Capítulo 11 – Jocelyn

1567 Words
El mundo se sentía menos real cuando dormía. Y esa noche, entre lágrimas y temblores, me rendí al cansancio sobre el colchón delgado de la casa rodante, aún oliendo a él, aún temblando por lo que ocurrió en su oficina. Me dije que debía olvidar, que debía irme. Que debía resistirme… Pero una parte de mí sabía que no importaba cuánto huyera. Él vendría por mí. Y lo hizo. Lo sentí antes de abrir los ojos. El cambio en el aire. El crujir leve del suelo bajo su peso. El modo en que la atmósfera entera se volvía más densa cuando Maksim entraba a una habitación. Un segundo después ya estaba encima de mí. Su cuerpo, caliente y pesado, me aplastó contra el colchón. Su mano se cerró sobre mi boca, impidiéndome gritar. Su otra mano, firme y segura, levantó mi blusa sin pedir permiso. Lo que encontró debajo… lo hizo gruñir. —¿Por qué te dormiste llorando? —dijo en voz baja, con esa mezcla de furia contenida y ternura que solo él sabía manejar—. ¿Por qué, Jocelyn? Sus dedos rodearon uno de mis pechos, y mi cuerpo reaccionó al instante, como si supiera que solo él tenía derecho a tocarme así. Mi piel ardía bajo su contacto. Mi respiración se volvió errática. Y nuestros ojos… se encontraron. Cargados de todo lo que nunca dijimos. De todo lo que siempre quisimos. Su mirada me quemaba. Me leía. Y yo… me rendí. Cuando retiró su mano de mi boca, no escapé. Lo atraje hacia mí con ambas manos y lo besé. Con rabia. Con deseo. Con entrega. Maksim gruñó en mi boca, y su beso se volvió salvaje. Su lengua invadió mi boca como su cuerpo había invadido mi alma años atrás. —Eres mía —murmuró con la voz rasposa mientras me desnudaba con manos torpes por la urgencia—. Siempre lo fuiste. Incluso cuando fingías que no. —Lo soy —susurré, y vi cómo sus ojos se oscurecían por completo. Me termino de quitar la ropa, y mientras yo le ayudaba con la suya su mirada se clavó en mi cuerpo desnudo con tal intensidad que me sentí vulnerable… pero también deseada. Codiciada. —Mírate… tan perfecta, tan lista para mí —dijo mientras se quitaba la camisa. Su torso era mármol, sus tatuajes una promesa oscura grabada en carne viva—. Abre las piernas, Jocelyn. Lo hice. Por él. Solo por él. Se acomodó entre ellas y bajó la cabeza. Pensé que iba a penetrarme… pero en cambio, su lengua me recorrió entera. Lenta. Con una precisión devastadora. Grité su nombre. Me arqueé. Me perdí. —¿Te gusta? —preguntó con arrogancia oscura. —Sí… Dios, sí… —Entonces prepárate para que te lo dé todo. Hasta que no puedas pensar en nadie más. Hasta que olvides cómo se siente no tenerme dentro. Y lo hizo. Se incorporó y me penetró de un solo golpe. Grité, más por la intensidad que por dolor. Su tamaño me llenó hasta el límite. Se detuvo un segundo, sosteniéndose con fuerza sobre mis caderas. —Así… —gruñó—. Así se siente lo que es tuyo también, mi reina. —Maksim… —Dilo —exigió mientras comenzaba a moverse, lento y profundo—. Dime de quién eres. —Tuya… Soy tuya. —Más fuerte por todos estos años que estuviste lejos de mi. —¡Tuya! ¡Solo tuya! Su ritmo cambió. Se volvió rudo. Brutal. Su pelvis chocaba contra la mía con fuerza, haciendo que toda la cama temblara. Su mano se cerró en torno a mi garganta, firme, dominante pero, sin lastimarme. —Eso es… —susurró, inclinándose hasta mi oído—. Déjame llevarte donde nadie más puede. Déjame romperte… y luego armarte de nuevo. Yo no podía pensar. Solo sentir. Él me manejaba como quería. Me alzaba las caderas. Me daba embestidas lentas y luego otras tan salvajes que gritaba. Pero lo que más me desgarraba… era la forma en que me miraba. Como si cada gemido mío fuera gasolina para su fuego. —Eres tan jodidamente hermosa cuando gimes como puta —jadeó—. Me vuelves loco, Jocelyn. Me puso de rodillas. Me tomó de la cintura. Y volvió a entrar en mí desde atrás. Con más fuerza. Más hambre. Mi frente se apoyó contra el colchón mientras mi cuerpo se estremecía. —Mía —gruñó de nuevo, cada vez más salvaje—. Mía. Mía. ¡Mía! —¡Sí! ¡Sigue, por favor! —grité. Su mano se deslizó por mi vientre hasta mi centro, acariciándome mientras me penetraba. Quería darme placer. Quería poseerme, sí, pero también quería