Capítulo 8 – Maksim

1240 Words
La cité antes de abrir. Quería que fuera antes de la noche, sin el ruido, sin testigos. Solo ella y yo. Solo lo inevitable. Estaba ahí, frente a mi oficina, mirando el techo sin saber que todo esto me pertenecía. Se veía hermosa. El tipo de belleza que duele. Se había dejado el abrigo, como si pudiera protegerse del frío… o de mí. Pero nada la protegía de lo que éramos. Nunca lo hizo. Ni entonces, ni ahora. No me acerqué hasta que me sentí listo. —Jocelyn —pronuncié su nombre, y fue como soltar una cadena vieja que aún crujía en mi garganta. Se giró, y por un segundo vi la sorpresa teñida de algo más oscuro. Algo que ninguna distancia había borrado. —Hay Maksim no me digas. ¿Eres tú el dueño verdad? —me preguntó. No había incredulidad. Solo la confirmación de algo que parecía molestarle. Asentí. —¿Por qué hiciste esto? Para que me hiciste venir, sabias que era yo. ¿No, es cierto? No contesté. ¿Para qué mentir? Ella ya sabía. Y yo no tenía la menor intención de disfrazar mis intenciones. No la quería como mesera. No la quería trabajando para mí. Ni cerca de otros. Solo la quería mía. Por completo. Abrí la puerta de mi oficina y la dejé abierta al pasar. No miré atrás. No hizo falta. Ella siempre ha entendido mi silencio mejor que cualquiera de mis palabras. Cuando escuché el clic de sus tacones tras de mí, supe que todo iba exactamente como debía. Entró. Cerró la puerta. No hablamos. El silencio era una bestia viva entre nosotros. Se sentó frente al escritorio, al otro lado de mi mundo. Me observó por segundos que pesaban como años. Y entonces rompió el aire. —¿Me odias? Por eso dejaste que viniera. ¿Vas a matarme? No respondí simplemente cerré la puerta nadie se atrevería a entrar. Ella se puso de pie, instintiva, pero ya era tarde. La tomé entre mis brazos, como si cada célula de mi cuerpo supiera exactamente cómo encajar con el suyo. La llevé contra mi escritorio sin una sola palabra. La besé con furia medida, con años de frustración contenida. Su boca me supo a pasado, a herida, a destino. —Esto está mal —gimió, su voz quebrada entre deseo y vergüenza. —Cállate —murmuré contra su piel mientras le separaba las piernas y le arrancaba la ropa interior. La penetre desesperado y con fuerza mientras grito mi nombre ante la sorpresa. Era increíblemente agradable lo húmeda que estaba para mí. Jocelyn se arqueó en mis brazos con cada embestida, gritando mi nombre en un susurro tembloroso, tan roto y perfecto que me volví adicto al instante. Se aferró a mis hombros mientras sus piernas temblaban a mi alrededor. Su blusa se abrió con un solo tirón de mis manos, revelando su sostén y sus pechos que me decían que me había esperado todos estos años. Y lo había hecho. Su cuerpo me lo decía. Sus gemidos también. —Esto sigue sin estar bien. Por favor detente—pidió con la voz queda, pero la traiciono su cuerpo cuando sus piernas rodearon mi cintura y me apretó más contra ella. . —No —le conteste mientras volvía a hundirme dentro de ella. Entraba y salía con una violencia exquisita mientras ella temblaba debajo de mí, su cuerpo completamente entregado, su alma desnuda ante mi poder. La sentía ceder en cada respiración, en cada gemido que escapaba de su garganta como un ruego disfrazado de placer. Jocelyn. La mujer que siempre había deseado... la que durante años me fue negada por la vida. Pero ya no. Ya no habría más barreras. Ya no habría más excusas. Estaba dentro de ella. Profundamente. Violentamente. Eternamente. Mi sexo se hundía en su interior con fuerza, con ritmo deliberado, como si con cada embestida pudiera despojarla de los años que estuvo lejos de mí. Y en parte, lo hacía. Ella me recibía con un calor ardiente, húmeda, dispuesta, con las piernas bien envueltas a los costados de mi cintura y el alma colapsando entre jadeos. —Mírame, Jocelyn. —Tomé su mentón con fuerza y la obligué a sostener mi mirada mientras la penetraba con toda la crudeza que mi cuerpo y mi deseo acumulado podían ofrecerle—. Mírame cuando te hago mía. Sus labios temblaban, sus pechos se alzaban con cada respiración entrecortada. Entraba en ella hasta el fondo, una y otra vez, retirándome lentamente solo para volver a hundirme con un golpe de caderas que hacía que se ahogara en mi garganta. —¡Eres demasiado grande ve más despacio! —No, porque puedes soportarlo porque solo mi cuerpo puede romperte y reconstruirte a la vez. Soy el hombre del que nunca más vas a escapar. Su piel era un incendio. Me incliné, y con la lengua delineé el camino desde su clavícula hasta el borde de su seno. Lo tomé con los dientes, lo succioné con hambre. Gemía. Me suplicaba. Y eso solo me excitaba más. Me incorporé y la sujeté por las caderas, levantándola como si no pesara nada. La senté sobre mí con violencia y la hice cabalgarme, sujetándola del cuello con una mano mientras la otra se perdía entre sus muslos empapados. —Así. Rómpete para mí. La guiaba con brutalidad. Subía y bajaba sobre mi sexo, con la piel chocando, húmeda, salvaje. Jocelyn gritaba, perdía la razón, me arañaba el pecho como si pudiera sostenerse de mí mientras la devoraba viva desde adentro. Y yo no pensaba detenerme. —Desde hoy eres solo mía. Mi mujer. Mi cariño. —Mi voz era una amenaza dulce, una promesa oscura—. Te llevaré a nuestro hogar y no volverás a apartarte de mi lado. Vas a despertar conmigo y a dejarme amarte para siempre. Ella sollozaba y no sabia si de placer o por el pasado. Ya no había vergüenza en su mirada. Solo deseo. Solo entrega. Solo necesidad de ser poseída por mí una y otra vez. La tumbé de nuevo sobre mi escritorio cambiando de posicion, sin dejar de estar dentro de ella. La dominé con mi peso, con mi ritmo. Mis manos atraparon sus muñecas sobre su cabeza y volví a penetrarla con embestidas profundas, hambrientas, letales. Su cuerpo reaccionaba como si fuera creado para el mío. Su interior me apretaba, me atrapaba, me suplicaba que no la soltara nunca más. Y no lo haría. —Dime que eres mía, Jocelyn. Hazlo. O te haré gritarlo hasta quedarte sin voz. —Soy tuya… —susurró con los ojos llorosos por la intensidad del placer—. Maksim, soy tuya… tu mujer… —Siempre lo has sido incluso cuando te entregabas a Viktor. Y ahora nunca más tendrás que dudar eso. Hundí mi lengua en su boca justo cuando alcanzamos el orgasmo juntos, liberándome dentro de ella, marcándola desde lo más profundo, reclamando cada rincón como mío. Porque lo era. Ella era mía. Y al fin, la había tomado por completo. Quizá no como lo había imaginado, ni en el lugar que deseaba, pero en unas horas la llevaría a casa y podría tenerla de nuevo, en mi cama. Todo era perfecto. Simplemente perfecto... hasta que la perilla de la puerta giró y alguien entró sin siquiera tocar. —¿Maldito hijo de perra... qué demonios haces aquí? ¿Por qué no tocas bastardo?
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