Capítulo 9 - Sangre.

756 Words
Stephen empezó a andar hacia la puerta, le seguí inmediatamente al ver que se iba y me dejaba ahí parada, avancé un poco más rápido y me puse casi a su altura. Esto no quedaría así, tenía que hablar con él. En tal caso es el que me transformo en esto. ¡Ey! Para...Tengo que hablar contigo...- le grite, pero el me ignoraba y seguía subiendo las escaleras, al llegar arriba del todo utilice mis nuevos dones y en un Sprint me puse delante de él parándolo en seco, su cara de furia había aumentado. -Déjame en paz...yo no quiero hablar contigo- escupió las palabras como si le diera asco. Seguí hablando- Si es por lo de tu hermana...lo siento perdí el control...no pensaba, actúe...joder se supone que tú me tienes que enseñar a controlar esto ¿no? -él no decía nada, hice una pausa, era una estúpida encima le pedía perdón ¿yo? su hermana había sido una zorra llamándome "Bastarda" mejor sería que me fuera a mi habitación. lo mire por última vez, él estaba apoyado en la pared con sus manos en los bolsillos, mirando hacia el techo, me di la vuelta y avance dos pasos hasta que comenzó a hablar, en un susurro y con la voz ronca que tanto me gustaba. - No deberías ser tú la que pidiera perdón...- me di la vuelta y lo mire a los ojos.-No...pero si tengo que pasar mi eternidad aquí, me gustaría no llevarme mal con todo el mundo...así que...que...- Sentí una gran punzada en mi garganta, no podía seguir hablando, de golpe me sentí débil, esperaba el golpe de mis rodillas en el suelo pero este nunca llego, unos fuertes brazos me tenían sujeta. - Anya...reacciona...tienes que alimentarte, si no tu parte humana ganara a la ponzoña y morirás...- oía a Stephen en un susurro, abrí mis ojos y vi a una chica mirándome con miedo, estaba atada a una cadena en su cuello...Mierda, mierda, mierda...tenía que beberme su ¡Sangre! - No puedo...Stephen...es una persona...-Empecé a sollozar pero no salía nada...estaba vacía, Stephen me zarandeaba pero no iba a hacerlo, se oyó un quejido de la chica y un magnifico olor me llego inundando mis fosas nasales, sentí mi instinto revolverse dentro de mí, mire directamente a la chica que ahora lloraba desconsoladamente, hecha un ovillo en un rincón, me agazape, acorralando a mi presa, en un salto perdiendo el poco control que quedaba en mi agarre a la chica la cabeza apartándola a un lado, dejando su yugular a mi vista y alcance, escuchando sus latidos cada vez más rápidos...Ese olor a miedo, terror...mientras bebía de su cuello...era lo que más me satisfacía, su sangre me había llenado por completo...debía parar, pero no podía...Era un monstruo. -Anya...para...ya no queda nada-Dijo Stephen poniendo su mano en mi hombro, me revolví contra el con un gruñido, haciendo que retrocediera cuatro pasos de golpe, el espero y cambio su expresión. - Lo...lo...siento - dije volviendo a la normalidad - No pasa nada...es normal la primera vez...te acostumbraras, vamos debes dormir- dijo con una sonrisa de lado. Nos paramos enfrente de nuestras habitaciones...una estaba enfrente a la otra...que casualidad...- Mañana a las nueve te espero al final de las escaleras...para el entrenamiento, se puntual. -dijo serio sin mirarme y entrando en su habitación, dejándome sola en el pasillo. Entre en mi habitación, me dirijo al baño, daba gracias por tener baño privado, me mire al espejo y vi mi rostro lleno de sangre, no se me olvidara nunca la cara de esa chica. Si pudiera llorar, en este mismo instante lo haría, no salía nada, estaba vacía...Me metí a la ducha, no sé el tiempo que estuve allí, salí y sin ponerme nada de ropa me puse delante del espejo, quería comprobar si mis cicatrices se habían borrado del todo...no, no lo habían hecho, aún seguían allí y nunca desaparecerían, ni los recuerdos, ni las pesadillas, tenía una gran cicatriz en el abdomen, causado por el golpe contra la rejas de la granja de mi abuelo, dos grandes en la espalda, hechas con un palo de madera y en las piernas tenía miles de ellas, de arrastrarme por los suelos, pero las peores eran las que se ocultaban en mi mente, esas eran incurables y no se podían camuflar tan fácilmente. Me puse una camiseta fina de tirantes y unos pantalones cortos y me metí en la mullida cama, no estaba cansada, pero para algo humano que había quedado en mí, aparte de las cicatrices, me aferraría a ello.
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