Capítulo 2: Eso en tus ojos

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II Era un nuevo día, el sol brillaba aún tras las nubes grises, así como había sido siempre en la vida de Olivia, lo poco que recordaba. Vio su diminuto departamento, ordenado, limpio, y a su lado, el único hombrecito de su vida, con su cabello indomable y n***o, con esas pestañas, envidia de quienes lo veían. Lo sacudió un poco, era ya la hora de arreglarse para ir al jardín de niños y ella al trabajo, que era también en la pequeña y lujosa escuela del vecindario. Olivia trabajaba en aquel sitio en el que su niño estudiaba, como la chica de la limpieza. El trabajador social le había encontrado ese quehacer, a cambio la escuela daría educación gratuita a su pequeño. No se ganaba casi nada, pero estaba feliz de estar tan cerca de su hijo Oliver que era muy responsable, educado y sabía a sus cortos 6 años la amargura con la que su madre vivía, por eso, intentaba hacerle las cosas más fáciles. Las otras madres la trataban muy bien, no faltaban por supuesto aquellas de muy alta moralidad que creían incorrecto que sus hijos estuvieran con el de la sirvienta, pero Olivia era querida por todos, su nobleza superaba a todos los que trataban con ella. Siempre tenía su cabello hermoso recogido, su rostro sin una sola gota de maquillaje y su uniforme beige que usaba con orgullo mientras corría de un lado a otro con su balde y trapero para que los baños estuvieran impecables para los pequeños. A veces los veía e intentaba poner su mente en algún punto en el que pudiera recordar algo más. Veía la cara de su pequeño, intentado hallar en esta la del hombre que la embarazó. ¿Tuvo un esposo? Megan, la chica que había conocido en un albergue para mujeres y que fue quien la llevó a trabajar al cabaret, le decía constantemente que dejara de preocuparse por el pasado y mejor pensara en el futuro. Debía ahorrar mucho, la educación era muy costosa y solo debía concentrarse en amar y proteger a su hijo, además la belleza no era eterna. También tendría que estudiar ella para ser independiente y que ningún hombre la pisoteara jamás, según su amiga, que había soportado mal tratos de todo tipo, solo porque sus oportunidades en la vida se vieron demasiado reducidas y aprendió a trabajar desde muy pequeña, sin siquiera llegar a aprender a leer. Cuando conoció a Olivia, entre las tristezas de aquel albergue, ella le prometió que le enseñaría, y así Megan pudo entrar en el maravilloso mundo de las letras. *** —Hermanito, ¿vendrás este fin de semana? Quiero verte, hace mucho que no hablamos… —decía con voz dulzona la hermana menor a Alexander, que estaba metido en las bodegas de producción. Solo cuando hablaba con ella su expresión tan rígida cambiaba de forma esperanzadora. —Tal vez el fin de semana, no quiero encontrarme con ella. —Por favor, tienes 36 años, no puede ser que le temas a mamá, además parece que se irá en un viaje a visitar a Viollette, su «orgullo» —replicaba la joven, haciendo claro énfasis en que para su madre, de los tres hermanos solo uno servía para algo. Alexander devolvió un libro de muestras a una de las empleadas de la planta y agradeció muy cortés por su arduo trabajo. Todos le temían, pero él se caracterizaba por ser en extremo amable. —Eso me dijiste la última vez, y no solo sí estaba, sino que pasé una hora insufrible con ella, tratando de que yo le confesara que era homosexual, porque de otra manera no se explicaba por qué no me casaba ni tenía hijos. —Fue un momento inolvidable… puedes venir esta noche, de seguro no está, tiene un coctel y va a llegar de madrugada. —No… en las noches me es imposible. Alexander lo decía con una semi sonrisa en los labios, sus noches ya no eran solitarias como antes, ahora de lunes a viernes iba a ver a una mujer que se quitaba la ropa por dinero. No parecía ser un plan muy interesante, ya conocía todas sus rutinas, ya sabía el largo de sus piernas, lo ágil que se movía en ese tubo, lo pequeña de su cintura, lo redondo de su trasero, lo firme de sus senos… y eso era todo. Disfrutaba de verla, como todos los pervertidos que gritaban con su