V
Los dedos empezaron a deslizarse por la barbilla que se encontraba tensa, pero fuerte, ruda. La piel no era tan suave como la imaginó, a pesar de verse siempre tan tersa bajo la luz pastel del salón. Sus ojos los movía al compás de sus manos, que exploraban como los de una niña en un juguete nuevo. Su cuello largo y ancho, su manzana de Adán que no pudo evitar moverse tragando algo de ansiedad. Se detuvo en el primer botón que se encontró de aquella fina camisa negra de lino, y fue cuando buscó la mirada de zafiro de aquel a quién apenas conocía, pero que había conmovido su corazón por completo.
—Gracias por escucharme de nuevo, Olivia… —le dijo él tomándola de esa mano inquieta que lo estaba conociendo y poniendo muy nervioso. Luego se apartó un poco de su lado en el sofá.
—Los hombres están acostumbrados a ser ellos los que dirigen todo. Si acaso una mujer desea algo, es una vulgar, una cualquiera. ¿Piensas eso de mí, verdad? No imaginas el efecto que causa tu voz, tu presencia en mi vida; cómo los sueños de las chicas afuera empiezan a impregnarse en mí. Durante las noches vienes y te confiesas, como si yo fuera un sacerdote, y soy yo ya la que quiere pecar. Te odio mucho, señor Tiberius, porque soy solo la cenicienta de un cuento que no será de hadas nunca.
Alexander se sorprendió por completo, pues no entendía una palabra de lo que Olivia estaba hablando, además que se expresaba con mucha fluidez, no tan propia de una chica sin estudios, según su criterio. Ella con sus enormes ojos castaños lo veía y lo confrontaba, lo cuestionaba. ¿Olivia le estaba diciendo entre líneas que le gustaba? Eso no era posible, él no le gustaba a nadie, tal vez en lo exterior, no obstante, luego de conocerlo solo querían salir corriendo, además, ella no sabía sobre su disfunción.
Solo por curiosidad y queriendo saber hasta donde podía llegar, la tomó de nuevo de la mano y la observó muy fijo. Ella también sostenía su mirada que no le tenía miedo al señor todopoderoso CEO. Por largos segundos solo se vieron, no obstante, la chica parecía muy disgustada y él amaba esa cara de puchero que estaba poniendo.
Nada llegaría más lejos, así que la tomó por una mejilla para acariciarla, ella se tensó, ese tacto era muy fuerte, muy seguro, cosa que hizo que se acercara más al que vestía de luto. Muy junto suyo, pegó su frente a la de él y respiró su aliento, su aroma, a pesar de que este estaba ya impregnado de pared a pared en todo aquel salón. Esta vez fue el señor Tiberius el que no soportó la cercanía y con la mano que tenía libre la tomó por la cintura, asiéndola a su pecho, mientras abría la boca para devorar los labios de flor de la bailarina.
En ese momento, Olivia estaba en la tierra de los sueños realizados. Abrazó por la cabeza a ese hombre que pagaba por su tiempo de forma tan particular, que poco a poco la invadió el desespero porque llegaran las noches y correr a su lado, para así entonces escucharlo.
Se dejó llevar por las conversaciones de todas las otras chicas que le empujaban a atreverse un poco, ya que de él no tendría más, nunca. Una cama, un olvido luego. Los CEO no se casaban con bailarinas que tenían hijos. Ella era solo una sirvienta que desde los arrabales esperaba la mirada deseosa de su amo.
Pero Alexander resultó ser alguien muy diferente a lo que esperaba; bajo esa figura tan arrogante y que producía terror, era un hombre que se estaba flagelando con dureza por una situación que ella no entendía en su totalidad. Aun así, escuchar de su madre distante y narcisista, de su compromiso fallido, de su espantosa comida de atún, de sus días entre negocios fallidos o éxitos enormes, le mostraron a alguien que ella debía proteger. Lo besaba con intensidad, sabiendo que no traicionaba a una mujer que lo pudiera estar esperando en casa, ingenua, enamorada.
