**BIANCO** Mi mano, ahora resbaladiza con una capa carmesí, continuó su implacable movimiento rítmico. Cada golpe aterrizaba con una fuerza repugnante, un eco brutal en la silenciosa secuela. Los implacables golpes persistieron, una cascada interminable de violencia que no mostraba signos de disminuir. Aunque sus rasgos habían sido familiares, ahora estaban oscurecidos, irreconocibles por el torrente de rojo que fluía sin cesar. La inundación carmesí cayó en cascada, enmascarando el rostro debajo, transformándolo en una grotesca parodia de su antiguo ser. Mi mano, teñida de un inquietante tono escarlata, continuó su sombría tarea, golpeando un horrible tatuaje contra un lienzo de sangre. —¡Mientes! —gritó Angela, su voz quebrando el silencio del sótano—. ¡Dile que miente, Marco! ¡Dile qu

