*** 2 años antes de la muerte de Viktor ***
Había algo en el bosque que me hacía sentir menos sucia.
No sé si era el sonido del viento entre los árboles, llevándose todo lo que me dolía, o si era simplemente él… Viktor. Dos años antes de que su sangre tiñera las aceras de Brooklyn, antes de que su nombre se volviera susurro entre criminales, Viktor era esto: sombra, refugio, promesa.
El único que no apartaba la mirada cuando yo temblaba sin explicación. El único que no retrocedía cuando mis silencios se volvían demasiado largos. Él me miraba como si existiera una versión de mí que aún valía algo.
—¿Lista? —preguntó, tendiéndome la mano.
Asentí sin hablar. Siempre lo hacía. Mentía a diario diciendo que nos veíamos para trabajar en un proyecto de fotografía escolar, cuando en realidad venía porque estar con él era la única forma de no sentirme tan rota. No era amor. No aún. Era necesidad. Una necesidad que olía a dependencia, no a libertad.
Caminamos por el sendero que me sabía de memoria. Esperaba que me llevara al claro donde solía esconderme sola… pero no fue así. Se desvió. Un paso hacia un camino que nunca había tomado. Un sendero más angosto, casi invisible.
Su mano apretó la mía con más fuerza. No era un agarre violento, pero tampoco era libre. Era firme. Y yo no me solté.
—Confía en mí —dijo sin mirar atrás.
Y lo hice.
El silencio se volvió nuestro idioma. Solo el sonido de nuestras pisadas y el rumor del arroyo cercano llenaban el espacio.
Cuando llegamos, lo entendí. Era un sitio escondido. Intacto. Casi sagrado. El agua del arroyo brillaba como un espejo roto. Una piedra grande descansaba al borde, lo suficientemente lisa para sentarse. Viktor se quitó la chaqueta y la extendió sobre la roca sin decir nada. Su forma de cuidar era silenciosa. Nunca pedía permiso. Simplemente… hacía.
Me senté torpemente, cruzando las piernas como si eso pudiera proteger algo de mí que ya no tenía dueño. Él se acomodó a mi lado, los codos sobre las rodillas, la mirada fija en el agua. Yo, en cambio, lo miraba a él.
Conocía cada línea de su rostro. La mandíbula marcada, los labios tensos que rara vez sonreían. Esa mirada profunda que no necesitaba palabras para hacerme sentir expuesta. No era fuego como Maksim. Era silencio, peso, abrigo. Y eso lo hacía peligroso a su manera.
—El color de las hojas… —murmuró sin girarse—. Verde por fuera, pero más oscuro en el centro. Como tú.
Tragué saliva. El elogio me dolió.
Porque no era cierto.
Yo no era un centro profundo. Era un hueco. Un vacío que se tragaba todo.
Él me había visto en mis peores noches: sin zapatos, bajo la lluvia, tirada sobre un cartón como si la calle fuera mi casa. Me había visto destruida y, aun así, decía cosas así. Palabras que no me pertenecían.
—Viktor… —mi voz tembló, y sus ojos se posaron en mí—. ¿Me trajiste aquí porque quieres acostarte conmigo?
La pregunta se quedó flotando entre nosotros. Pesada. Real.
No respondió enseguida. Parpadeó una vez. Aspiró aire. Me miró como si buscara algo en mi rostro que no estaba seguro de encontrar. Y yo… yo solo quería saber. Saber si era eso lo que lo mantenía cerca.
—Solo quiero entender —continué, demasiado rápido, como si las palabras pudieran protegerme—. Si me deseas por eso. Si soy solo eso para ti. Si es solo mi cuerpo.
Su mirada no se movió.
Su mano rozó mi rodilla. No la aparté. No podía.
—Sí —dijo por fin, con esa voz que parecía construida para afirmaciones que no admiten réplica—. Quiero hacerte mía. Pero no solo por tu cuerpo, Jocelyn. Aunque tú no lo veas, yo sí.
Una fisura se abrió dentro de mí. No era la respuesta que esperaba. Ni buena, ni mala. Era honesta. Y la honestidad duele más que la crueldad cuando estás rota.
Mis dedos buscaron los botones de mi blusa sin que él tuviera que pedírmelo. Cada clic sonó como un pequeño disparo. Una rendición. No lloré. No dije nada. Simplemente, me desabotoné una a una, temblando.
La chaqueta sobre la piedra se volvió mi única frontera. Me tumbé sobre ella con el rostro hacia el cielo. No quería mirarlo. Si lo hacía, tal vez vería compasión. Y eso habría sido peor.
Pero él no lo permitió.
Sus dedos rozaron mi mentón y me obligaron a levantar la vista. Sus ojos me encontraron. Quietos. Fijos. Firmes.
—No apartes la mirada —susurró—. Quiero que me mires cuando te haga mía.
Tragué saliva. Asentí sin voz.
Su cuerpo cubrió el mío con cuidado. No fue brutal. No fue apresurado. Fue firme. Un acto de posesión envuelto en ternura. Esa mezcla rara que solo Viktor sabía tener. Me besó en la mejilla como si eso bastara para convertir lo que venía en algo menos crudo. Pero no lo era.
Cuando me penetró, lo hizo despacio. Su aliento chocó contra mi rostro, cálido, cercano. Mis manos se aferraron a sus hombros por inercia, como si buscara estabilidad en medio de algo que no podía controlar. No temblaba de miedo. Ni de deseo. Temblaba de aceptación.
Esto era lo que yo sabía hacer: dar para no perder.
Abrirme para que no me dejaran atrás.
—Desde hoy eres solo mía —dijo cerca de mis labios, marcando cada palabra como si fueran grilletes—. Mi mujer. Mi posesión. Vas a despertarte conmigo cada día. Vas a abrirte para mí así… siempre.
Su ritmo se volvió más intenso. Sus manos en mis caderas me sujetaban como si el mundo pudiera desarmarse si me soltaba. Sus palabras eran promesas y cadenas. Y yo, en silencio, fingía que era suficiente.
Pero mientras Viktor me hacía suya, mi cuerpo recordaba a otro.
A Maksim.
A su forma de mirarme como si yo ardiera.
A su presencia que no necesitaba ternura para consumir.
La diferencia era brutal. Viktor era abrigo. Maksim era fuego. Y yo… yo siempre quise arder.
Mis piernas lo rodearon porque así se suponía que debía hacerlo. Mis uñas marcaron su espalda porque así lo había visto en las películas. Pero mi alma estaba en otra parte. Mi mente gritaba un nombre que no debía pronunciar. Un nombre que me desbordaba.
Maksim.
El orgasmo llegó como una sombra mientras pensaba en el, sin gloria. Sin magia.
Apenas un temblor.
Viktor se desplomó sobre mí, jadeando, con el corazón golpeándole el pecho. Apoyó sus labios en mi frente con ternura, y fue eso —esa ternura— lo que me rompió.
Porque él merecía a alguien que lo amara. Que lo esperara.
Y yo… yo estaba condenada a amar a otro.
Me vestí en silencio. Él hablaba sobre llevarme a su casa. Sobre cuidarme. Sobre no separarnos nunca. Asentí. Fingí que me parecía bien. Fingí que esa promesa no me ahogaba. Fingí que no era una condena disfrazada de salvación.
Porque solo me importaba no regresar a la casa de mi madre. Ni a Rick.
No volver a dormir con miedo.
Pero tampoco volvería a ser libre.
Y aunque me besó como si fuéramos eternos, yo ya estaba condenada a amar a otro.