Capítulo 10 – Maksim

1407 Words
—¿Maldito hijo de perra… qué demonios haces aquí? ¿Por qué no tocas, bastardo? No me importó estar desnudo. Ni que Jocelyn aún tuviera mis marcas frescas sobre su piel. Ni que el aire estuviera cargado con lo que acababa de suceder entre nosotros. Lo único que me importó fue que Dimitri había irrumpido. Que su sombra había tocado lo que era mío. Jocelyn se cubrió instintivamente con lo primero que encontró, como si el pudor fuera una muralla capaz de protegerla de lo inevitable. Sus ojos se cruzaron con los de mi primo y en un solo segundo todo se derrumbó. No pude retenerla. Salió corriendo con el cabello enredado, las piernas temblorosas y mi nombre aún atrapado en su garganta. —Jocelyn, espera —gruñí, pero fue inútil. La puerta se cerró con fuerza, dejando tras de sí un silencio espeso. Dimitri caminó sin prisa hacia la silla frente al escritorio y se sentó como si nada, observando la ropa interior rota en el suelo con una media sonrisa. —Considerando que ya tiene un mes en la cuidad tardaste demasiado en cogértela —soltó con esa voz tranquila que usaba solo cuando quería joderme—. Pensé que la arrastrarías a la residencia en cuanto pisó Nueva York. —¿Desde cuándo lo sabes? ¿Te lo dijo Roman? —pregunté mientras me ponía de pie. No hice el intento de cubrirme. Él era mi hermano de sangre. No había nada que esconder. —¿Tus sentimientos o que Jocelyn volvió? —Bebió la ironía como si fuera agua—. Cualquiera de las dos ya lo sabía. No eres precisamente discreto entre la familia. Caminé hasta el minibar con la rabia latente bajo la piel. El cristal de la botella brillo al servir el vodka. Dos vasos. Uno para él. Uno para mí. Lo necesitaba. La maldita sensación de verla huir me estaba quemando por dentro. —¿Quién más lo sabe? —pregunté, la voz más densa que el alcohol que caía en el vaso. Dimitri lo tomó, alzó el brazo en un brindis silencioso y bebió de golpe. —Solo la familia. Viktor no quería verlo, pero Roman y yo… siempre lo supimos. —Me sostuvo la mirada, sin filtros—. Estuviste condenado desde que la miraste por primera vez. Esa frase me perforó como una bala vieja que encuentra el hueso exacto. Tomé el vaso y bebí sin respirar. El ardor no era nada comparado con el que me habitaba. —Estás perdido —añadió, dejando el vaso sobre el escritorio—. Lo sabemos. Lo hemos visto. Años callaste, te hundiste mientras ella estaba con él. Pero ahora… ella regresó y Viktor esta muerto. Tienes una segunda oportunidad. La puerta aún temblaba por el golpe. Y yo también. No era solo rabia. Era miedo. Era el eco de haberla dejado escapar una vez. De haberla visto en brazos de Viktor y no haber hecho nada. De haberme conformado con observarla como un animal enjaulado mientras mi propia sangre la reclamaba primero. —Aún me pregunto cómo tuve la mala suerte de que Viktor la encontrara antes —murmuré, más para mí que para mí hermano. Dimitri soltó una risa seca, sin alegría. —Porque Viktor siempre fue más rápido. No más digno, no más fuerte. Solo… más listo. Y tú estabas demasiado ocupado escondiendo tu obsesión por el control que no la viste tirada en el suelo cuando los cinco pasamos justo por donde ella estaba. Sus palabras eran cuchillas. Y lo peor era que tenía razón. Me serví otro trago, más corto. La mano me tembló apenas un segundo. No por debilidad. Por rabia contenida. —Te repito Viktor murió —continuó—. Vera también. Roman está jodido desde entonces. Pero tú… tú estás vivo. Y ella también. —Se inclinó hacia mí, más serio—. No la dejes escapar otra vez. Lo observé en silencio. Dimitri podía ser un idiota, pero cuando quería, sabía exactamente dónde golpear. Y siempre golpeaba en el centro. —Maldito hijo de perra… —mascullé—. ¿Por qué no tocaste? —Porque no imaginé que estuvieras con ella —dijo riendo entre dientes—. Aunque debería haberlo hecho. Eres predecible cuando se trata de Jocelyn. No