presencia, pero con ella, él veía más allá de la desnudez de su cuerpo. Olivia no lo recordaba, sin embargo, que Tiberius fuera todas las noches, tenía su origen la primera vez que él la vio bailar, cuando entre los tantos y tantos rostros, ella le regaló una sincera sonrisa, como si le diera la bienvenida. Desde hacía mucho tiempo, él no sentía tal calidez, ni sinceridad cuando le conocían. —¿Sigues ahí? —El hombre regresó a la tierra, luego de su breve viaje a las estrellas. Llegó a su oficina y se sentó en un pequeño sofá que la adornaba, también el lugar era un asco de ostentoso, lo odiaba y aun así, ahí debía trabajar. —Lo siento Lily, me distraje con mis pensamientos. Te decía que en las noches no podré, iré el sábado, espero que sea verdad lo que dices, que mamá no estará —replicó mientras subía un poco las piernas, en verdad estaba cansado—. Yo te iba a preguntar algo… ¿Es correcto enviar flores a alguien que apenas conoces? Lily, su hermana menor, que por desgracia no podía huir aún del acoso materno, se sorprendió mucho de lo que su hermano más querido le preguntaba. Parecía ser que luego de diez años de que su prometida lo dejara, conocía a otra mujer que empezaba a interesarle, eso era motivo de gran alegría. La frustración y la tristeza habían congelado su corazón, sin embargo, bajo todas esas capas de hielo, aún seguía latiendo. La muchacha entusiasmada quiso obtener más información, pero fue imposible, Alexander no dijo una palabra de ella. Solo quería «consejos». Lily le dijo que debía empezar por intentar hablar con la aludida, sin esperar nada a cambio. Una amistad que podría florecer en algo más. El CEO encontró toda la lógica en lo que ella decía, de esa que danzaba no conocía ni su nombre y no creía que en verdad se llamara «Star», como la anunciaban antes de salir a escena. Colgó su llamada, faltaba poco para ir a verla, así literal, solo observarla. Miró sus manos, esas mismas que no lograban satisfacer a una mujer lo suficiente, porque había algo más en la intimidad que ellas deseaban, pero que él no lograba. Su ego estaba marchito, sus ganas de sentirse hombre, también empezaban a morir. Todo se había solucionado, las cosas no habían pasado como se lo hicieron creer, ¿entonces por qué su cuerpo aún no funcionaba? Se sentía tan roto, tan vacío, que muchas veces solo quería dormir y ya no despertarse nunca. Llegaba la noche, hora en que empezaba el show de Olivia. Su hijo estaba en casa con la niñera nocturna, ella vestida para desnudarse, él en ese sitio habitual esperando a que hiciera lo suyo. Por alguna razón, que no se explicaba, verlo ahí le trajo mucha alegría, su cliente más fiel quería verla de nuevo. Sonrió de manera inconsciente al verlo, sin creer lo que ese maravilloso gesto hacía en la vida de Alexander. Esa sería la primera noche del resto de sus vidas, de eso estaba seguro el hombre que tomaba despacio de su copa de escocés, mientras ella se movían tan sensual, tan única. Terminó todo como siempre, ella recogía los billetes, él se levantaba de la mesa. Cuando llegó al camerino a cambiarse para irse, una mujer algo vulgar en su maquillaje entró emocionada a decirle que un cliente deseaba un baile privado. Olivia recibía esa propuesta casi todos los días, así que igual que siempre, se negaría. —Niña, por Dios, el monto es tan alto que supliría una semana entera tu trabajo, o sea, podrías tomar unas pequeñas vacaciones, hazlo por nosotras, por el negocio… —Madame —dijo Olivia sonriendo, quitándose un poco de brillantina de su pecho—, usted sabe que no quiero hacer ese tipo de cosas, los clientes son groseros, casi siempre están ebrios y quieren tocar de más. Suena tentadora la oferta de las vacaciones, pero no puedo… —Mi niña, quien quiere tu tiempo es ese sujeto que ha venido a verte todas las noches… ¿No te da curiosidad conocerlo un poco? Las otras chicas saltaron de la alegría al saber quién hacía la oferta. No dejaron que Olivia respondiera nada y empezaron a alistarla con el más bello traje de tul que tenía. La Madame prometió esa semana libre a la bailarina, y que estaría protegida por uno de los guardias del lugar, en