Por alguna razón, Alexander tomó un impulso feroz y se la puso encima, casi podía decir que estaba excitado. Ella no dejaba de acariciarlo por el rostro, perdiéndose en esa mirada azulina que contrastaba tanto con su cabello azabache. Él dejó que sus palmas se posaran en esas nalgas firmes y las aprisionó con fuerza, haciendo que ella exhalara un pequeño jadeo. Nadie escucharía en ese salón de baile, y a nadie le importaría, porque los gemidos eran el común denominador de aquel pasillo. El roce se estaba dando en la entrepierna de ambos y nada estaba sucediendo con él, pese a eso, algo era diferente, sentía un hormigueo en su nuca que parecía más el propulsor del deseo.
—Olivia… —jadeó un poco el hombre, mientras regalaba un beso a cada uno de los senos cubiertos por el ajustado corsé—. Tienes que saber…
—No imagino que es eso a lo que le tienes tanto miedo, pero yo te escucharé… —respondió ella sonrojada, loca de deseo.
—Niña, yo he perdido ya mucho. Pero a ti no voy a dejarte ir nunca. Espero que lo tengas claro.
Olivia sonrió ante la falsa sentencia que él ponía sobre su vida. No, aquello no se cumpliría, ella tenía las cosas claras. Él empezó a desabrochar la complicada prenda, la madre de un niño que no sabía cómo llegó a su vientre, lo veía, soñando con ser esa que le acompañara en las noches y le hiciera la cena, a él y a su pequeño.
Por fin el corsé liberó su pecho y Alexander dejó caer su aliento caliente en este. Ella no quería que se detuviera, ya el cosquilleo en su espalda y la humedad en su abertura le estaban reclamando, mientras la yema de los dedos de él, le rozaba los pezones. Los sonidos de su voz eran muy agudos, cuánto había extrañado Alexander eso. Era el momento, él tenía que caer sobre ella de forma salvaje para hacerla suya, no obstante, fue ahí cuando se detuvo.
—Tendrás que escucharme primero, Olivia.
La mujer no se creía que él pudiera contenerse en ese instante y se mantuviera en tal calma. Ella, apenas respirando, le sonrió, claro que lo escucharía, para eso era su tiempo.
***
Esa mañana, antes que se lanzara sobre la humanidad del CEO, Olivia era la misma de siempre, la madre que se despertaba para alistar a su hijo y llevarlo a la escuela, la que se ponía su uniforme del personal del aseo para otro día de trabajo duro, uno muy diferente al que le daba las noches.
Ella no odiaba bailar en aquel club, le gustaba sentir como su cuerpo podía seguir el compás de la música, pero sí odiaba esos ojos deseosos sobre ella, asquerosos. Aunque no llegaba a estar desnuda en su totalidad, la verdad tampoco dejaba mucho a la imaginación. Recogía los billetes con paciencia, pensando que al sumarlos sería la comida deliciosa para Oliver, o el pago para Anita, o ese libro costoso que aún no tenía, o esas zapatillas con luces que todos los niños deseaban.
Luego de salir de hacer su función, se miraba al espejo de luces, la gran mayoría dañadas, repitiéndose que lo hacía para ahorrar para su futuro, así como Megan le repetía una y otra vez. Según los médicos de la clínica donde se atendía, ella debía tener entre 26 y 29 años, pero no podían decirle con exactitud su edad.
Llevaba de la mano a su hijo, que a veces se le hacía un desconocido. Esos pensamientos la agobiaban, porque lo amaba muchísimo, pero no tenía idea de cómo fue concebido. Rogaba noche tras noche que hubiese sido con amor y que ese hombre que fuera el padre de su Oliver, fuese alguien bueno, noble. De seguro había fallecido en ese accidente que a ella la dejó sin memoria, era mejor pensar así.
Dejó a su niño en la entrada del salón, saludó a la maestra y luego corrió al área de aseo para empezar su labor. Eran los primeros en llegar, ella no deseaba que los demás niños le hicieran preguntas a Oliver, o lo señalaran porque su mamá era la chica de la limpieza. Era una ironía que su trabajo honesto, le generara más pena e incertidumbre que el que hacía quitándose la ropa. Pero la vida real no era tolerante con la gente humilde. Su hijo estaba en esa exclusiva y pequeña escuela de forma gratuita a cambio de parte de su trabajo, no podía provocar ningún inconveniente.
—Olivia —la llamó una de las directoras deteniendo su paso—. Por favor, hoy solo dedícate al salón comedor, está quedando terrible luego de las clases extracurriculares. Lo siento, tendrás que hacerlo tú sola, los demás están ocupados con los jardines y baños.
