LA BÚSQUEDA

1591 Words
El amanecer llegó sin piedad. Aria y Cayel estaban en una habitación de motel en las afueras de Madrid, a treinta kilómetros de la ciudad. Las paredes eran delgadas, el aire olía a humedad y desesperación, y la única ventana daba a una autopista que nunca dormía. Isadora estaba en la habitación contigua, monitoreando las comunicaciones de la Orden. Mateo había desaparecido para conseguir suministros y información. Aria estaba sentada en el borde de la cama, observando cómo la Marca del Espejo Roto trepaba lentamente por su brazo izquierdo. Ahora llegaba casi hasta su codo. El gris plateado pulsaba con su propio ritmo, como si fuera un corazón separado latiendo dentro de ella. —Duele menos de lo que esperaba —susurró. Cayel estaba de pie cerca de la ventana, su perfil recortado contra la luz grisácea del amanecer. Llevaba la misma ropa de la noche anterior: abrigo de cuero n***o, pantalones oscuros. Pero se veía diferente ahora. Agotado. Asustado. Perdido. La Marca en su brazo era casi idéntica a la de Aria. Ambos estaban conectados por el mismo veneno. —La Marca comienza lentamente —respondió Cayel, sin girar—. Primero es adormecer. Luego viene el dolor. Luego, cuando llega a tu corazón... —dejó la frase sin terminar. No necesitaba terminarla. —¿Cuánto tiempo nos queda? —preguntó Aria. —Dieciséis horas —respondió Cayel, consultando su reloj—. Tal vez diecisiete si somos afortunados. Aria cerró los ojos. Dieciséis horas para encontrar a una mujer que nunca había conocido. Una madre que había sido arrancada de su vida antes de que ella supiera que existía. Una madre que supuestamente podía salvarla. Si es que la creía. —Isadora dice que sabe dónde está tu madre —dijo Cayel, girándose finalmente para mirar a Aria—. Hay un lugar. Un santuario entre los mundos, similar al mío pero más antiguo. Construido hace seiscientos años por ángeles caídos que buscaban paz. —¿Dónde? —preguntó Aria. —En los Pirineos. Hay una montaña, casi desconocida en los mapas. Se llama Mont de l'Ombre en francés. La Orden de la Luz tiene registros de su existencia, pero la mantienen en secreto. Isadora dice que hay una puerta. Una puerta que solo puede ser abierta por alguien con sangre celestial y demoniaca. Aria levantó su brazo marcado. El gris plateado brilló débilmente bajo la luz matutina. —Por alguien como yo. —Exactamente —confirmó Cayel—. Aria, tú eres el puente. Eres la única que puede llegar allí. Aria se puso de pie. Caminó hacia Cayel. Cuando estaba lo suficientemente cerca, pudo sentir el calor que irradiaba de él. Era como estar cerca de una hoguera en la oscuridad. —Si vamos a los Pirineos, nos van a seguir —dijo Aria—. La Orden, Elena Nocturna, el Abismo entero si descubren que hemos escapado. —Lo sé —respondió Cayel—. Por eso es importante que nos movamos rápido. Y por eso —extendió su mano hacia ella—, necesitamos conectar completamente. Ahora. Mientras aún tenemos tiempo. Aria miró su mano. Conocía lo que pasaba cuando se tocaban. Conocía la intensidad de la conexión. Y sabía que si la tocaba ahora, en esta habitación oscura, con la Marca pulsando en ambos... No sabía si podría controlarse. —¿Qué sucede si conectamos completamente? —preguntó Aria, aunque pensaba que ya conocía la respuesta. —Nos convertimos en una cosa —respondió Cayel suavemente—. No físicamente, pero mágicamente. Nuestras mentes se tocan. Nuestros recuerdos se entremezclan. Vemos a través de los ojos del otro. Y lo más importante... compartimos la carga de la Marca. En lugar de dos personas muriendo en dieciséis horas, tenemos la oportunidad de que uno aguante más si el otro cede. —Eso es un sacrificio —dijo Aria. —Es amor —corrigió Cayel—. Que es lo mismo. Aria tomó su mano. El mundo desapareció. No gradualmente. Instantáneamente. Un segundo estaban en el cuarto de motel en España, y el siguiente estaban en un vasto océano de recuerdos. Aria vio: La infancia de Cayel. Un palacio subterráneo hecho de piedra viva y magia antigua. Paredes que palpitaban como si estuvieran vivas. Su padre, un Señor del Abismo imponente y aterrador, enseñándole que la compasión era debilidad. Su hermana Elena, hermosa y cruel, aprendiendo a manipular magia y política antes de poder caminar. Cayel, siempre diferente. Siempre cuestionando. El momento en que su padre murió. Una batalla en la frontera con el Reino Celestial. Cayel viendo el cuerpo de su padre colapsar, viendo los últimos momentos de su vida, sintiendo cómo su padre le susurraba: "Perdóname por no enseñarte a