IV
Al llegar a su casa dejó la hamburguesa en la nevera, aquella no era la noche para disfrutar de nada. El tiempo no se detenía en el reloj de Alexander, que no lograba soñar con la vida color rosa que todo ser humano anidaba en su cabeza en algún momento de su existencia. Vivir por vivir no era para nada una forma real de llevar los días. Sin un motivo, solo un miedo eterno a la nada, a nadie ya, solo a la vida misma.
En su casa, tan fría y oscura como él, escuchó el eco de los malos recuerdos retumbar por todas las paredes. Se miró en un espejo del pasillo, cada uno de los años que tenía le pesaban en la enorme valija que llevaba a sus espaldas y que él solo podía ver. Pensó que era tiempo de bajar su carga y seguir adelante, porque su cuerpo ya no soportaba un dolor más, menos su alma. No obstante, hacerlo era imposible, creía que si acaso se liberaba vendría otra desgracia aún mayor, que esta vez lo consumiría por completo. Era mejor una vieja maleta, que una nueva que no le permitiera seguir andando.
Lo intentó, Dios sabía que lo había intentado cuando se enamoró de una hermosa mujer que tuvo toda la paciencia de estar a su lado, aun en los momentos de mayor tormenta. Él se entregó a ella, en alma… porque en cuerpo no pudo. También ese ser omnipotente sabía lo mucho que se esforzó, lo mucho que luchó contra su propio dolor, con medicina, con terapias, pero nada logró y, a pesar de eso, ella estuvo ahí, con sus cabellos dorados iluminando sus días, haciendo de su risa la música de fondo de un medio hombre como solo él se llamaba.
Llegó entonces el momento de hacer la propuesta, esa de atarse para siempre con otra persona. Fue toda una novedad, el hijo varón de la familia Tiberius por fin le daría herederos a la dinastía, pero más que eso, Alexander sí deseaba tener hijos, adoraba los niños y pensaba que si él mismo no podía ponerlos en el vientre de su prometida, los adoptaría. Además, tenía todo el dinero que se le diera la gana para intentar de alguna manera sacar el semen de su cuerpo y ponerlo en el de su bella chica.
Ella parecía muy complaciente en todo. También era de un status alto, no solo era un matrimonio que le conviniera a ella, todos estarían conformes. Por supuesto, la madre de Alexander no la aprobó, jamás lo haría.
—¿No podías escoger otra mujercita para tu vida? Es tan corriente, además dudo que te acepte así como eres, tendrás que soportar su desfile de amantes —consolaba la amorosa madre que lo dio a luz, a Alexander.
—Madre, solo te la presento para seguir el protocolo, no porque necesite tu aprobación. No nos verás nunca más luego de la boda.
—Pobre niño, no llegarás a ese altar.
Alexander tomó un trago de ese licor de hiel que le sirvieron en casa de sus padres, la cena iba a convertirse en un infierno, pues toda la noche la madre del futuro presidente, solo hizo menos a su prometida.
—Me disculpo por esa mujer, de verdad, lo siento mucho. Cuando nos casemos, viviremos en otro país, la verdad no deseo estar cerca de ningún Tiberius… a excepción de mi hermanita.
—Si deseas, podemos llevarla con nosotros. Ella es un ángel, y la casa que hemos visto es enorme, ella podría tener su propio espacio —respondió la futura esposa con la gentileza que la caracterizaba, acariciando los cabellos renegridos de su novio.
—Eres tú el ángel, bella mía. Te amo, nunca habrá nadie a quien ame tanto… —suspiró el enamorado heredero, tomando la mano de esa chica de ojos malva y cabellos de sol.
Él la acostó en la cama, en un seguro intento fallido por poseerla de forma completa. Ella jadeaba ante cada caricia, ante cada roce de esos labios en su v****a, en sus piernas, en sus preciosos y firmes pechos. Alexander se empeñaba como ningún otro para que su lengua y sus dedos reemplazaran su pene muerto, y que el interior de la dama se sintiera tan invadido como fuera posible, como si un vigoroso m*****o la llevara a esa maravilla de orgasmo que él no recordaba.
Ella se contorsionaba con fuerza, y él, ahora que lo veía todo desde «afuera», notaba lo sensibles y candentes que eran las mujeres. Disfrutaba al menos del espectáculo visual que su chica le proporcionaba, desnuda, sudorosa, arañando con furia sus brazos, haciendo cada vez más poderosa esa aguda voz.
