La puerta trasera de La Luna Roja se abre con un gemido y el pasillo me recibe vacío. El eco de mis pasos es lo único que se atreve a romper la calma. Jocelyn pienso, aun puedo sentir su presencia en este lugar.
—¡Mierda, Maksim! No te escuche—Ilya suelta un grito y el vaso que tenía en la mano cae al suelo cuando me ve detrás de el.
Lo miro. No digo nada. No tengo que hacerlo.
Él baja la mirada al instante.
—No es tu trabajo escucharme —digo al fin, con voz baja, firme—. Es no joderme.
—Estaba cerrando caja —balbucea.
Me inclino despacio y recojo un pedazo de vidrio. Lo levanto hacia la luz roja que sangra desde arriba. Es Afilado. Preciso. Frágil. No necesito que sea más que eso.
—La mujer de la barra —murmuro—. La que pronunció mi nombre. ¿Habló con alguien?
—No —Ilya traga saliva—. Solo pidió un trago. No hablaba mucho. Parecía… esperar a alguien hasta que llegaste tu.
—¿Parecía nerviosa cuando me vio entrar?
—No. Parecía contenerse. Como si supiera que algo iba a estallar.
Eso es tan de ella que me tensa la mandíbula sin darme cuenta. Jocelyn nunca necesita gritar para desarmar un lugar. Ella solo está. Y cuando está, el mundo tiembla un poco.
—¿Qué tanto me miró? —pregunto.
—No mucho. Pero… cuando Jocelyn te miro lo hizo, directamente.
Eso también es tan de ella. Nunca se anda con vueltas. No finge suavidad. Si mira, te atraviesa. Si habla, no lo hace para que la escuchen: lo hace para dejar marca.
—¿Cómo sabes su nombre? —pregunto.
—Me lo dijo. Jocelyn. Preguntó si conocía algún trabajo cerca después de que saliste.
“Jocelyn.”
Escuchar su nombre en la voz de otro me irrita más de lo que debería.
Me enderezo lentamente, con ese tipo de calma que no es paz, sino una advertencia que respira.
—Escúchame bien —le digo sin subir el tono—. Si vuelve, la atiendes. Pero no pronuncies su nombre como si la conocieras y fueran amigos. Nunca podrás ser cercano a ella, ¿entiendes?
—Entendido. —Su voz sale apretada, como un animal que entiende el peligro sin que le enseñen a temerlo.
Camino hasta la copa que dejó sobre la barra sé que es de ella porque reconocería su pintalabios donde fuera. La tomo entre los dedos y finalmente sonrió. Si es la misma copa que sostuvo. La misma que calentó con su tacto sin darse cuenta.
La acerco a mi boca. No bebo.
No quiero vino.
Quiero lo que dejó atrapado en este cristal.
La copa está fría ahora, pero eso no importa. Lo que busco no es calor. Es huella.
No es la bebida lo que siento. Es ella. El eco de sus labios sobre el vidrio. Y me duele necesitarla así.
Respiro hondo, pero el aire no alivia. Nunca lo hace.
La imagino de nuevo, en este mismo sitio.
Piernas cruzadas. Espalda recta. Mirada que no pide permiso ni perdón.
Jocelyn siempre supo que no necesitaba hablar para hacer temblar mi control.
Y yo… siempre la odié por eso.
Y la amé igual.
—Si vuelve, me avisas inmediatamente. —La orden sale seca, como un disparo.
—Maksim… —Ilya duda—. ¿Puedo preguntarte algo?
Lo miro de reojo.
—Habla.
—¿Por qué ella? Hay mujeres que darían cualquier cosa por tenerte. Ella… parece rota.
No sonrio. Las palabras de Ilya tienen doble filo lo se. Estoy seguro de que Jocelyn le gusto.
—Porque lo está —respondo—. Y su silencio grita más que cualquier otra voz que haya escuchado.
Ilya asiente en silencio. No hace falta nada más.
Camino hacia la salida y el frío de la madrugada me recibe de golpe. El contraste me sacude, pero no me detiene. Apoyo la espalda contra la pared húmeda.
El viento arrastra un murmullo que no entiendo, pero no importa. Lo único que importa ahora es que ya recibí la información que necesitaba.
Un mensaje de uno de mis hombres me indica hacia donde se fue Jocelyn al salir del club, sabia que era una buena idea tomar la foto de sus placas.
Me froto la mandíbula con la mano. No porque duela. Sino porque necesito hacer algo que no sea ir a buscarla esta noche.
Prometí darle esta última noche así que pensare en Viktor por esta última ocasión.
Pienso en la forma en que ella lo siguió. Sin mirar atrás. Como si hubiera encontrado en él un salvavidas.
Y pienso en cómo me miró esta noche. No fue amor. No fue miedo. Fue algo peor.
Fue herida.
Una herida abierta que me pertenece, aunque no debería.
Miro hacia la calle una vez fuera del club, está vacía y me obligo a respirar hondo.
Ella no es mi salvación.
Es mi condena.
Y, aun así, la quiero igual.
Camino sin rumbo fijo. La ciudad está en silencio, aunque sé que no lo está realmente. Lo que calla es mi mente. Lo único que hace ruido es su nombre en mi cabeza.
Jocelyn. Que larga será esta noche.
Su rostro aparece nítido. Su cuerpo también. La forma en que tiembla cuando se siente observada, aunque finge no hacerlo. El modo en que camina como si estuviera huyendo de algo que no nombra. Lo hace desde que la conozco. Y yo… desde que la conozco, no he dejado de seguirla. Aunque ella no lo sepa.
Su silencio es una invitación disfrazada de desafío.
Y yo nunca he sabido resistirme a eso.
Me río en seco.
Porque la verdad es simple:
Ella regreso por que su destino esta entrelazado con el mío
Me detengo frente a la calle lateral. La oscuridad se pega a las paredes, pero no me incomoda. Siempre fue mi terreno. Las sombras no mienten. No tienen que fingir. Y yo nací para caminar en ellas.
La imagino otra vez. No en un bar. No en la calle. Sino donde siempre termina mi mente: debajo de mí, arqueada, temblando, con mi nombre entre los dientes. No hay ternura en esa imagen. Hay posesión. Hambre. Necesidad.
Y me odio por eso.
Pero no lo suficiente como para soltarla.