CAPÍTULO DOS

1643 Words
ALLISON. Las notas se me clavan en el pecho como agujas. Canto, pero lo que sale de mi garganta es más que una melodía: es la nostalgia de una hija que ve a su madre apagarse cada día. Hace apenas unos días volvió a recaer. Su corazón está fallando, y los médicos fueron claros: solo un trasplante podría salvarla. Un corazón. Una palabra que me persigue. Y yo… apenas tengo ahorrada una miseria. Ni la cuarta parte de lo que costaría una operación así. Y aunque lograra juntar el dinero, necesitaría un donante idóneo, algo que parece un milagro imposible en una ciudad como Montenero. Cierro los ojos, dejo que la canción fluya, que me arranque de aquí por unos minutos. En el escenario, con la luz encima y la música rodeándome, puedo fingir que no estoy en un prostíbulo disfrazado de bar. Puedo fingir que no huelo a tabaco, a sudor y a desesperación. De pronto siento un tirón brusco en el brazo. —¡Allison, baja! —me susurra apurada Giulia, una de las chicas. Abro los ojos, confundida. —¿Qué pasa? No entiendo nada. El bar está en silencio, pero en una esquina alcanzo a ver movimiento. Un hombre golpea a otro, con la furia de quien parte carne, y todos alrededor se quedan quietos, petrificados. —El capo está aquí, mierda —escucho a otra de las chicas decir, con la voz temblorosa. Mi estómago se encoge. No sé exactamente qué significa “capo”, pero por el miedo en sus ojos sé que no es alguien con quien convenga cruzarse. Nos arremolinamos dentro de uno de los camarotes, apretadas unas contra otras como presas esperando que pase la tormenta. Mis manos tiemblan, aunque trato de ocultarlo. No debería tener miedo, me digo, pero lo siento. Algo en el aire huele a peligro, a sangre. La puerta se abre de golpe. El dueño del bar aparece, sudoroso, con los ojos desorbitados. —¡Allison! —me llama con desespero. —¿Qué… qué pasa? —pregunto, más asustada por su tono que por el alboroto afuera. Se acerca y me agarra del brazo con fuerza. —Ven conmigo, rápido, antes de que el capo destroce todo el lugar. Trato de soltarme. —¿Qué tengo yo que ver con eso? ¡Suélteme! Pero no escucha. Su mano me aprieta como una garra y prácticamente me arrastra por el pasillo, ignorando mis protestas. Mi corazón late a toda velocidad, siento que algo horrible está a punto de pasar. —¡Dígame qué ocurre! —insisto, casi tropezando por la fuerza con la que me lleva. Él no responde. Solo me empuja dentro de una de las habitaciones y cierra la puerta tras de mí con un portazo. Me quedo allí, sola, con el eco de la cerradura y el peso de un presentimiento oscuro oprimiéndome el pecho. —Veo que tu jefe sabe obedecer a la perfección. La voz resuena en la habitación como un trueno contenido. Profunda. Grave. Sin necesidad de alzarla, corta el aire y me obliga a quedarme inmóvil. En un sillón, a unos pasos de mí, bajo la tenue luz, distingo apenas la silueta de un hombre. Lo único que se ve con claridad es la brasa encendida de un cigarro. La manera en que lleva el humo a su boca y lo expulsa con calma, como si el tiempo estuviera hecho para él. La ceniza cae en el cenicero, lenta, precisa, como un ritual. —¿Cómo te llamas? —pregunta. Su tono carece de amabilidad; es una orden disfrazada de pregunta. No respondo. Mis labios tiemblan. —¿Estás sorda? —su voz se endurece, un filo que me corta—. ¿O es que no te han enseñado a contestar como se debe cuando alguien te habla? —A… Allison —balbuceo, apenas un susurro. No sé por qué, pero esa voz me roba el aire. Siento que me atraviesa el pecho y me sacude hasta los huesos. Y, aun así, me revuelvo nerviosa, buscando con la mirada algún detalle en la habitación que me distraiga. Pero no hay nada. Nada más que lujo. Este cuarto no es como el resto del bar: alfombra limpia, sillones de cuero, un olor fuerte a whisky y tabaco. Un espacio reservado para los hombres que no se mezclan con la mugre. —Quítate la ropa —dice de repente. Mis ojos se abren de par en par. —¿Qué? —Que te quites la ropa. —Lo repite con paciencia forzada, como si hablara con una idiota. —No sé si sepa que… yo no soy una prostituta. Ni siquiera sé qué hago aquí. Entonces se levanta. La sombra cobra forma, y lo primero que noto es lo alto que es. Imponente. El traje n***o se ajusta a su cuerpo poderoso, los hombros anchos y la espalda recta como la de un depredador. Camina hacia la luz, y mis ojos se clavan en su rostro: mandíbula fuerte, cabello