III
La tímida conversación se redujo al día pesado que Alexander había tenido en su oficina. Olivia lo escuchaba atenta, todo lo que él hablaba parecía ciertamente difícil de entender y de trabajar. Ella hacía preguntas de algunos términos que él usaba y de los que ella no había escuchado antes, de verdad parecía interesada en el tema. Sus ojos también se desviaban al deleite, el hombre era demasiado atractivo como para tratar de pasar eso por alto.
Medía alrededor de 1.85 cm, su cabello era muy n***o, cortado perfectamente a los costados, algo largo en la parte superior, su nariz delineada, sus labios delgados, esa barba perfecta que lo enmarcaba, ni qué decir de su cuerpo que seguro bajo esa ajustada y costosa ropa, sería también un espectáculo.
Pero eran sus ojos, como el arrullo de las olas, los que la tenían embelesada, brillaban ante tanta oscuridad, borrando miedos, ahogándola lentamente en ese azul tan divino que ni un príncipe de cuentos podrían poseer. Deseó en el alma poderse acercar más, verse reflejada en ellos, que sus zafiros fueran solo para ella. Un poco apenada y sonrojada por sus pensamientos, sacudió la cabeza y sonrió. Alexander se preguntaba qué podría tenerla tan pensativa, no imaginaba que todo tenía que ver con su mirada.
Olivia veía, pero también escuchaba, su voz era perturbadora, tan gruesa, acentuando tan bien las palabras, como si escuchara una canción dedicada a ella. Lo era al fin de cuentas. Luego de unos minutos, cuando ya había pasado el impacto inicial, había un dejo de melancolía en su forma de hablar. Él se veía indiscutiblemente muy triste.
—Vaya, los 30 minutos de hoy han terminado —dijo Alexander escuchando la alarma del reloj, que anunciaba que su acompañante debía salir. Tomó su abrigo y se lo puso muy rápido, mientras la chica se levantaba también.
—Fue un muy agradable rato, Alexander. Vuelve cuando gustes.
—Mañana estaré acá. Pagaré lo que pida esa señora graciosa muy maquillada, no me importa.
El comentario hizo reír un poco a Olivia, la Madame estaría feliz de recibir todo el dinero que él estuviera dispuesto a dar.
—Verás, mañana saldré a unas pequeñas vacaciones, si deseas podemos vernos en una semana…
—¡¿Una semana?! —preguntó muy sorprendido deteniendo su paso—. Va a ser un largo tiempo… Puedo soportarlo. ¿Qué harás en esos días?
Alexander no conocía muy bien la prudencia al tratar con otras personas, él estaba solo acostumbrado a dar órdenes y a hablar de negocios. No le parecía que hacerle ese tipo de preguntas fuera una indiscreción, y Olivia así lo entendía, quedaba muy claro que si un hombre así pagaba para ser escuchado, no es que tuviera muchos amigos.
—Lo pasaré con mi hijo.
Tiberius no pudo disimular la sorpresa que le causaba escuchar aquello. No podía creerse que ella tuviera a su cargo a un pequeño, que en ese momento debía estar durmiendo y que se suponía debería tener a su madre a su lado. Además, que eso implicaba, sí o sí, que había un hombre en la vida de la stripper.
—¿Tú estás casada? —susurró, como si preguntarlo en voz alta fuera algo malo.
—No, somos solo mi pequeño y yo, pero eso lo dejaremos para una próxima charla, ¿qué te parece?
El oscuro pasillo se iluminó por completo cuando Olivia pudo ver que de los labios de ese sensual hombre, se esbozaba una sonrisa. Ese rostro tan adusto cambiaba en su totalidad cuando dejaba ver su dentadura a través de esa provocativa boca. Se dieron la mano, como si con eso se prometieran el próximo encuentro. Alexander fue escoltado por uno de los guardias del cabaret, mientras ella tomaba el camino opuesto a los camerinos.
—¡¡Olivia!! —gritó Megan saltándole encima para abrazarla— ¿Cómo fue? ¿Qué te hizo? ¿Qué te dijo?
La mujer se sentó frente al mal iluminado y envejecido espejo para contarles todo lo sucedido con el señor Tiberius, como lo llamaba. Ellas suspiraron cuando les contó lo del zapato, podía verse como un asesino a sangre fría, pero era un caballero con todas sus letras. Lo que les contó después las dejó algo decepcionadas, esperaban una historia muy erótica y solo escucharon de telas y campos de algodón. Olivia se reía mientras ellas soñaban con estar metidas en las sábanas de ese que se veía que con solo hacer chocar sus dedos podría desnudarlas. Se guardó para sí misma, la enorme melancolía que había en su voz y la muy clara soledad en la que vivía.
