Habíamos vuelto al café de siempre.
Nuestra mesa estaba en un rincón apartado, lejos del bullicio, pero lo suficientemente bien ubicada como para ver quién entraba y quién salía. Siempre elegimos ese lugar por una razón: desde ahí nadie nos sorprende… pero nosotros vemos a todos.
Y entonces la vi llegar.
Jocelyn.
El mundo no se detuvo, pero el ruido de fondo desapareció en mi cabeza como si alguien hubiese bajado el volumen de golpe.
La forma en que caminaba era la misma de siempre: con ese intento torpe de parecer tranquila cuando, en realidad, el temblor vive en cada uno de sus pasos. Se sentó en una mesa del centro, con los dedos jugando en la orilla de la taza vacía. Se mordió el labio inferior. Como siempre hacía cuando no quería que nadie notara que estaba nerviosa.
—Deberías soltar el pasado —gruñó Roman.
Su voz tenía ese peso seco que solo usaba conmigo. Nadie más se atreve a hablarme así. Pero él no es cualquiera. Era nuestro líder y yo su mano derecha.
Apoyé el codo sobre la mesa y dejé que mi mirada siguiera clavada en ella.
El cabello cayendo sobre la espalda, la curva de sus hombros, la forma en que giraba la cabeza cada vez que alguien entraba. No buscaba a nadie, pero tampoco podía evitar esperar. Esa maldita costumbre suya de tener esperanza.
—¿Ya soltaste tú a Vera? —repliqué sin apartar la vista.
El silencio fue inmediato.
Golpeó la mesa como un disparo silencioso.
Nadie menciona a Vera frente a Roman. Nadie excepto yo.
Y sigo respirando porque soy el hermano adoptivo de la mujer que él no ha podido enterrar del todo. Roman puede comandar la mafia rusa en la cuidad con el pulso firme, pero cuando se trata de ella… se vuelve otra cosa. Algo más peligroso.
—No hagas eso, Maksim —gruñó con un tono que helaba—. No hoy.
No respondí.
No me disculpé.
Lo conocía demasiado bien para eso.
Volví a mirar a Jocelyn. Justo levantaba la mano para llamar a la mesera. Iba a pedir café. Lo sé porque no puede iniciar el día sin él.
—¿Qué hay de Jocelyn? —Roman retomó el tema sin rodeos.
Mis dedos se crisparon sobre la taza.
—Intento protegerla.
—¿De qué? —preguntó con una media sonrisa sin humor—. ¿De ti?
Roman no necesita levantar la voz para golpear. Sus palabras bastan.
Me obligué a no reaccionar. Él busca grietas, y yo tengo demasiadas cuando se trata de ella.
—Hablando de asuntos reales… —cambié de tono, más brusco—. ¿Dónde está el paquete de Dominik?
Roman desvió la mirada hacia el ventanal empañado. Afuera, el invierno devoraba la ciudad a bocados helados. Pero adentro, la tensión tenía su propio clima.
—No se presentó en La Luna Roja anoche —agregue.
—Quizá vio a Jocelyn y decidió mantenerse al margen —respondió con calma.
—¿Y eso qué carajo tiene que ver?
Roman no respondió de inmediato. Sus ojos se posaron sobre ella. Jocelyn sostenía la taza con ambas manos, sin sospechar que la estábamos diseccionando con la mirada. Por su parte Roman no quiso decirlo, pero ambos sabíamos que Dominik llevaba semanas actuando distinto. Y que eso, en nuestro mundo, no es un detalle menor.
—Necesitamos saber en qué está metido —continué—. Antes de que comprometa a nuestra gente.
Roman no se preocupa por nadie que no lleve nuestro apellido. Lo sé. Por eso lo miré directo, buscando empujarlo a donde no quería ir.
—¿Acaso estás preocupado por él, Roman?
El silencio se estiró lo suficiente para que incluso el zumbido de las lámparas pareciera un grito. Jocelyn llevó la taza a sus labios. El leve movimiento de su garganta me clavó un golpe seco en el pecho. Me dolía y me encendía al mismo tiempo.
Roman apoyó un codo en la mesa, con la mandíbula tensa.
—Cierra la maldita boca —dijo al fin—. Y enfócate en lo que importa. ¿Vas a reclamarla o no?
Sonreí con amargura peor no dude en asentir.
Porque lo que importaba para mí no era Dominik y en donde estuviera metido con nuestra mercancia.
Era ella.
Siempre fue ella.
Jocelyn se estiró en su asiento, llevando los brazos por encima de la cabeza. El movimiento dejó su cuello expuesto. Mi mirada lo recorrió como si ya lo conociera de memoria. Cada centímetro suyo era una provocación involuntaria. Como si el universo se burlara de mí.
Ella no lo sabe, pero soy yo quien está detrás de su entrevista en La Luna Roja.
No sabe que fui yo quien ordenó a Ilya escribirle.
No sabe que durante semanas le prohibí acercarse… hasta que me harté de fingir y decidí usarlo a mi favor.
Ella no sabe nada.
Pero yo sé todo.
—Volveré pronto a casa —le dije a Roman—. Me llevaré a Jocelyn en la primera oportunidad.
Roman me miró de reojo.
—Solo ten cuidado, que antes de que la reclames nadie se dé cuenta de tus intensiones. Hay demasiados ojos sobre nosotros.
—Déjalos mirar. —Mi voz fue un filo—. Nadie tocará lo que es mío.
En ese instante, Jocelyn se inclinó hacia adelante para escribir algo en su libreta. El suéter claro se ajustaba a su espalda. Los jeans delineaban sus curvas con la exactitud de un castigo. Y yo… me quedé ahí, con los puños cerrados, tragando mi propia obsesión.
Mi teléfono vibró. Roman ya se ponía de pie. No se despidió. Nunca lo hace. Salió por la puerta trasera como una sombra.
—¿Sí? —respondí con la mandíbula apretada.
—Buen día, jefe —dijo la voz animada al otro lado—. Dominik acaba de llamar. No irá esta noche tampoco. “Complicaciones”, eso dijo.
Me incliné hacia atrás. El cuero de la silla crujió.
—¿Qué más?
—Confirmado: Jocelyn estará en la discoteca a las cuatro para la entrevista. ¿Quiere que esté ahí? Tal vez se sienta más cómoda si me ve…
La rabia me golpeó con fuerza. Seca. Precisa.
—¿Quieres morir, Ilya?
—No, jefe, yo solo me refer…
—No juegues con fuego —lo interrumpí—. Ella no es para ti.
Mi mano apretó el borde de la mesa. La porcelana vibró. El control me dolía en la garganta.
Volví a mirar a Jocelyn.
Estaba sentada con las piernas cruzadas, con esa expresión cansada que no debería emocionarme… pero lo hace.
Me mata.
Porque cuando la veo así, tan vulnerable y fuerte al mismo tiempo, quiero destruir todo lo que la separa de mí. Y también destruirla un poco a ella. O al menos, destruirme con ella.
Ella es la única adicción que no he podido enterrar.
La única que no quiero dejar.
—Encárgate de que la dejen entrar a mi oficina —ordené—. Pero ni se te ocurra hablar con ella. Ni mirarla.
Colgué antes de escuchar su respuesta.
El café estaba lleno de desconocidos. Ninguno de ellos sabía que lo que estaba ocurriendo en esa mesa era una guerra silenciosa. Entre mi cordura y ella.
La observé en silencio un segundo más.
Sus dedos se movían distraídos sobre el borde de la taza. No me estaba buscando. Ni siquiera sabía que estaba cerca. Pero esa indiferencia dolía más que cualquier bala.
“Esta vez no correrás, Jocelyn”, pensé. “Esta vez no te dejaré respirar sin mí.”
Me puse de pie. Dejé dinero sobre la mesa.
Cuando salí del café, el frío me golpeó como una advertencia que ignoré sin dudar.
La guerra entre nosotros ya había comenzado.
Y aunque ella aún no lo sepa…
esta vez no pienso perderla.