El calor de Monterrey era un golpe seco que no entendía de jerarquías. En el predio de Apodaca, donde Grupo Aldama levantaba uno de sus centros logísticos más ambiciosos, el polvo de la construcción se adhería a la piel como una segunda capa. Isabela, acostumbrada a los pasillos alfombrados y al control del aire acondicionado, se sentía fuera de lugar con su pantalón de lino y sus zapatos de diseñador, ahora cubiertos de una fina película grisácea.
Sin embargo, Mateo Ríos parecía haber nacido para ese entorno.
Isabela lo observaba desde el otro extremo del predio, protegida bajo la sombra de una estructura de acero a medio terminar. Mateo se había despojado de la imagen del consultor de oficina. Llevaba unos jeans oscuros, botas de trabajo desgastadas y una chamarra de lona que marcaba la amplitud de su espalda. No hablaba desde la superioridad; estaba allí mismo, entre los trabajadores, gesticulando sobre los planos, señalando las vigas con una autoridad natural que no necesitaba de un título en la puerta.
Había algo en la forma en que se movía, en la rudeza de sus gestos y en la manera en que se limpiaba el sudor de la frente con el antebrazo, que no estaba en su expediente. Mateo no era solo un genio de los números; era un hombre de acción, con una energía física que Isabela encontraba perturbadoramente atractiva. Lo vio reírse de un comentario de un capataz, una risa franca que le transformó el rostro, suavizando la frialdad de su mirada habitual.
En ese momento, Isabela sintió una punzada de algo que no era solo deseo. Era curiosidad. Era el reconocimiento de una vitalidad que ella había sofocado en sí misma hacía años.
El vuelo de regreso a la Ciudad de México sufrió un retraso de dos horas debido al mal tiempo. En la sala de espera del aeropuerto de Monterrey, el cansancio del día se instaló entre ellos como una tregua silenciosa. Mateo se hundió en uno de los incómodos asientos de la puerta de embarque y cerró los ojos, apoyando la cabeza en el respaldo.
Isabela, sentada a su lado, aprovechó la oportunidad. Con la excusa de revisar unos correos en su teléfono, empezó a estudiarlo. Fue una construcción meticulosa, un inventario sensorial que no se permitía verbalizar. Recorrió con la vista la línea de su mandíbula, tensa incluso en el descanso; la curva de su cuello, donde una pequeña vena latía con ritmo pausado; la forma en que su camisa se ajustaba a su pecho, subiendo y bajando con cada respiración profunda.
Se imaginó cómo sería pasar la punta de los dedos por esa piel bronceada, si olería a sol y a polvo de obra. Se preguntó si ese cuerpo, que ahora descansaba con una tensión latente, sería igual de exigente en la intimidad que en el trabajo. En su mente, las palabras que no decía se convertían en imágenes: ella desabrochando esa chamarra, sus manos encontrando la calidez de su torso, el contraste de su propia piel pálida contra la de él.
De repente, Mateo abrió los ojos.
Isabela no tuvo tiempo de desviar la mirada. Sus ojos se encontraron de frente, a escasos centímetros. Ella sintió que el mundo se detenía. Cualquier mujer con sentido común habría mirado hacia otro lado de inmediato, habría fingido interés en un anuncio de la pared o en su reloj. Pero Isabela no lo hizo. Sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario, un segundo que contenía una confesión silenciosa de su hambre.
Mateo no dijo nada. No sonrió. Solo la observó con una intensidad oscura, reconociendo el escrutinio, aceptando el desafío. El silencio entre ellos se cargó de una electricidad estática que hacía que el aire alrededor pareciera vibrar. Fue un pacto sin palabras: ambos sabían lo que estaba pasando, y ninguno de los dos iba a ser el primero en fingir que no era así.
Finalmente embarcaron. El vuelo fue turbulento desde el despegue. La pequeña aeronave se sacudía mientras atravesaba las nubes de tormenta sobre la Sierra Madre. En la cabina presurizada, Isabela y Mateo compartían la fila de dos asientos.
Debido a la estrechez del espacio, sus brazos se tocaban. La manga de la blusa de seda de Isabela rozaba la piel del antebrazo de Mateo. Con cada sacudida del avión, el contacto se volvía más firme. Isabela sentía el calor de él filtrándose a través de su ropa, una corriente constante que la mantenía en un estado de alerta total. Ninguno de los dos se movió. Ninguno buscó ganar espacio ni se disculpó por la cercanía. Permanecieron así, unidos por ese centímetro de contacto, mientras la turbulencia lanzaba el avión de un lado a otro. Para Isabela, el peligro exterior no era nada comparado con el incendio que ese roce estaba provocando en su interior.
Cuando aterrizaron en la Ciudad de México, el silencio continuó hasta que llegaron al área de transporte.
—Nos vemos, Isabela —dijo Mateo, recuperando su tono profesional, aunque sus ojos seguían manteniendo ese brillo de reconocimiento que habían compartido en Monterrey.
—Descansa, Ríos —respondió ella, dándole la espalda para subir a su coche privado.
El trayecto a casa fue largo debido al tráfico nocturno. Isabela se apoyó en la ventanilla, mirando las luces de la ciudad pasar como borrones amarillos. El cansancio físico era real, pero su mente estaba demasiado acelerada para descansar.
Su teléfono vibró en su regazo. Era un mensaje de Lucía Montoya.
"¿Cómo va el trabajo con el nuevo? Cuéntame algo que no sea un reporte de recursos humanos."
Isabela miró la pantalla durante un largo minuto. Sus dedos se posicionaron sobre el teclado.
"Me pone nerviosa", escribió primero sin pensarlo.
"Siento que voy a cometer un error", tecleó después como si otra persona estuviera escribiendo.
"Es peligroso", no podía dejar de mandar esos mensajes.
Finalmente, con un suspiro de resignación, mandó la respuesta estándar, la que mantenía las apariencias:
—Pero, todo bajo control.
Bloqueó el teléfono y volvió a mirar por la ventana. Un escalofrío recorrió su espalda al recordar que esas fueron exactamente las mismas palabras que le dijo a Lucía la primera vez, hace tres años, cuando Andrés empezó a aparecer en sus pensamientos. "Todo bajo control" había sido el prefacio de la destrucción de su matrimonio. Había sido la mentira que se dijo a sí misma antes de entregarse a lo prohibido.
Isabela reconoció el patrón. Las paradas en el camino, las mentiras piadosas a las amigas, la forma en que el deseo empezaba a devorar su sentido de la responsabilidad. Lo sabía todo. Conocía el final de la historia, las noches de culpa y el sabor amargo de la traición.
Y aun así, mientras el coche giraba hacia su calle, lo único que deseaba era que la mañana llegara más rápido. No era una víctima de la situación; era una mujer que, conociendo perfectamente el precipicio, estaba caminando hacia él con los ojos bien abiertos.