—¡Ah! ¡Más! ¡Más! —gritaba ella, poseída por el placer, no recordando en ese preciso instante que no iba a tener otra cosa.
Alexander se turbaba, movía su mano con más fuerza, pero aquello jamás reemplazaría una potente embestida. Era ahí cuando la mujer perdía su orgasmo y le retiraba la mano de un golpe, pues empezaba a lastimarla. Todo terminaba mal, ella se giraba para dormir, mientras él la observaba casi con lágrimas en los ojos. Luego se veía a él mismo, sin reacción alguna, con su hombría muerta.
A pesar de aquellas enormes señales de fracaso, los preparativos de la boda continuaron. La madre de Alexander quiso interferir, sin embargo, no se lo permitieron, la familia de la novia era la encargada de todo. La odiosa mujer parecía conforme con todo lo que se estaba realizando, así que solo se dedicó al diseño de su vestido que debía opacar como fuera al de la novia. El orgulloso e ingenuo novio también se veía en el espejo con su traje de actor principal, uno que jamás pensó que lograría usar. Todo estaba dispuesto, las invitaciones repartidas, era solo cuestión de días para que se diera el suceso.
Dos noches antes de que se celebrara el gran día, llegó al departamento de Alexander una memoria USB, con una pequeña nota en la que le advertían que debía ver el video que traía de inmediato. Él creía que tal vez era algo de negocios, o quizás de nuevo, ese momento en que su vida como hombre terminó. Que esos que lo desgraciaron deseaban recordarle que jamás podría ser feliz.
No supo ni cómo tomar lo que empezaba a ver. Pero el puñal, que nunca logró sacar de su corazón, empezó a girar haciendo más grande e imposible de cerrar su herida. El video era el de su prometida, que en unas horas sería su esposa, cabalgando a un desconocido, furiosa, llena del deseo que él mismo no probaría. Ese que sí funcionaba con normalidad la tomaba por la cintura para ayudar a hacer más fuerte la penetración, mientras su «bella» pedía más, con la misma voz aguda con que le suplicaba a él, no obstante, que en esta ocasión sí era atendida y con creces.
Al joven enamorado no le importaba si el video era reciente o no, aunque debía serlo, según lo dicho en la nota, además ella usaba el anillo de compromiso que le había dado. Miraba a la nada, escuchando los jadeos del hombre y los gritos de su mujer, que debían estar destinados solo a sus oídos.
Por supuesto, su ego lo hizo reaccionar con furia, tirando todo a su paso, golpeando paredes, por el hecho de que ella le mintiera diciéndole que lo que le daba era suficiente y ahora se viera tan feliz montada sobre ese hombre, pero más lo era el hecho que él no lograría hacerle el amor como su novia lo merecía. Con la banda sonora de los orgasmos de ambos, se miró al espejo y al lado de este, su traje. No podía tirar todo a la basura, no estando tan cerca de lograr su migaja de dicha. Perturbado, cerró la tapa de su laptop. Había cosas más urgentes que atender.
—Dios, es una decoración de lo más ordinaria —susurró esa madre superficial y vacía, mientras se sentaba en la madera de cedro de la preciosa y ostentosa iglesia, enclavada en medio de la naturaleza.
—Mujer, ¡por Dios! Lárgate si quieres, pero no arruines el día de tu hijo.
El señor Tiberius estaba ya fastidiado con la actitud de su esposa. Él era quien acomodaba a Lily en la fila de sillas especiales, para la madre era una vergüenza su hija menor. Movió un poco su cuerpo haciendo gala de su vestido de color muy pálido. Su otra hija, Viollete, se miraba al espejo, buscando defectos imaginarios que arreglar y que la alejaran lo más posible de la versión humana original con la que llegó al mundo.
La novia estaba radiante, con un hermoso vestido en el que se veía más angelical que nunca, casi resplandeciente. Sin embargo, había en sus ojos un dejo de tristeza que solo asociaron a los nervios normales de toda chica antes de atarse a un hombre para siempre. Las damas estaban felices haciendo conjeturas de esa apasionada luna de miel en el caribe, bajo el sol toda tentación se hacía más potente.
—Espero que sí —dijo la novia, con una media sonrisa.
—Por favor, Laura, solo bebe algo muy fuerte y deja que él haga lo suyo en medio de la arena caliente… —replicó una de las chicas, mientras las otras reían sonrojadas, creyendo que Alexander era un amante salvaje que la haría pedazos. La novia, no obstante, sabía la realidad y no podía reír.
