Lo miré, y mi boca cayó abierta al notarlo, vistiendo como un mesero, pero luciendo como el dueño del mundo. Estaba diferente, antes había tenido el cabello abundando y rizado, ahora no había nada, ni una sola hebra. Estaba más delgado y había bolsas debajo de sus ojos, esos malditos ojos que me aterrorizaban. Cuando me miraba, era como si estuviera cazándome, esperando el momento perfecto para hacerme el peor daño posible. Me pegué a la pared, mientras sentía su cuerpo cerca de mí, sin tocarme, pero lo suficientemente cerca para acorralarme. El sudor comenzó a correr por mi espalda baja y sólo quería salir corriendo, lejos del maniático, pero no podía estaba paralizada mientras lo miraba, sus ojos brillando en los míos. —Mi dulce Eve —dijo, en un suave español. Esa voz... no podía

