Capítulo 6

1177 Words
El sábado por la mañana, para Isabela la semana corrió tristemente rápida, pero ahora la casa respiraba una paz artificial. Emilio había salido a jugar golf, dejando el estudio bañado por una luz cenicienta que se filtraba entre las cortinas de lino. Isabela se sentó frente a su escritorio personal, con una libreta en blanco y una pluma que no se atrevía a deslizar. Como Directora de Capital Humano, su mente estaba entrenada para realizar diagnósticos precisos, para encontrar la raíz de un problema y proponer una solución eficiente. "Diagnóstico: Atracción", escribió en su mente. "Gravedad: Manejable. Pronóstico: Bajo control". Se mentía con una elegancia asombrosa. Se convencía de que lo ocurrido en Monterrey —el roce en el avión, la mirada en el aeropuerto— no era más que una transferencia de estrés corporativo. Pero la geometría de su lógica empezaba a fallar. Las líneas rectas de su vida profesional chocaban con las curvas sinuosas de un deseo que no figuraba en ningún manual de gestión. Su teléfono vibró sobre la mesa. Era Lucía. — Hola amiga ¿Sola en el estudio otra vez? —la voz de su amiga sonaba demasiado perspicaz por la línea. —Trabajando, Lucía. El proyecto de Ríos es... demandante, ese tipo es encantadoramente obsesivo con el trabajo —respondió Isabela, tratando de que su tono no revelara la grieta. —Ten cuidado, Isa —dijo Lucía tras un breve silencio. Lucía era la única persona en el mundo que conocía el nombre de Andrés, el hombre que casi destruye el matrimonio de Isabela hace tres años. Andrés, el mejor amigo de Emilio, el amante que le enseñó a Isabela el sabor de la traición—. El terreno que estás pisando ahora me suena demasiado conocido. Sé que crees que esta vez es diferente porque él es un consultor y no alguien del círculo íntimo, pero es lo mismo. No te permitas volver a ese lugar oscuro. No habría una segunda oportunidad. —No hay nada de qué preocuparse —mintió Isabela, sintiendo un frío repentino en el estómago—. Es solo trabajo. Colgó la llamada justo cuando Camila Estrada llamaba a la puerta de cristal del estudio. Camila, su gerente de confianza, siempre impecable y siempre oportuna, entró con dos vasos de café en la mano. —Sé que es sábado, jefa, pero pasaba por aquí y pensé que necesitarías cafeína para terminar los reportes —dijo Camila con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, esos ojos que siempre parecían estar calculando algo más—. Por cierto, ¿cómo va la dinámica con Ríos después del viaje a Monterrey? Me han dicho que en la planta de Apodaca se mostraron... muy colaborativos entre ustedes. Isabela la miró con fijeza. Camila tenía la habilidad de hacer preguntas específicas envueltas en cortesía. —La dinámica es profesional, Camila. Como debe ser. ¿Hay alguna razón para tu pregunta? —Ninguna —respondió la otra, dejando el café sobre el escritorio—. Solo que Mateo Ríos tiene fama de ser... disruptivo. Quería asegurarme de que no esté causando demasiada fricción en tu estructura. Camila salió del estudio con la misma suavidad con la que había entrado, dejando tras de sí un rastro de duda. Isabela miró el café. Sabía que Camila no daba puntada sin hilo. El sistema estaba siendo observado. A varios kilómetros de allí, en el Parque Lincoln de Polanco, Mateo Ríos corría con un ritmo que desafiaba su propia resistencia. El aire fresco de la mañana golpeaba su rostro mientras sus tenis golpeaban el asfalto con una cadencia militar. Una mujer joven, vestida con ropa deportiva ajustada, se cruzó en su camino y lo miró dos veces, ralentizando el paso con una invitación evidente en los ojos. Mateo ni siquiera parpadeó. Su mente estaba en otra parte. Regresó a su departamento de Anzures, empapado en sudor y con los músculos vibrando por el esfuerzo. Se despojó de la ropa en el pasillo y entró en la regadera. El agua caliente golpeó su espalda, relajando la tensión acumulada, pero en cuanto cerró los ojos, la imagen llegó sola, sin ser convocada. Isabela Carvajal. La veía con su traje sastre azul marino, la línea de su cuello que tanto había estudiado en la foto corporativa, y sobre todo, la manera en que lo había mirado en el aeropuerto de Monterrey antes de desviar la vista. No era la mirada de una jefa; era la mirada de una mujer que acababa de descubrir un hambre que la aterraba. Mateo se apoyó contra los azulejos húmedos, dejando que el agua recorriera su cuerpo. No era un hombre de romanticismos, pero la resistencia de Isabela se había convertido en un desafío sensorial. Quería verla desarmada. Quería saber si ese control que ella tanto defendía se rompería con un susurro o con un golpe. Se imaginó sus manos en la cintura de ella, atrayéndola hacia él hasta que no hubiera aire entre sus cuerpos, obligándola a admitir lo que ambos sabían. Se quedó bajo el chorro de agua más tiempo del necesario, sintiendo cómo el deseo se instalaba en él con una firmeza que ya no podía ignorar. Salió de la ducha, se secó con brusquedad y se puso unos pantalones cómodos. Se sentó en el sofá con su laptop y se sirvió un mezcal. El ardor del alcohol le ayudó a enfocarse. Abrió el directorio corporativo de Grupo Aldama, un laberinto de nombres y jerarquías que él estaba encargado de auditar. Navegó hasta encontrar la ficha de Isabela. Allí estaba ella. Impecable. Distante. Debajo de la fotografía, los datos biográficos se desplegaban con frialdad técnica. Sus ojos bajaron hasta un campo específico: Estado civil: Casada. Mateo leyó la palabra una, dos, tres veces. No era una sorpresa, ya lo sabía desde el primer día, pero verla escrita allí, bajo el sello de la empresa, le dio una dimensión distinta. Era la frontera oficial. Era el recordatorio de que Isabela pertenecía a un mundo de compromisos, de cenas de domingo y de promesas ante el altar. Cerró la laptop con un golpe seco. La palabra "casada" debería haber sido un freno, una señal de alto para cualquier consultor con un mínimo de ética profesional. Bebió un largo trago de mezcal, sintiendo el calor quemándole el pecho. Volvió a abrir la laptop. La foto de Isabela volvió a iluminar la habitación. Mateo se dio cuenta de que no le importaba. No le importaba el anillo en el dedo de ella, ni el hombre que dormía a su lado, ni la historia que ella arrastraba. Lo que había visto en Monterrey —esa chispa de reconocimiento animal— era más real que cualquier contrato matrimonial. Mateo Ríos no era una herramienta inconsciente del destino. Sabía exactamente en qué incendio se estaba metiendo. Y mientras se servía otro mezcal, aceptó que, al igual que Isabela, él también había elegido caminar directo hacia las llamas. El lunes no sería solo una auditoría de números; sería una auditoría de voluntades. Y él no pensaba perder.
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