El lunes fue un día más relajado en el aspecto de trabajo, el almuerzo con el proveedor regiomontano tuvo lugar en un restaurante de techos altos y ventanales amplios en las Lomas. Isabela, sentada frente a Mateo, lo observaba desenvolverse en un entorno que no era el de las gráficas ni el de las obras de construcción. Aquí, Mateo era diferente: más ligero, más humano. Usaba un sentido del humor afilado pero genuino que desarmaba al proveedor y, para su propia sorpresa, también a ella. Lo vio reír mientras bebía un poco de agua, y por un momento, Isabela olvidó que él era el hombre que estaba auditando su vida. Olvidó que ella era la Directora de Capital Humano. Solo veía a un hombre joven, vibrante y peligrosamente inteligente.
Sin embargo, la burbuja estalló en el Uber de regreso a la oficina.
El tráfico de la Ciudad de México los mantenía atrapados en una burbuja de cuero y aire acondicionado. El conductor no hablaba. El silencio entre ellos era denso, cargado con el residuo de la comida y la cercanía forzada. De repente, Mateo, que había estado mirando por la ventana, se giró hacia ella. No hubo preámbulos.
—Isabela, ¿estás bien en tu matrimonio? —preguntó, sin filtros, con una calma que resultaba violenta.
Isabela sintió que el aire se congelaba en sus pulmones. No esperaba que él saltara la valla de lo personal de manera tan frontal. Pero su armadura profesional reaccionó antes que sus sentimientos.
—Sí, por supuesto —respondió ella, sin titubear, clavando sus ojos en los de él con una firmeza que pretendía ser final—. Tengo un matrimonio sólido, Mateo. Emilio es un hombre maravilloso.
Mateo no desvió la vista. La estudió durante tres segundos eternos, una pequeña sonrisa escéptica bailando en la comisura de sus labios.
—Interesante —murmuró—. Las personas que están bien no suelen decir "por supuesto" con tanta urgencia. Tampoco miran a otros hombres de la manera en que tú me miraste en Monterrey.
No dijo nada más el resto del trayecto. Pero la pregunta se instaló en el asiento de atrás, viviendo con ella, respirando a su ritmo.
Esa noche, el departamento se sentía demasiado grande. Emilio había enviado un mensaje avisando que trabajaría hasta tarde en una entrega urgente del despacho. Isabela se sirvió una copa de vino tinto —un Cabernet que solía relajarla— y se sentó en el sillón frente al ventanal. La ciudad, con sus millones de luces, parecía un organismo vivo que ignoraba su tormento interno.
Tenía el teléfono en la mano. Su dedo pulgar, casi por voluntad propia, abrió la aplicación del chat corporativo. Buscó el nombre de Mateo.
Mateo Ríos — Conectado.
Eran las diez de la noche. ¿Qué hacía él trabajando a esa hora? ¿O quizás no estaba trabajando? Isabela cerró la aplicación con un sentimiento de pánico. No debía estar haciendo eso. Era patético. Era peligroso.
A los cinco minutos, volvió a abrirla.
Mateo Ríos — Conectado.
Se imaginó a Mateo en su departamento de Anzures, quizá también con un vaso de mezcal, quizá también mirando por la ventana. ¿Estaría pensando en ella? ¿Estaría formulando otra pregunta incómoda? El corazón le latía con una fuerza que le dolía en la garganta. Bloqueó el teléfono y lo dejó sobre la mesa de centro como si quemara.
Se fue a la cama, tratando de que el silencio la ayudara a dormir, pero la oscuridad solo hizo que la pregunta del Uber regresara con más fuerza, como un eco imparable.
"¿Estás bien en tu matrimonio?"
Isabela cerró los ojos y se hundió bajo las sábanas. La respuesta oficial, la que le dio a Mateo y la que se repetía a sí misma frente al espejo, era un "sí" rotundo. Pero en la soledad de la noche, su cuerpo empezó a responder de una manera que su boca nunca se atrevería a pronunciar. Empezó a sentir un calor que no tenía nada que ver con las mantas. Recordó la voz de Mateo, la vibración de su risa durante el almuerzo, y la forma en que sus ojos parecían ver a través de todas sus mentiras.
Su mano bajó por su vientre, rozando la seda de su camisón. Se tocó con una desesperación que la asustó. No era ternura lo que buscaba, era la destrucción de esa "paz" que Emilio le ofrecía. Se imaginó a Mateo entrando en la habitación, rompiendo la calma de su hogar perfecto, arrojándola sobre la cama para demostrarle que ese "estoy bien" era la mentira más grande de su vida. El orgasmo llegó rápido, violento y teñido de una culpa que la dejó temblando y con ganas de llorar.
A la mañana siguiente, Isabela entró en su oficina intentando recuperar la compostura que la noche le había robado. Dejó su bolso sobre la silla y entonces lo vio.
Sobre su escritorio, justo al lado de su computadora, había un café americano. El vapor todavía subía suavemente. No había nota. No había nombre. No había una tarjeta de la cafetería de abajo.
Isabela lo tomó entre sus manos. Estaba caliente. Lo probó con cautela. Era exactamente como lo pedía ella: sin azúcar, con un chorro de agua fría para que la temperatura fuera perfecta desde el primer sorbo, y el grano cargado. Solo tres personas en el mundo sabían exactamente cómo tomaba el café: Emilio, Lucía y Camila.
Y ahora, Mateo Ríos.
Era el primer gesto activo de él fuera del contexto laboral. Un detalle pequeño, casi invisible para cualquier observador externo, pero para Isabela era un grito. Era la prueba de que él la estaba observando, de que estaba prestando atención a los detalles que ella creía haber ocultado. Era una ficha movida en un tablero que ella ya no controlaba.
Se sentó en su silla, sosteniendo el vaso de cartón como si fuera una evidencia criminal. No podía usarlo para acusarlo de nada, pero tampoco podía ignorarlo. Mateo acababa de cruzar la línea de las palabras a los hechos, y lo había hecho sin dejar rastro, dejando que fuera ella quien tuviera que lidiar con la implicación de ese café.
Miró hacia la puerta cerrada de su oficina y luego hacia el teléfono. El sistema seguía en pie, pero Isabela sabía que los cimientos acababan de recibir un impacto directo. Y por primera vez en años, el sabor del café no le supo a rutina, sino a una peligrosa y dulce anticipación.