llevarme al límite. Que el orgasmo me arrancara el alma por dentro. Y lo consiguió. Me corrí gritando su nombre, los músculos contrayéndose alrededor de él. Él jadeó, maldijo en ruso, y se vino conmigo, empujando una última vez con tanta fuerza que sentí que me derretía. Cayó sobre mí. Pesado. Jadeante. Aún dentro. Me rodeó con sus brazos. No dijo nada. Solo me sostuvo. —No puedes irte otra vez —susurró con voz quebrada—. Que lo que hiciste esta tarde no se repita. No lo soportaría y te aseguro que habría consecuencias muy serias. Me giré lentamente para mirarlo. —No quiero irme, Maksim. Y lo vi. El fuego en sus ojos. El miedo. La obsesión. El amor que nunca supimos nombrar. Él me besó de nuevo mordiendo mi labio y haciéndolo sangrar. Su voz fue apenas un soplo: —Mía. Y yo sonreí hasta que no recuerdo en qué momento me venció el sueño. Cuando abrí los ojos, el sol se filtraba por la ventana sucia de la casa rodante. No supe cuántas horas habían pasado. Solo que él seguía ahí. Despierto. Sentado al borde de la cama con la camisa desabotonada y el celular en la mano. Me miraba como si yo fuera lo único real en su mundo. —Ya es hora de irnos —dijo, sin rodeos. —Solo… déjame preparar café antes, ¿sí? —pedí, aún con la voz ronca de tanto gemido contenido. Maksim me observó un segundo… y asintió. —Un poco de café no nos matará. Me levanté sin decir nada más, aún con el cuerpo adolorido, las piernas temblorosas y el corazón latiendo a destiempo. La cafetera vieja rechinó cuando la puse a trabajar, y el olor a café recién hecho se mezcló con el perfume áspero del sexo que aún flotaba en el aire. Mientras el agua comenzaba a burbujear, me dirigí hacia el pequeño mueble que usaba como armario. Saqué una bolsa de tela y empecé a guardar algunas cosas. Un par de fotos. Un cuaderno viejo. Una pulsera que había sido de mi madre. Pero antes de que pudiera seguir, sus manos rodearon mi cintura. —No hace falta que empaques ropa —susurró contra mi oído. —¿Cómo qué no? —Ya me encargué de llenar el clóset con cosas para ti. Lencería. Vestidos. Zapatos. Lo que se que te gustara. Lo que mereces. —Maksim… eso no es necesario. No quiero estar contigo por tu dinero. Yo puedo trabajar. Puedo cubrir mis gastos. Él soltó una risa oscura, profunda. Me giró con firmeza y me atrajo hacia su pecho desnudo, su mirada completamente posesiva. —Estás loca si piensas que voy a dejar que trabajes. —¿Y por qué no? ¿Acaso te dan celos? Si quieres, incluso puedes contratarme en La Luna Roja, podría… No me dejó terminar. Su boca atrapó la mía con fiereza. Me dejó sin aliento. Y cuando se separó, sus palabras fueron una sentencia: —No vas a trabajar. No vas a salir de nuestro hogar sin mí. Yo voy a proveer todo para ti, Jocelyn. No voy a ponerte en una posición innecesariamente peligrosa. Punto. Mi boca se abrió, pero las palabras no salieron. No era lo que quería. Pero una parte de mí… la parte que aún se sentía temblorosa, amada, marcada por su cuerpo… sabía que discutir no cambiaría nada. —Está bien —dije al final, bajando la mirada—. Pero no prometo no insistir. Él sonrió. Esa sonrisa torcida y arrogante que me desarma. —No esperaba menos de ti. La cafetera pitó. Serví dos tazas. El silencio se volvió cómodo. Casi íntimo. Maksim tomó la suya mientras me observaba sentarme frente a él. —¿Qué hiciste con el sillón? —preguntó, sorbiendo el café—. El que ocupaba toda la sala. Era… enorme. No entiendo cómo lo sacaste tú sola. —¿Cómo sabes lo del sillón? —respondí, sin mirar después negué con la cabeza imaginando el cómo—. Me sofocaba — respondí al final sin querer entrar en detalles. Lo sentí moverse. Sentí su intensidad incluso antes de que hablara. —¿Fue ahí donde te violó? Mi cuerpo se tensó de inmediato. —No quiero hablar de eso —susurré. Ni siquiera sabía cómo él sabía lo que pasó. Nunca se lo conté a nadie. Ni siquiera a Viktor. Como si leyera mi mente, Maksim se acercó y, con una expresión imperturbable, dijo: —Cuando Viktor y yo lo matamos, lloró como una niña. Te hubiera encantado verlo suplicar. Mi respiración se detuvo mientras una parte de mí se estremeció de horror.
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