odiar lo suficiente". El exilio. El rechazo de su hermano Darío. Los años de soledad, escondido en las ciudades humanas, buscando una razón para existir. El agotamiento lento de estar separado de su Espejo de Almas. Y luego: Aria. El primer momento en que Cayel la vio en los archivos de la Orden. Vio su foto y sintió como si alguien hubiera rasgado el cielo. Supo, en ese instante, que había encontrado lo que había estado buscando toda su vida. Y Aria vio: Su infancia antes del trauma. Una madre cálida con ojos de luz celestial. Un padre que visitaba solo en sueños, un hombre de poder y fuego que le traía regalos mágicos. Una hermana mayor, Sofia, que la protegía. Una vida que no sabía que era mágica porque parecía completamente ordinaria. Luego: El día que cambió todo. Sofia fue capturada por la Orden de la Luz. Aria la vio a través de los recuerdos de Cayel (que había investigado el incidente): Sofia estaba en una habitación subterránea, encadenada, mientras cazadores la interrogaban. "¿Cuál es la identidad del demonio que amas?", preguntaban. Sofia se negaba a responder. Aria sintió el miedo de su hermana. Sintió el coraje. Sintió el momento en que Sofia decidió morir antes que traicionar a la persona que amaba. Y luego sintió el momento en que la Orden ejecutó a Sofia. No porque fuera una amenaza. Porque era un "abominación". Un pecado que debía ser purificado. Aria gritó. No fue un grito físico. Fue un grito que resonó a través de toda la conexión mágica, un grito que destrozó la habitación del motel, que hizo que el espejo se rompiera, que hizo que las paredes temblaran. Cayel la sostuvo, ancorándola en la realidad mientras ella se hundía en el dolor. —Está bien —susurró Cayel—. Está bien. Lo siento. Lo siento muchísimo. Aria no podía hablar. Estaba llorando de una manera que no había llorado en ocho años. No eran las lágrimas silenciosas de alguien que había aprendido a reprimir el dolor. Eran sollozos profundos, viscerales, que venían desde lo más profundo de su alma. Finalmente, después de lo que pudo haber sido minutos u horas, Aria logró respirar. —Elena tiene razón —susurró Aria, su voz rota—. Estamos rotos. Somos una abominación. Juntos, no podemos más que destrozar cosas. —No —respondió Cayel, levantando su cara con sus manos—. Juntos, podemos sanar. Miraste mis recuerdos. Viste la soledad que he llevado. Y yo vi tu dolor. Pero Aria, cuando nuestras mentes se tocaron, cuando nuestros corazones se conectaron... fue la cosa más hermosa que he experimentado jamás. Aria lo miró. Sus ojos ámbar estaban llenos de lágrimas. —¿Cómo puedes decir eso? —preguntó Aria. —Porque nunca me había sentido menos solo —respondió Cayel—. Y por primera vez, sentí que quizás, solo quizás, yo también merecía ser amado. Cayel besó a Aria. No fue suave. No fue delicado. Fue como si ambos estuvieran ahogándose y el otro fuera el único aire disponible. Fue desesperado y hambriento y completamente real. Las manos de Aria se aferraron a su abrigo. Su cuerpo se presionó contra el suyo. Y por un momento, el mundo exterior dejó de existir. Cuando finalmente se separaron, ambos estaban temblando. —Tenemos que irnos —susurró Cayel contra sus labios—. La Marca está acelerando. Puedo sentirlo. Aria asintió, incapaz de hablar. Golpes en la puerta rompieron el momento. —¡Aria! ¡Cayel! —era la voz de Isadora—. ¡Tenemos un problema! Cayel abrió la puerta. Isadora estaba de pie en el umbral, sus alas celestiales visibles, su expresión grave. —La Orden sabe dónde estamos —dijo Isadora—. Mateo fue capturado. Reveló nuestra ubicación bajo presión. Cazadores llegaban en tres minutos. Tenemos que irmos ahora. —¿Y la puerta a los Pirineos? —preguntó Aria, levantándose rápidamente—. ¿Cómo llegamos? —Yo te llevaré —respondió Isadora, extendiendo sus alas—. Pero Aria, hay algo que necesitas saber. Tu madre... ella sabe que estás viva. Sabe que encontraste a tu Espejo de Almas. Y ella está esperando. —¿Esperando qué? —preguntó Aria. —Para decirte la verdad —respondió Isadora—. Una verdad que cambiará todo. Porque Aria, tu conexión con Cayel no es accidental. Fue planeado. Hace veintiséis años, antes de que nacieras, tu padre y tu madre hicieron un pacto. Un pacto que incluía a Cayel. Aria sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. —¿Qué quieres decir? —preguntó. —Quiero decir —respondió Isadora—, que Cayel no es solo tu Espejo de Almas. Es tu destino. Y tu madre ha estado esperando este momento toda tu vida.
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