—No se preocupe, será todo un gusto —respondía la buena y noble mujer, sabiendo que no podía negarse a nada.
Ella arrastraba su balde, pensando en el show de esa noche, y pensando en él: Alexander Tiberius. Lo imaginaba sentado en su oficina, hablando de cosas importantes, esperando que llegara la hora para ir a verla.
—Eres una soñadora, Olivia, él no espera la noche para ir contigo —se dijo para sí misma mientras restregaba el piso con toda la fuerza de su delgada figura. Sin embargo, eso era lo que ella deseaba, porque su corazón se estaba dejando llevar por ese hombre de mirada tan aterradora. Soñaba con él, con tomarlo de la mano, con conocer su casa, por consolarle en sus días negros. Todo al fin y al cabo eran fantasías, ella era una stripper, algunos la llamarían por otros nombre y todo todos estos coincidirían con cosas muy malas, muy vulgares.
A su mente vino Megan, la única a quien le había confesado los sentimientos que empezaba a albergar por Alexander. Durante otro mes, le había escuchado en las noches, cosas que a veces no entendía, dolores de su pasado, ese compromiso roto a minutos de ir al altar, aunque no sabía la verdadera razón… su aroma, su voz, su todo. Ella se sentía terrible, no era posible que su cuerpo sintiera cosas, menos su alma. Solo debía tener espacio en su mente para su hijo.
—«Olivia, te he visto pasar hambre para que Oliver tuviera algo que comer, estás con él todo el día, lo vigilas desde la distancia, eres la mejor madre que conozco, nada puede compararse con lo que haces por ese pequeño, pero también eres una mujer. Te advierto niña, los príncipes no buscan entre la plebe a su princesa, así los cuentos te digan otra cosa. Si tienes eso en claro, toma lo que puedas de ese hombre y luego, tu vida volverá a ser la misma. Pero si te ilusionas, la única que perderá serás tú. Alexander no se casará contigo, no será el padre de tu hijo, no llegarás con él a viejo. Solo salta a sus labios y ya veremos qué sucede. Pero enamorarse, no es opción.»
Ella, moviendo su trapero de un lado a otro, no se creía con las agallas suficientes como para hacer lo que Megan le decía, pues creía que era muy importante tener sentimientos primero. Su amiga tenía razón, no podía tenerlos, porque una noche simplemente él ya no volvería, ya que de seguro encontraría a una virtuosa esposa, que así se hubiera acostado con 100 hombres antes que con él, no sería una cabaretera.
En la tarde, confundida, tomó la mano de su pequeñito, el último en salir. Iba tan distraída que no escuchó para nada cuando su hijo le pidió un helado.
—Mamá, ¿qué te pasa? ¿Estás triste?
—¿Te parezco triste? —preguntó ella mientras le desenvolvía el cremoso helado.
—¿No te va bien en tus clases? Yo también me pongo triste cuando no entiendo lo que la maestra explica. Pero tu cerebro es más grande, de seguro vas a lograrlo.
Olivia lo abrazó y le regaló muchos besos en su renegrida cabecita. Ella le había inventado esa mentira de que estudiaba en las noches, aunque esperaba que muy pronto no lo fuera.
—No estoy triste, solo que hay cosas que las mamás a veces extrañamos.
—¿Un papá? —Olivia miró a su hijo que se hacía un desastre en sus manitas, ya muy pegajosas. Él sonreía viendo el ocaso en el parque, intentando ignorar la cantidad de niños que iban de la mano de hombres altos, de seguro sus padres.
—Oliver…
—Mis compañeros dicen a veces que sus mamás están molestas o tristes, cuando pelean con sus papás. Yo no sé qué es eso, pero tú puedes sentirte mal, porque no tienes con quien enojarte así, ¿no?
La lógica de su bebé la enloquecía de ternura. Entendió que a él le daría todo su corazón, y tal vez sus deseos más íntimos y efímeros, serían para Alexander. Esa noche esperaría para lanzarse, cumplir su sueño y terminar con esos agobiantes sentimientos por él, antes que crecieran de tal forma que no pudiera arrancarlos ya nunca.
***
Fin capítulo 5