La puerta del salón de cambio de las chicas se abrió de golpe y, el novio herido, pero esperanzado, estaba en esta. Quisieron echarlo por supuesto del lugar, no podía ver a la novia antes de su paso al altar. Aun así, no parecía que Alexander estuviera burlando esa regla solo porque sí. Laura, su prometida, lo recibió con una sonrisa y un alivio en su pecho. Las damas se fueron arrastrando sus vestidos color lavanda, confundidas y asustadas.
—Hace dos noches recibí un video, en el que tenías sexo con otro hombre.
Eso era todo lo que él podía decir. De los ojos de ella empezaron a brotar las lágrimas, el delicado maquillaje iba a echarse a perder, al igual que el precioso día. Ella se sentó junto a él y lo tomó de una mano con fuerza, llevándola a su propio rostro.
—Alexander… yo creía que mi amor por ti iba a ser más fuerte que cualquier obstáculo existente. Pero esa fue una noche de duda, de intensa incertidumbre. Sí, era yo con mi exnovio, uno que amé mucho. Caí en su cama otra vez… no creí jamás que me hiciera falta tanto el sexo, y deseé tanto que pudieras superar tu trauma, aún lo espero, aún lo anhelo, que me tomes y me enloquezcas. Mas parece que eso jamás va a pasar. —Hizo una pausa, soltando su mano y poniéndose de pie—. No seré yo esa que te restaure, y estoy cansada. Eres el mejor hombre del mundo, por eso mereces la mejor mujer del mundo…
—¡Deja esas estupideces del cliché! —respondió muy alterado—. No habrá nadie más que tú… no quiero que haya nadie más que tú… por eso, escucha mi propuesta, cásate conmigo, y permitiré que tengas un amante… solo será algo físico, ¿no?
Laura abrió mucho los ojos, no podía creerse lo que estaba escuchando. Alexander no merecía arrastrarse así. El hombre se deslizó de la silla y cayó de rodillas, esperando con ese gesto conmover a esa que fue su amada. Laura se inclinó al lado suyo y lo acogió en su corpiño, acariciando su cabello. No podía todavía asimilar lo que él le proponía.
—Alexander, ¿estarías dispuesto a compartirme?, yo no lo creo y jamás lo aceptaría. No es ahora, pero ten por seguro, que alguien más nació para ti…
Ella se incorporó despacio, mientras Alexander Tiberius le halaba un poco del largo velo, intentando que no se marchara el amor de su vida. Ella se quitó el delicado prendedor de su cabeza y luego con pasos cortos abrió la puerta que daba al jardín, saliendo como el ángel que él deseaba que fuera. Se abrazó a ese delicado velo suizo, tan suave como el tacto de su piel. Esa fue la última vez que la vio en persona, pues luego se enteraría de su matrimonio y otro poco después del nacimiento de sus gemelos. Pero ese día, marcó para ese hombre bueno, el inicio de su mirada fría, de su actitud arrogante y despiadada, tenía que acorazar como fuera lo poco que le quedaba de humanidad.
***
Sentado en su comedor solitario, apenas iluminado por las luces exteriores, y otra vez invadido de malos recuerdos, Alexander veía de un lado al otro, buscando las personas imaginarias que rodaban por su mente. ¿Dónde estaba su esposa hermosa que corría de un lado a otro, alistándose para salir? ¿Dónde estaban esos pequeñines que gritaban y hacían todo un desastre en medio de un bullicio de llanto y risas? No, todo era silencioso y frío. Todo era soledad.
Se levantó de forma brusca y sin encender ninguna luz, entró a su cocina y tomó el cuchillo más afilado que se encontró, poniéndolo en su garganta, en su vena palpitante. Solo pedía al cielo el valor que le había faltado tantas veces antes. Flaqueó, no entendía que era ese algo que lo ataba a una vida tan pusilánime. Su móvil empezó a vibrar en su bolsillo, lo sacó con prisa y respondió de igual forma.
—Señor, quiero reconfirmar su orden. Estoy frente a la casa de la señorita del cabaret, dispuesto a seguirla.
—Sí, trata de averiguar todo lo que te sea posible de ella.
Colgó, era hora de dormir un par de horas, al menos, ya había perdido mucho de esa noche pensando en Laura. «No seré yo esa que te restaure…» Fueron las palabras de ella, y luego a su cabeza vino esa chica de tacones muy altos que noches atrás había ayudado a bajar de una mesa. Y sonrió.
***
Fin capítulo 4