas, volvería a bebérselo como si fuera el único antídoto contra la muerte que era su vida perfecta. El sistema estaba colapsando, y por primera vez en treinta y cuatro años, Isabela Carvajal no tenía ninguna intención de llamar a mantenimiento.
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