caso de que el cliente quisiera pasarse de listo. Olivia no entendía nada, Megan estaba como loca gritando mientras le maquillaba las mejillas y las otras le peinaban el cabello, recogiéndoselo en una coleta, según todas eso la haría ver un poco menos de cabaret. No se pudo negar la intriga que le provocaba el ver más de cerca de ese hombre, pero tenía miedo de esos ojos que parecía leían sus pensamientos. Iba sola por ese pasillo oscuro, escuchando de vez en cuando algunos sonidos que no eran propiamente de un baile. Sintió miedo, aquello lo había hecho apenas un par de veces y fue de las peores experiencias de su vida, porque los clientes creían que ella debía abrirle las piernas. Rogó para sus adentros que ese que se veía tan temible, no fuera uno de tantos pervertidos. Llegó por fin al número de la puerta indicado y la abrió, temblando, pero disimulándolo muy bien. Él, vestido muy formal, estaba sentado en un sofá en semicírculo, bebiendo en una copa, con la misma severa expresión de siempre. Todo el lugar estaba invadido de una colonia muy costosa que era un deleite al olfato, quedaba claro que ese aroma provenía de él. Ella subió una ceja y caminó firme sobre sus llamativos tacones y sin que permitiera que el hombre abriera la boca, de un solo movimiento subió a la mesa que había en el centro, y de su sostén sacó un pequeño control remoto con el que pretendía poner la música. Alexander se levantó de inmediato y fue hasta la mesa, viéndola desde abajo muy sorprendido. —¿Qué estás haciendo? —preguntó con sinceridad confundido. Olivia sintió como esa voz le recorrió la piel entera, haciendo que estremeciera hasta lo más profundo. —Usted pidió un baile privado, señor, y esto es lo más cerca que voy a danzar de usted. Por favor, regrese a su lugar… —Oh, no, yo no pedí esto, creo que me malentendieron —respondió Alexander mientras le extendía su mano para así ayudarla a bajar—. Yo deseo una cosa diferente… verás… —Señor, si usted lo que busca es otro tipo de servicio, acá terminamos, me está confundiendo a mí y a todas las chicas con… —Cálmate, por favor, no quiero «otros» servicios. Por ahora, ¿podrías bajar? Estoy en pánico pensando que puedas caerte y lastimarte. —Hizo una pausa mirando los pies de Olivia—. Un segundo, esto puede hacerte tropezar. Con delicadeza, Alexander Tiberuis empezó a abrochar una de las cintas de los extravagantes tacones que ella llevaba puestos. Olivia vivía todo ese momento como en un cuento de hadas, cuando el príncipe calzaba las pequeñas zapatillas a todas las doncellas del reino para lograr hallar a su destinada. Ella, en medio del pequeño salón, con luces azules apenas alumbrando el sitio, veía a ese hombre de voz en extremo sensual, casi hincado, haciendo su sueño y el de todas afuera, realidad, así fuera por segundos. Alexander, cuando terminó de abrochar su tacón, volvió a extender su mano para ayudarla a bajar. Ella la tomó, pero solo podría hacerlo sentándose en la mesa, hubo una pequeña mal interpretación del suceso y cuando él vio que ella empezaba a inclinarse, la agarró por la cintura y la bajó como si se tratara de una pequeña pluma. Esas fracciones de segundo, vio a sus ojos tan claros, que ahora sabía, eran como el mar. Agradeció de forma muy educada la ayuda que no había pedido, y que había disfrutado mucho. Él se sentó en el sofá brillante de nuevo y ella, a prudente distancia, hizo lo mismo. —Quisiera saber, señor, entonces para qué ha solicitado mis servicios… —Soy Alexander y puedes tratarme de tú. Yo, solo quiero… hablar contigo. Pagué por 30 minutos y ya llevamos cinco… ese reloj que pusieron en la pared me lo está recordando. Así que, es el único servicio que ahora deseo de ti, «Star». —Olivia. Ese es mi nombre, encantada de conocerte, Alexander. Ella inclinó su cabeza mientras extendía su mano para saludar de manera apropiada a su cliente. No entendía nada de lo que en verdad estaba pasando, pero si él quería un tiempo para charlar, lo tendría, porque ella también quiso muchas veces ser escuchada, y no hubo nadie a su lado. *** Fin capítulo 2
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