Hamsa se sentó y rodó la silla con lentitud deliberada, como un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria. Sus manos grandes, callosas se posaron sobre los tiernos, suaves y pecosos muslos de Melanie, separándolos aún más hasta que sintió el leve temblor en sus rodillas. «Me va a… volver a comer mi cosita, o… como él le dice… “Rosita”» Su corazón latía fuertemente, y todo su cuerpo olía a miel de maple, o syrup, muy típico de Hamsa quien era dulcero. Él la miraba con hambre, veía sus senos, llenos de miel, su zona intima, y hasta saliva le salía a él porque el olor era embriagador, ya que, la miel se mezclaba con el olor de su pequeña vag1na rosada. Melanie, con el corazón latiéndole como un tambor desbocado en su pecho, lo miraba hacia abajo con ojos verdes muy abiertos

