Capítulo 5 – Jocelyn

1187 Words
No he dejado de pensar en él. Un mes no ha sido suficiente para borrarlo. Maksim Vetrov sigue dentro de mí como un fragmento clavado en la carne, invisible pero imposible de ignorar. A veces creo que con el tiempo dolerá menos. Pero cada noche, cuando todo calla, la herida vuelve a sangrar. Lo detesto. Por haberse marchado del club sin decir nada. Por mirarme como si no fuera nada. Pero, sobre todo, por haberme hecho sentir invisible. Estoy recostada en la cama con el portátil sobre el abdomen, las piernas cruzadas y la pantalla brillando frente a mí. Busco empleos que no me interesan, llenando formularios que no significan nada. Cada clic es un intento desesperado por construir un futuro, cuando el pasado aún se aferra a mis huesos. Y entre cada formulario… aparece él. Su voz. Su mirada oscura, cargada de tormenta. La forma invisible en que sabe exactamente dónde tocar para romperme. Maksim no necesitaba palabras. Nunca las necesitó. Le bastaba una mirada para recordarme que podía destrozar mis defensas cuando quisiera. Y lo hizo. Lo hizo sin remordimientos. Como si mi corazón no fuera más que un arma bajo su control. Y luego está Viktor. Mi primer refugio. El hombre que me miró cuando nadie más lo hacía. Que me recogió de la lluvia como si valiera algo más que mis cicatrices. Él me dio un lugar. Maksim me dio un abismo. El teléfono vibra. Un zumbido corto. Me sobresalta. Instagram. Frunzo el ceño al ver el nombre: Ilya Orlov. ¿El camarero? Tardo un par de segundos en decidir si abrir la solicitud. No debería. Lo sé. Pero lo hago igual. Acepto. Y en menos de un minuto aparece un mensaje. Tan rápido. Como si me hubiera estado esperando. “Hola, hermosa. Me apareciste como sugerencia y justo el dueño de La Luna Roja necesita personal. Con lo guapa que eres podrías empezar a trabajar enseguida.” Mis dedos se tensan sobre la pantalla. Lo leo una vez. Dos. Tres. Y ahí está otra vez. La cuerda invisible que me ata a ese lugar. No busqué empleo en La Luna Roja aquella noche. Al menos, no conscientemente. Pero algo en mí gravitó hacia ese sitio como si mi cuerpo recordara lo que mi mente quiere negar. Maksim. Él está allí. Siempre lo estuvo. Y La Luna Roja… siempre fue su reino. Tecleo despacio. “Gracias, Ilya. La verdad es que sí estoy buscando trabajo.” Presiono “enviar” antes de poder pensarlo dos veces. La decisión cae pesada sobre mi pecho. Sé que esto no se trata de dinero ni de estabilidad. Se trata de él. El teléfono vibra casi de inmediato. “¿Por qué no vienes esta semana? Te consigo una entrevista. El club necesita personal.” Apago la pantalla y dejo el teléfono a un lado. Me hundo en la cama, la vista perdida en el techo como si la respuesta estuviera escrita allí arriba. Debería decir que no. Debería borrar ese mensaje, bloquearlo y alejarme de todo esto. Pero no puedo. Porque una parte de mí —la misma que sangra cada noche— anhela verlo. Anhela que me vea. Recuerdo esa noche. Cuando nuestros ojos se cruzaron. Y él siguió caminando como si yo no existiera. Como si nunca hubiera tocado mi piel. Como si no hubiera grabado su nombre sobre mi cuerpo como un tatuaje que no se borra. Aprieto los ojos. —Estás enferma —murmuro en voz baja. Pero la enfermedad no es Maksim. Soy yo. Soy yo aferrándome a algo que me destruyó. Me giro en la cama y abrazo la almohada. Pienso en Ilya. No es feo. Tiene esa sonrisa fácil que hace que las personas se sientan seguras. El tipo de hombre que observa en silencio, que sabe leer el ambiente sin invadirlo. Y me pregunto si tal vez… podría usarlo. No de una forma cruel, solo… para distraerme. Para arrancar a Maksim de mi cabeza aunque sea por una noche. Pero la culpa me golpea antes de que el pensamiento termine de formarse. Porque incluso cuando salía con Viktor, Maksim estaba allí. Mirando. Reclamando sin pronunciar palabra. Recuerdo una noche en particular: música, copas levantadas, risas. Viktor rodeaba mi cintura con el brazo. Yo fingía normalidad. Pero al otro lado del salón estaba Maksim. Tenso. Callado. Mirando. Y esa mirada me partía en dos. No dijo nada. No tenía derecho. Pero no lo necesitaba. Lo sentí igual. Sentí que era suya, incluso cuando no lo era. Y entonces me borró. Me miró en la discoteca y me trató como a una extraña. Ese recuerdo me quema más que cualquier caricia que alguna vez compartimos. La noche afuera está viva. Puedo escuchar sirenas lejanas, el murmullo apagado de autos pasando. La ciudad sigue respirando. Pero aquí adentro… todo está en silencio. Un silencio que duele. Y entonces lo siento. No lo oigo. No lo veo. Lo siento. Una presión sorda en la nuca. Un escalofrío que se desliza por mi espalda. Es esa sensación que no necesita explicación: la de estar siendo observada. Me incorporo con lentitud. La lámpara del pasillo parpadea una, dos veces. —¿Hola? —mi voz apenas se sostiene. Nadie responde. Pero el silencio… pesa. No es vacío. Es expectante. Como si algo —o alguien— respirara al otro lado de la pared. Trago saliva. Mis dedos se aprietan contra las sábanas, clavándose en la tela como si eso pudiera anclarme. Mi pecho sube y baja demasiado rápido. Hay un crujido suave en la madera vieja, un sonido leve que basta para que la tensión se dispare. No hay nadie. Me repito la mentira una y otra vez. No hay nadie. Vuelvo a recostarme. La sonrisa falsa que intento dibujar en mi rostro se desvanece antes de nacer. Desde que regrese, otra vez, todo se desordenó dentro de mí. Lo que había logrado reconstruir empezó a resquebrajarse con un solo cruce de miradas. No soy la misma mujer que huyó de él. No soy la que prometió no llorar por su nombre. Soy la Jocelyn rota. La que aún tiembla si imagina su voz. Me llevo una mano al pecho. Mi corazón late lento, pesado. Como si cada latido llevara su nombre. Tomo el teléfono de nuevo. Miro el mensaje de Ilya una última vez. Es una decisión sencilla. Casi insignificante. Pero en realidad… es una puerta abierta. Tecleo la respuesta. “Perfecto. Acepto la entrevista. Gracias.” Presiono enviar. Me quedo mirando la pantalla vacía unos segundos más, como si en ella pudiera ver mi propia ruina reflejada. Acepté la entrevista. No por el trabajo. Sino por él. Porque soy adicta a mis propias ruinas. Porque, aunque me duela, todavía espero que Maksim me mire como antes… y esta vez no me ignore. Cierro los ojos y susurro su nombre como si fuera un secreto sucio. Maksim. Y, aunque él no esté aquí, sé que de alguna forma… lo siente. Porque en esta historia, ni el tiempo ni la distancia han logrado arrancarnos el uno del otro. Solo nos han hecho más peligrosos.
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