Capítulo 12 – Maksim

1052 Words
El silencio que siguió a mis palabras fue denso, como humo de pólvora recién disparada, suspendido entre nosotros, empapando la piel con verdades que ardían. No me arrepentía. Ni de haberlo dicho, ni de haberle arrancado el alma con las manos desnudas. El remordimiento no vive en hombres como yo. Pero verla temblar… eso era otra historia. Eso sí me jodía. No por mí. No exactamente. Sino por el dolor que aún se negaba a abandonar su cuerpo. Y maldita sea, yo lo sentía como si me perteneciera también. Ese veneno se deslizaba por su piel como si fuera mío. Como si yo también estuviera contaminado. Necesitaba arrancarlo. Succionar cada rastro, tatuar mi nombre sobre cada herida, hasta que solo quedara mi marca. —Lo siento —dije con voz baja, y eso ya era demasiado para alguien como yo—. No debí sacar el tema. Solo… quiero que sepas que conmigo no hay secretos. Ni verdades dulces ni máscaras que te oculten mi oscuridad. Lo que quiero contigo es real, Jocelyn. Y eso significa que voy a mostrarte el infierno… y también cómo sobreviví a él. Ella asintió apenas, sin mirarme. El café en su taza se enfriaba. Yo también. Me puse de pie, rodeé la mesa y la tomé entre mis brazos sin pedir permiso, como quien sostiene algo que podría quebrarse… o incendiarse. Su cuerpo reaccionó al instante, como si ya me perteneciera de forma instintiva. Quizá siempre fue así. Quizá desde la primera vez que la vi, con esos ojos tristes y la boca rota en sonrisas fingidas. Ella envolvió sus brazos alrededor de mi cuello. Apoyó la cabeza sobre mi pecho y juro que en ese segundo, el mundo se calló. Todo. Mis demonios. El pasado. El eco de su abuso. Todo se volvió ella. Solo ella. —Vámonos —susurré, rozando su frente con mis labios—. No quiero que respires ni un segundo más de este aire podrido. El trayecto a la torre donde se encontraba la residencia fue silencioso, pero cargado. Cada vez que frenaba en un semáforo, su mano se deslizaba hacia la mía. Cada vez que la calle vibraba con el rugido del motor, su respiración cambiaba, como si ya supiera que estaba cruzando la línea hacia otro mundo. Y cuando finalmente cruzamos el portón de acceso privado, vi su mandíbula tensarse. —¿Todo esto es tuyo? —preguntó, mirando la fachada como si fuera un espejismo. —De la familia… los Mikhailov y los Vetrov. —corregí con voz grave, dejando que la palabra familia se enredara con su nombre en mi mente. La Torre emergía como una catedral oscura en el centro de un mundo podrido. Todo de cristal oscuro y acero n***o, como un templo moderno para monstruos como yo. Ahí no entraban extraños. No sin el permiso de Roman, Dimitri, Alexei o el mío. Cada piso estaba diseñado para satisfacer las necesidades de los que éramos más que simples hombres: Una sastrería que solo trabaja para cubrir nuestros cuerpos. Una clínica equipada para cirugías discretas o balas que no deben dejar rastro. Una boutique que solo abre para nosotros. Una galería de arte. Una zona de tiro subterránea. Una biblioteca privada con manuscritos que valen más que muchas vidas. Un puto edén construido sobre cadáveres. Y en la cúspide… Los cuatro penthouse. Nuestros refugios. El único lugar donde podía tenerla a ella sin que el resto del mundo interfiriera. El elevador nos llevó hasta el último piso sin detenerse. Cuando las puertas se abrieron, Jocelyn tragó saliva. No por miedo. Sino por el asombro que estalló en sus pupilas. Como si al cruzar esa línea, dejara de ser una mujer rota… y pasara a ser mi reina. La entrada era sobria pero opulenta. Mármol blanco con vetas negras, un mural de ónix tallado por manos italianas, y una hilera de luces doradas que marcaban el camino hacia el interior. No dije nada. Solo caminé con ella en brazos, cruzando cada umbral como si estuviésemos sellando un pacto sin retorno. Sus dedos se aferraron más fuerte a mí. —¿Y si no me gusta el color del mármol? —murmuró, burlona. —Entonces lo haré polvo —respondí sin vacilar—. Haré que cada sección se derrumbe si eso arranca una risa tuya. Ella se rió, suave. Pero sentí que su risa era real. Y eso, para mí, valía más que cualquier contrato firmado con sangre. Pasamos el salón principal, el vestíbulo, el invernadero privado… hasta llegar a mi recámara. La abrí con la palma. Un sensor ocular hizo el resto. La puerta se deslizó como un suspiro contenido de deseo. Entramos. El lugar era un templo consagrado al pecado: Cortinas de terciopelo rojo profundo, alfombras persas tan suaves que harían callar los pasos de un asesino. Una cama de cuatro columnas doradas, con sábanas negras, cojines carmesí y cadenas ocultas en los bordes. A los pies, un diván victoriano con una charola de plata donde ya nos esperaba una botella de vino tinto y dos copas talladas a mano. Y sobre la pared principal, un mural en bajo relieve de una loba siendo perseguida por un lobo. Jocelyn y yo. Incluso aquí. Sus ojos se agrandaron. —Esto es… como un sueño. Como si me hubieras esculpido dentro de tu obsesión. —Eso hice —confesé mientras cerraba la puerta con un pie—. Cada rincón, cada sombra… fue pensado para adorarte y atraparte a la vez. Me llevó apenas dos segundos besarla de nuevo. Esta vez con menos furia. Más hambre. Más devoción. Su cuerpo seguía tembloroso, pero ya no era miedo. Era la anticipación de una mujer que sabe que está a punto de ser devorada. Mi excitación me golpeó como un martillo. Tanto que dolía. Sentí cómo mis pantalones se volvían una prisión y mis pensamientos se llenaban de su cuerpo húmedo. Ella me miró de reojo entendiendo mi necesidad antes de morderse el labio. —¿Puedo ducharme antes de… ya sabes? Contuve un gemido. Mis manos ya querían deshacerla. —Claro, amor —murmuré mientras le acariciaba la mejilla con los nudillos—. Nos bañaremos juntos. Será mi forma de volver a escribir sobre tu piel, centímetro a centímetro, hasta que solo yo viva en ti.
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