respondí. Porque no había nada que negar. Todos lo sabían. Ella era mi punto débil. —¿Por qué estás aquí, Dimitri? —pregunté finalmente, cansado de su sonrisa. Su rostro se endureció, como si se hubiera quitado una máscara. —Dominik. —La palabra cayó como plomo—. Está realizando moviendo muy extraños. Creo que está considerando traicionarnos. Fruncí el ceño. Llevaba días con el mismo presentimiento. —Ya lo estoy investigando —dije tras una pausa—. Me cuesta creer que se atreva a traicionar a Roman… pero en este mundo, solo se puede confiar en la sangre. —Exacto —afirmó Dimitri, poniéndose de pie—. Lo demás es reemplazable. Incluyéndolo a él. Asentí sin decir más. Él se marchó como había llegado: sin pedir permiso. El eco de la puerta al cerrarse me dejó solo con mis demonios. Me recosté en el sillón de cuero. La habitación aún olía a lo que habíamos hecho, pero lo que me dolía no era eso. Era la imagen de Jocelyn corriendo. La forma en que sus ojos se llenaron de algo parecido al miedo. O tal vez era culpa. Tal vez era amor. Tal vez… simplemente era la huida de alguien que no sabe cómo quedarse. Cerré los puños. No podía perderla otra vez. No después de todo. Ella es mi tormenta y mi cura. Mi adicción más violenta. La he seguido más veces de las que podría confesar. A distancia. Como un fantasma que no sabe morir. Caminé tras ella por calles oscuras, escuché sus pasos cuando no podía tocarla. La protegí sin que lo supiera. No por bondad. Por necesidad. Saqué el teléfono del bolsillo interior de mi chaqueta. El rastreador que le había colocado cuando me infiltré en su casa rodante parpadeaba en la pantalla. Estaba ahí. Donde siempre huía cuando se sentía acorralada. Activé la seguridad del sistema. Abrí la galería. Las fotos que le tomé aquella noche en que dormía aparecieron en la pantalla una tras otra. Su cuerpo desnudo entre las sábanas. Su respiración tranquila. Sus labios entreabiertos como si esperaran mi nombre. Había querido borrarlas más de una vez. Nunca lo hice. Pronto no necesitaría imágenes. Pronto la tendría cada día, abierta para mí, temblando solo por mí. No porque la fuerza, sino porque no sepa vivir sin mí. Ese es el plan. Siempre lo fue. Me vestí sin prisa. Cada movimiento era calculado. Preciso. El silencio de la habitación se mezclaba con la determinación que llevaba años construyendo. No soy un hombre impulsivo. Soy un hombre que espera. Y cuando espera, destruye. Bajé al garaje subterráneo. Mi Aston Martin n***o me esperaba como un cómplice silencioso. Encendí el motor. El rugido me recorrió la piel como un recordatorio de quién soy cuando dejo de fingir humanidad. La ciudad se desplegaba frente a mí como un infierno vestido de paraíso. Las luces de Nueva York no brillaban. Ardían. Y yo… ardía con ellas. Aceleré, entre autos, sin música, sin distracciones. Solo el sonido del motor y el latido helado de mi corazón. El navegador marcaba que estaba a menos de cinco minutos. Cada segundo que pasaba, mi respiración se volvía más contenida. Más peligrosa. Me detuve en su calle. Apagué las luces. El silencio me envolvió como un viejo aliado. Desde la acera podía ver la ventana de su casa rodante. Un par de cortinas temblaban con el viento. Ningún movimiento más. Bajé del auto. La noche era fría, pero yo no lo sentía. No sentía nada. Solo la determinación latente. Esta vez… no se iría. Esta vez no habría escapatoria. No de mí. Pero mientras daba el primer paso hacia ella, un pensamiento me golpeó sin permiso. El rostro de Jocelyn cuando me miró al irse. No era odio. No era solo miedo. Era algo más profundo. Algo que me dolía admitir. Me quedé quieto, con el motor apagado detrás de mí y la oscuridad cubriéndolo todo. El plan era simple. Pero el corazón… el corazón no sabe de planes. Y aún así, no sé si al tenerla… voy a salvarme o a perderme para siempre.
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