El agua recorría mi espalda con una cadencia casi hipnótica, acariciándome como lo habían hecho sus dedos minutos antes. Maksim me había lavado con una ternura inusual, como si estuviera purgando algo más que sudor y pecado. Como si al limpiar mi piel también quisiera borrar los rastros de otros hombres, de otras manos, de otros recuerdos.
Pero yo sabía que no era compasión lo que me ofrecía.
Era dominio. Propiedad.
Se mantuvo de pie frente a mí, como una sombra sólida, con el pecho henchido y los ojos fijos en los míos. El vapor lo envolvía, dándole un aura casi divina. Y aun así, no era un dios. Era un demonio hecho carne. Uno al que yo ya me había entregado sin condición.
—De rodillas, Jocelyn —ordenó con voz ronca.
Mi cuerpo reaccionó solo. Hundí mis rodillas en el mármol caliente de la regadera, sintiendo cómo el deseo me hacía temblar desde las entrañas. Cuando levanté la mirada… lo vi.
Dios.
Su erección me golpeó como un puñetazo en el pecho. Alta, gruesa, palpitante. Veinticinco centímetros de brutalidad. No comprendía cómo había entrado en mí la noche anterior. Y menos aún cómo pretendía que ahora lo recibiera por la garganta.
Pero no protesté.
Abrí los labios.
Maksim guió la punta contra mi boca, y luego… se hundió sin piedad.
Mi garganta se tensó de inmediato, mis ojos se llenaron de lágrimas. Era demasiado. Me ahogaba. Pero él no se detuvo. Sujetó mi cráneo entre sus manos grandes y firmes, y comenzó a embestir mi boca con la misma violencia con la que la noche anterior había destrozado mis límites.
Cada golpe de cadera era una declaración.
Cada centímetro, una condena.
Me sentía invadida, usada… adorada.
—Así, preciosa… mírame mientras lo haces —gruñó.
Obedecí. Mis ojos se alzaron y encontraron los suyos. Ardían. Estaba perdido en mí. Completamente.
El agua seguía cayendo, mezclándose con las lágrimas que no lograba contener. Mi cuerpo luchaba por respirar, por seguir de pie, por no romperse. Y aún así, me aferraba a él. A sus muslos. A su sombra.
Lo sentí tensarse. El espasmo en su abdomen, el jadeo en su pecho. Iba a correrse.
Y no me aparté.
Se derramó en mi garganta con un gemido ahogado, feroz, mientras sus dedos se enterraban más en mi cabello. Lo recibí todo. No escupí. No me limpié. Solo tragué. Como si así pudiera tenerlo más dentro de mí.
Cuando me soltó, jadeaba. Su pecho subía y bajaba con violencia. Me miró desde arriba, los ojos encendidos, y entonces me tomó por el mentón, forzándome a alzar la cara hacia él.
—Te gustó, ¿no es verdad? —susurró con voz áspera—. Te gustó tragar toda mi esencia.
No pude evitarlo. Asentí, avergonzada. Con las mejillas ardiendo. Con la garganta aún ardiendo.
—¿Quieres más? —preguntó, con una sonrisa perversa—. ¿Quieres más de mí?
Volví a asentir, esta vez más despacio. Mi vergüenza era tan evidente como el temblor en mis piernas.
Él soltó una risa baja, oscura, que vibró en el espacio cerrado como un eco maldito.
—¿Por qué diablos te da pena? —me obligó a mirarlo de nuevo—. Eres mía, Jocelyn. Mi mujer. Mi puta… y también mi único amor.
No tuve palabras. Solo lágrimas nuevas. Y deseo.
Maksim cerró la llave de la regadera con un movimiento seco, sin apartar su atención de mí ni por un segundo. Tomó una toalla grande y me envolvió con ella como si fuera algo frágil. Me secó con calma, sin prisa, sin apartarse nunca. Apenas se preocupó por él mismo.
Solo me quería limpia. Mía. Lista.
