Capítulo 18

1160 Words
La muerte podía ser fácil, desaparecer, en una oscuridad total inimaginable por el ser humano, o como flotar en un campo sin gravedad, ligero como pluma. Pero no era la muerte su designio, y lo supo al despertarse en su hogar de mañana. Él corrió por las escaleras escuchando las voces de sus padres. Él abrazó a su madre con fuerza. —¿Que haces aquí? ¿No deberías estar en la escuela? —Estamos en los finales, creo que no tengo nada—dijo riendo para si mismo mientras se veía las manos y suspiraba de tranquilidad. —¿Y eso es excusa para no estar entrenando?—dijo su padre entrometiéndose. —Padre...—suspiró él. —¿Que te sucede hoy? —Es eso, lo que sucede—dijo sonriendo—.El entrenamiento... —¿Que sucede con el entrenamiento? —Sucede que no quiero volver a entrenar nuevamente en toda mi vida. Su madre miró extrañado a su madre que solo se escondió entre sus hombros con mirada desentendida. —No hables así, sabes lo que llevamos entrenando para que te eches para atrás. —Sí papá, lo sé. ¿Quieres que vaya a la universidad? ¡Lo haré! Pero no lo haré por deportes, ni por una beca, no por el fútbol al menos—espetó con honestidad viéndolo a los ojos quebrándose. —¿Porque todo esto de repente?—insistió su padre. —Porque no puedo volver a mirarte y que pienses que seré el afortunado becado que triunfará en el deporte cuando en realidad soy mediocre en él. —No eres mediocre—intentó ayudar su madre. Daniel negaba con la cabeza sonriendo como loco. —No, sí, lo soy. Y está bien, porque quiero jugar fútbol como la primera vez que lo hice, ya no quiero que eso lleve mi vida, quiero estudiar historia... —¿Historia?—replicó su padre. Daniel asintió con la cabeza. —Es excelente, saber que las cosas siguen allí, y que nosotros ahora estamos aquí, pero todo lo que sucedió antes de nosotros es algo nuevo que aprender. —¿Desde cuando ese interés por las humanidades?—preguntó hosco su padre. —¡No lo se! Supongo que hace poco, porque está bien, porque soy muy joven para saber lo que quiero hacer el resto de mi vida, y lo era incluso más joven desde que comencé a entrenar. —Sabes que el fútbol es lo que nos une—dijo su padre intentando disuadirlo. Él abrazó a su padre con extraña felicidad. —Siempre estaré agradecido contigo papá, me enseñaste disciplina, pero no puedo mentirte más, no soy lo que quieres que sea, no voy a salir de la banca las veces que quiera, hay un montón de chicos que son mejores que yo. —Entonces debes entrenar más—insistió el padre. Daniel negó sonriente. —No, no tengo que igualarlo. No quiero entrenar más, no quiero explorar mi potencial, sé que lo tengo, pero quizás no en las cosas que tú quieres que las tenga padre, y no quiero que me dejes de querer por no amar lo mismo que tú amas. —No soy tu entrenador, hijo, soy tu padre—dijo abrazándolo. Un suspiro cerca del hombro de su padre significó todo, la libertad, como flotar en el vacío de la incertidumbre pero estaba bien, no quería saber lo que vendría, no quería pensar en el futuro, solo quería pensar en Alice, lo que llevó a que Daniel arrastrara a sus padres al castillo. —¡Aquí!—exclamó él bajando rápido del auto apenas deteniéndose. —¡Daniel! ¿Que te pasa hoy, hijo?—preguntó su madre aparcando. Su padre quien conducía la miró con rareza. Ambos bajaron. —¡¿Lo ven?! —¿Que cosa? ¿El castillo?—preguntó su padre. Él volvió a dar vista al castillo, ya no estaba destruido como antes, solo estaba allí, como un viejo naufragio, lleno de paredes y papeles tapices rotos, manchados de humedad, las cosas desordenadas, trastes y mucha peste de vagabundos. —¿Porque nos traes aquí?—inquirió su madre tapándose la nariz. Daniel comenzó a recorrer el castillo y rápidamente aunque intentó subir las escaleras, algunas se rompían y casi haciendo equilibrio por los andamios de aquel vejestorio y recorría todas las habitaciones, allí estaba, la prueba viviente de que los Versalles vivieron. —El Castillo de Versalles—espetó su padre—¿De aquí habrá sacado esas ganas de estudiar historia? Su madre se llevó la mano a la cabeza sin entender nada. —No lo sé, está creciendo y no me dice nada. Su hijo volvió a ellos y los abrazó. —¡Lo ven!—celebraba él. —Sí hijo, lo vemos, ¿cómo no hacerlo? —Pensé que pensarían que estoy loco. —Pues estás actuando bastante extraño—rió su padre. Él lo abrazó y volvió al castillo, sacando el reloj de su bolsillo. No sabía usarlo, pero tenía que volver a la época de los chicos, al día que la tragedia no sucedió, necesitaba volver a su época, porque allí estaba su amada, porque se moría por contarles que seguía vivo, y porque se había deshecho de todo lo que le daba culpa con sus padres. Pero no todo es tan fácil como parece, así que él acomodó las agujas del reloj a su tiempo actual y lo cerró con sus ojos con fuerza deseando que solo sus deseos bastasen para llevarlo al tiempo indicado, después de todo, él había sido parte de la historia de los Versalles, él debería poder regresar el tiempo atrás... Y todo volvió, se sintió como si algo lo chupara de la habitación, de la vida y comenzaba a desintegrarse, pero apacible, no sentía dolor, no sentía nada, solo ligereza y para cuando volvió a tocar algo, abrió los ojos, estaba tocando césped. —¿Daniel?—preguntó Alice siendo el primer rostro que se inclinó a verlo tirado. —¡Alice!—dijo él abrazándola. —Entonces estás devuelta, así que podemos suponer que Jack tiene familia. —O al menos no estaba tan solo en el mundo como creía—espetó Daniel. —Quizás de saberlo, hubiera sido más humano—murmuró pensativa Alice. —La familia no lo hace más humano a uno—le aclaró Viscencius. —¿Te quedarás aquí para siempre?—preguntó Alice volviendo a Daniel. Daniel por primera vez la miró a Alice, y sus ganas de quedarse en éstos tiempos significaban ser un noble, con una señorita de la alta alcurnia, ser parte de la historia real de los Versalles, pero al final, ésta nunca había sido su época, y no sabía si quedarse significaría un cambio en su tiempo, así que solo tocó la cara de Alice con lágrimas en el rostro y le murmuró un te amo como una caricia.
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