SEGUNDA PARTE XXXIII El sol brillaba esa preciosa mañana, en que se escuchaba cómo los organizadores corrían de un lado a otro, donde las risas distantes de las muchas damas de honor alegraban el ambiente y los pajarillos auguraban un resto de día así de esplendoroso. También un padrino ponía el boutonnière en la solapa del esmoquin azul petróleo con visos negros que usaría su mejor amigo en el altar, un hombre que había esperado más que cualquiera en el mundo ese día. Pero mientras Ronald acomodaba en el ojal ese pequeño ramito con una rosa roja en miniatura, podía ver la angustia, el desespero, casi el pánico en el rostro de Tiberius. Todo, por supuesto, lo había atribuido al hecho de la boda y lo mal que había salido hacía 10 años atrás ese momento. No obstante, él creía que había al