oscuro perfectamente peinado hacia atrás, ojos grises, tan intensos que me siento desnuda con solo sostener su mirada. Una cicatriz leve le cruza la ceja izquierda, y la dureza de sus facciones me hiela la sangre. Arroja el cigarro encendido a mis pies. La brasa chisporrotea en la alfombra y, por un instante, creo que va a prenderse fuego todo el cuarto. Él no aparta sus ojos de mí. Frunce el ceño. Su boca se curva en una mueca de desprecio. —Que te quites la maldita ropa, puta. La mano de él se cierra en torno a mi cuello como un grillete. La fuerza es tal que apenas puedo respirar. Con la otra, desgarra los botones delanteros de mi vestido uno a uno, la tela se abre con un chasquido violento que me deja helada. Trato de empujarlo pero su mano se aprieta aún más en mi cuello con brutalidad y me lanza hacia atrás como si no pesara nada. Mi cuerpo choca contra el sofá de cuero donde él estaba sentado segundos antes. El aire se me escapa de los pulmones de golpe, un jadeo ahogado que me deja mareada. —Detesto que no me obedezcan - gruñe antes de aplastar su boca contra la mía. El beso es una invasión, un saqueo brutal. Sabe a tabaco, a sangre y a poder. Pero yo no pienso ceder. Clavo los dientes en su labio inferior con todas mis fuerzas hasta arrancarle un gemido de dolor. Aprovecho el momento y, con la mano libre, agarro el cenicero de cristal de la mesa. Lo estrello contra su cabeza. —¡Y yo detesto que me obliguen a hacer algo que no quiero, maldito cabrón! Él se tambalea, sorprendido. La sangre le escurre por el labio abierto. El golpe lo derriba y cae de rodillas al suelo, gruñendo con furia. —¡Maldita hija de puta! —ruge, tratando de ponerse de pie. No pierdo tiempo. Corro hacia la puerta. Tiro del picaporte con desesperación, pero no cede. Los nervios me hacen fallar, las manos me tiemblan. Respiro agitada, recuerdo de golpe algo: aquella vez que acepté limpiar esta misma habitación después de que un político la usara. Fue humillante, pero me dio unos billetes extras. Y entonces… recuerdo la copia de la llave. Me lanzo al cajón bajo el mueble de la esquina. Lo abro de golpe. Ahí está. La llave brilla como salvación en medio del infierno. Lo escucho moverse detrás de mí, respirando como una bestia herida. —¡Vas a pagar esto, perra! —gruñe, incorporándose tambaleante. Mis dedos tropiezan dos veces antes de lograr encajar la llave. Finalmente, la puerta se abre. Salgo disparada, empujando a un hombre enorme que estaba de pie afuera. Desde dentro, su voz estalla como un trueno: —¡TRAIGANME A ESA MALDITA PERRA! El grito me corta las piernas. Corro sin rumbo, el corazón latiendo a punto de explotar. Pero apenas avanzo unos metros cuando alguien me agarra con fuerza. Es mi jefe. Su rostro está desencajado, sudando. —¿Qué hiciste, Allison? ¡Maldita sea! —escupe entre dientes, mirándome como si acabara de condenarlo a muerte. —¡Suélteme! —me debato, pero él me arrastra hacia la barra. El barman, Lorenzo, me mira con los ojos abiertos de par en par, helado. Sé lo que siente, lo he notado siempre. Está enamorado de mí, aunque jamás lo diga en voz alta. —Prepárale un trago —ordena mi jefe, con la voz quebrada por el miedo. Lorenzo duda. —Pero… —¡Ahora! —ruge, y los hombres del capo, armados, se arremolinan alrededor de mí, con las miradas llenas de amenaza. El barman obedece, con los labios apretados, mientras uno de los guardias me sujeta los brazos con brutalidad. Mi jefe abre un pequeño frasco y vierte un polvo blanquecino en la bebida, moviéndola con rabia contenida. —Por tu culpa no pienso perder lo poco que he construido en todos estos años —me dice con rabia, acercando el vaso a mis labios. —¡No! —giro la cabeza, pero él me toma de la mandíbula con una fuerza monstruosa. Me abre la boca a la mala, apretándome hasta casi dislocar la quijada. El líquido amargo se desliza por mi garganta entre arcadas. Lorenzo da un paso al frente, con los puños cerrados. —¡Basta! Pero dos hombres del capo lo empujan con violencia contra la barra, dejándolo sin opción. Sus ojos me buscan, desesperados, mientras yo me ahogo con el sabor químico que quema mi lengua. Después de unos minutos el mundo empieza a girar. Siento el veneno recorrerme las venas. Mi jefe me suelta al fin, satisfecho, mientras la risa rabiosa del capo resuena desde algún lugar cercano, como una condena que se cierne sobre mí.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD