La ausencia de la música al entrar a “La Luna Roja” me golpea el pecho antes siquiera de cruzar el umbral.
La ausencia de la melodía que vibra en las paredes, las luces rojas pulsando como un corazón furioso en la oscuridad, y el olor a deseo, sudor y alcohol flotando en el aire no se respiran como si fuera oxígeno a esta hora del día. Y sin embargo aun es como si pudiera anestesiar el temblor constante que llevo en el alma desde que lo vi en la barra. Maksim.
Dios. Maksim. ¿Por qué no puedo sacármelo de la cabeza?
El eco de su nombre en mi mente es suficiente para que mis pasos se entorpezcan al entrar. Nadie se da cuenta. La mayoría está demasiado limpiando, pretendiendo que sus heridas no existen. Justo como yo.
Me abrí paso entre la gente, fingiendo seguridad, como si no llevara dentro este caos desbordante. Me aferro a la idea de que este lugar, esta entrevista, este día, puede marcar un nuevo comienzo. Que venir es sólo una buena oportunidad. Que no tiene nada que ver con él.
Mentiras.
Todo esto huele a Maksim. Como si cada rincón estuviera manchado con su sombra.
Cuando llego a la oficina principal, me acomodo en una de las banquetas de terciopelo desgastado que están afuera. El interior de este lugar con las luces encendidas es decadente y lujoso, como una promesa que no sabes si se va a cumplir o te va a devorar. Hay espejos oscuros por todos lados y lámparas colgantes que lanzan reflejos escarlatas. Me gusta cómo me veo bajo esta luz. Un poco menos rota. Un poco más fuerte.
Saco el teléfono de mi bolso. Lo desbloqueo y escribo:
“Ya llegué, ya estoy dentro.”
Se lo envío a Ilya.
Nada.
Bloqueo la pantalla. Respiro hondo. Noto que encienden la música y eso hace que se sienta como cambia la atmosfera es muy curioso aquella es mi canción favorita y cuando se vuelve más lenta, más sucia. Recuerdo la ocasión en que Maksim nos encontró a Viktor y a mi besándonos en uno de los privados de este lugar, Viktor quería tener sexo conmigo en aquel momento y estaba desenfrenado mientras yo solo quería desaparecer bajo la mirada de Maksim.
Pienso que pensar tanto en Maksim está mal y que necesito encontrar ayuda profesional e ir con un psicólogo o en su defecto conseguirme un distractor efectivo.
Ilya. Miro el celular de nuevo. Sin respuesta. Tecleo:
“¿Tienes planes esta noche? Quizá podríamos ir por algo después de mi entrevista…”
Enviar.
Silencio.
Froto la pantalla con la yema del dedo como si eso hiciera que vibrara.
Me río sola. Un susurro irónico que no llega a ser carcajada.
—¿Qué pensaría Maksim si supiera que quiero usar a Ilya para dejar de pensar en el? —murmuro sin darme cuenta, y el eco de mis propias palabras me da vergüenza.
¿Furia? ¿Celos? ¿Deseo?
Estúpida.
—Claro que no. —Esta vez lo digo con un poco más de fuerza—. Él posiblemente ya no siente nada.
Me ignoró como si yo fuera aire. Como si no existiera. Para Maksim, yo fui… prescindible. Y sin embargo, sé que tiene una parte que siempre fue posesiva. No conmigo, con todo. Todo lo suyo era suyo. Todo lo que tocaba. Incluso lo que no miraba.
Y yo… fui su sombra. Una que se escapo tan pronto Viktor murió.
Cierro los ojos. Respiro hondo.
Estoy sola. Demasiado sola. Desde que regresé a la ciudad no hay un solo rostro conocido, no hay calor en ningún lugar que no sea prestado. Por eso Ilya fue tan oportuno. Por eso le respondí los mensajes. Por eso dejé que la conversación se hiciera íntima, aunque no lo conozco bien.
Duele admitirlo, pero parte de mí quiere que me miren. Que me elijan. Que me cuiden.
Y la otra parte… sólo quiere sentir algo que no sea este vacío insoportable.
Recuerdo que Ilya había estado respondiendo relativamente rápido mis mensajes. Hasta hace unas horas, no habíamos dejado de hablar desde el día que me contactó por i********:. ¿Por qué ahora el silencio?
Miro a mi alrededor. La discoteca esta casi lista para abrir sus puertas. Pero no veo que venga algún encargado para iniciar con la entrevista y de pronto ahí esta otra vez esa sensación.
Siento que alguien me observa.
No es la primera vez.
Desde hace semanas tengo esta maldita sensación de que hay ojos en mi espalda. Que algo o alguien se desliza detrás de mí, respirando en mi nuca sin hacer ruido. Me mantengo en alerta constantemente, como si la amenaza fuera tangible.
La lógica me dice que estoy paranoica. Que necesito ayuda. Que necesito un maldito psicólogo antes de que me derrumbe por completo.
Pero se que es sólo mi imaginación.
Aunque lo siento. Ahora. Aquí. Como un escalofrío en la base de la columna.
Giro el rostro lentamente. No hay nadie.
Y sin embargo, algo en mi piel se eriza como si una sombra familiar acabara de cruzar la habitación.
—Estás perdiendo la cabeza, Jocelyn… —me susurro.
Paso los dedos por mi cuello, intentando relajarme, pero siento los músculos tensos, rígidos. Me masajeo la zona, cierro los ojos y respiro.
Todo está bien. Nadie me sigue. Nadie me mira.
Excepto…
¿Y si sí?
No puedo evitar preguntarme: ¿Y si es Maksim?
¿Y si ha estado cerca todo este tiempo?
Sacudo la cabeza.
No. No puede ser. Él ya no me quiere. Ni siquiera me ve. Soy solo un error de su pasado. Un recuerdo que debió borrarse hace años.
Pero mi cuerpo no le cree a mi mente.
Mi cuerpo aún lo reconoce.
Y eso me da asco. Porque yo ya no soy esa joven temblorosa que le rogaba una caricia con la mirada. He trabajado tanto para reconstruirme, para no ser más una sombra de lo que fui. Y, sin embargo, aquí estoy… temblando otra vez.
Definitivamente necesito terapia.
Me incorporo un poco y me acomodo la blusa. Estoy temblando y eso no está bien.
Tengo que se paciente, quien sea que me vaya a entrevistar llegara en cualquier momento.