***
Mientras iba en su auto, le pidió a sus guardaespaldas que pararan en un lugar de hamburguesas y compraran algo para los tres. Le pasó a uno de ellos un billete, sin embargo, su denominación era tan alta que dudaba el hombre le dieran cambio.
Alexander no supo qué hacer, no tenía más dinero, solo tarjetas que serían demasiado para tres comidas chatarra. El guardia animado por el buen humor de su jefe, dijo que él las pagaría con el mayor gusto. El CEO agradeció mucho el gesto, estaba ya harto de llegar a su casa a comer atún.
En medio del tráfico, sus ojos empezaron a cerrarse, estaba muy cansado, necesitaba dormir las 8 horas obligatorias que le exigía el cuerpo luego de cumplir 30 años. Poco a poco se quedó dormido, mientras el auto andaba muy despacio, como si lo meciera.
Escuchó su voz, la de Olivia. Estaba sentado en su cama mientras ella le traía un vaso de agua, ella tenía puesta su camisa, la escena más cliché con la que cualquier hombre podía soñar, que al parecer era su real intención con esa preciosa dama de piernas tan largar y pechos tan redondos, aunque no se explicaba como había podido llegar hasta el clímax dentro de ese sueño. Ella se tendió sobre las sábanas muy húmedas, extendiendo su mano para que él le fuera encima con todo su cuerpo ardiendo, pues esa preciosa dama deseaba más. Él, que se encontraba desnudo, se acostó sobre esa mujer que parecía tan feliz de recibirlo, buscando su cuello delicado para besarlo. No obstante, algo empezaba a ser diferente y Olivia se retorcía, empezó una súplica en medio de jadeos, intentando quitárselo de encima.
—¡¡Auxilio!! ¡¡Por favor, detente, no me hagas más daño!! ¡¡Te lo suplico!!
Esos gritos tan agudos lo confundían, lo aterraban. Cuando se incorporó un poco, ya no era Olivia quien tenía debajo, era una mujer golpeada, con la ropa desgarrada, que le seguía rogando porque la dejara ir, golpeándolo insistente en su pecho. Él, estremecido, se tomaba la cabeza, gritando desesperado ante lo que estaba haciendo.
—¡¿Señor?! ¡¿Está bien?!
Abrió los ojos ante la fuerte sacudida de uno de sus guardias. Estaba bañado en sudor, con lágrimas en los ojos, temblando. Esa pesadilla espantosa lo había dejado de perseguir desde hacía años, pero ahora parecía regresar con más fuerza. Los hombres le explicaron que encontraron un lugar para comprar lo que él les había pedido, pero que al regresar al auto escucharon sus gritos, y creyeron que le estaban haciendo daño, por eso al verlo solo y saber que se trataba de un mal sueño, lo despertaron. El más joven se excusó de la rudeza con que lo hizo, aun así, el CEO estaba desconectado del momento. Recibió el paquete con su hamburguesa, casi sin verlos.
Los hombres echaron a andar el auto para llevarlo a casa. Alexander veía por la ventana, el olor de la comida era delicioso, no obstante, él solo podía percibir el aroma de la sangre, el del césped mojado, el de un perfume barato. Se tomó la cabeza y dejó caer la parte superior de su cuerpo sobre sus piernas, atormentado, abrumado. El sueño de ver a esa dama que danzaba con su camisa puesta, pidiendo más de sí, se había convertido en el aterrador desasosiego que lo devolvía de nuevo al infierno del que le era imposible escapar.
Sus hombres lo veían muy conmovidos, ellos sabían a medias lo que su jefe había sufrido y llevaba aún a cuestas, creyendo que todo aquello era inmerecido. El señor Tiberius podría verse aterrador, pero ellos sabían muy bien que era un buen ser humano, que esa tragedia por poco destruye.
Olivia también lo creía. Ella ignoraba por completo el pasado de Tiberius, pero se notaba lo mucho que llevaba a cuestas. A pesar de eso, podía escucharse a través de esa oscuridad que lo rodeaba, una gentileza poco común en los hombres ricos como él. Entró a su casa muy agradecida con ese hombre, pues su pago cubría la cuota de sus bailes por varios días, podría estar tranquila en su trabajo diurno, y luego a casa con su pequeño.
—Mamá, hoy llegas muy tarde, Anita se ha quedado dormida —gritó el pequeño corriendo sobre sus piecitos descalzos. Olivia lo cargó en sus brazos y lo llenó de besos, esa noche era especial, por eso llevaba deliciosas y poco nutritivas hamburguesas. Anita, roncando desde el sillón afelpado, emitía sonidos que a madre e hijo se le hacían muy graciosos. Debían despertarla para poder cenar con ella, y pedirle que aunque no fuera día de escuela al día siguiente, Oliver debía dormir temprano.
***
Fin capítulo 3