—No te preocupes por el desastre —murmuró mientras me alzaba en brazos—. Alguien se encargará de limpiar todo más tarde.
Me llevó hasta la cama como si aún me perteneciera cada centímetro del cuerpo, y cuando me depositó sobre las sábanas suaves, el mundo volvió a detenerse. Se deshizo de la toalla con la misma precisión con la que se deshacía de mis miedos. Y me observó con hambre.
—Ahora ponte en cuatro —ordenó con esa voz baja, grave, que me derretía por dentro—. Te voy a follar el culo.
Sentí que el aire se me iba. No por miedo. Sino por deseo.
Me giré lentamente, con el cuerpo aún temblando, pero obedecí.
Me posicioné como él quería. Vulnerable. Expuesta. Suya.
El colchón crujió detrás de mí, y su sombra me cubrió. Sentí cómo sus manos separaban mis nalgas con firmeza, dejando al descubierto mi entrada trasera. Estaba tan sensible, tan receptiva, que un solo aliento sobre mi piel bastó para que se me erizara el cuerpo.
—Eres tan jodidamente perfecta… —gruñó—. Hecha para mí. Cada rincón de este cuerpo es mío.
Y entonces lo hizo.
Escupió con fuerza sobre mi entrada trasera. El sonido fue vulgar. Su toque, brutalmente íntimo.
—Te voy a llenar hasta que no puedas pensar —murmuró, alineándose detrás de mí—. Y no voy a parar hasta que grites que me amas mientras te rompo.
Sin aviso y dominante.
Me embistió de una sola vez.
—¡Mierda! —grité con un jadeo entrecortado, mis codos temblando, el aire escapando de mis pulmones.
Me llenó por completo en un solo golpe de cadera, haciéndome casi colapsar sobre las sábanas. Mi cuerpo ardía, tenso, inundado de él.
—Así… así se siente cuando te marca el hombre que amas y que te ama de verdad —gruñó—. ¿Lo sientes? Te tengo toda.
Se inclinó sobre mí, cubriéndome con su peso mientras sus manos atrapaban mis pechos con una mezcla de ternura y desesperación. Me los amasó con fuerza, como si necesitara confirmar que realmente eran los míos.
—Eres mi perra preciosa —susurró, jadeando sobre mi cuello—. Y te amo. Maldita sea, te amo tanto que me quema por dentro.
Me embistió con fuerza. Me estremecí bajo él. El placer subía con violencia, envolviéndome en una espiral imposible de escapar. Estaba a punto de correrme… cuando se detuvo.
—No —dijo con los dientes apretados—. No te corres todavía.
Gemí de frustración. De deseo. Me sacó un sollozo que no pude controlar.
—No hasta que supliques de verdad.
Su respiración temblaba. La mía se rompía.
—Por favor… Maksim… por favor…
—¿Por qué debería? —preguntó con oscuridad, mordiéndome el hombro con los dientes justos para dejar su marca—. ¿Porque estás tan caliente que ya no puedes pensar? ¿Porque te vuelvo loca? ¿Porque sabes que soy el único que puede joderte así?
—Porque te amo—gemí—. Solo a ti…
—Eres mía y de nadie más. Y si alguien siquiera se atreve a tocarte… si otro cabrón cruza la línea, lo mato. ¿Me entiendes Jocelyn? Lo mato sin dudarlo.
—Sí… —susurré, con el alma temblando—. Soy solo tuya Maksim.
—Ahora córrete para mí.
Y lo hice.
Grité su nombre y le decía que lo amaba una y otra vez desgarrada, temblando, sintiendo cómo me rompía por dentro y por fuera. Maksim se vino segundos después, gruñendo, enterrado hasta el fondo, derramándose con tanta fuerza que sentí su calor expandirse dentro de mí.
Se quedó así. Pegado. Fundido conmigo. Como si con su cuerpo intentara tatuarme desde adentro.
—Mía… —susurró contra mi espalda, con voz rasgada—. Para siempre, maldita sea. Para siempre mía.