En ese momento, Mely sintió cómo su corazón se aceleraba bajo la mirada penetrante de Absalón Kravchenko. Era como ser observada por un depredador ancestral, uno que había perfeccionado el arte de detectar debilidades durante décadas de supervivencia en la cima de un imperio construido sobre sangre y cenizas. «Cálmate, Soldado 47» —se ordenó mentalmente, aplicando las técnicas de control respiratorio que Frau Kristina le había grabado en la psique durante años de condicionamiento—. «Eres Melanie Harrison. Dulce, inocente, un poco tonta. Enamorada como idiota de su hijo. Repite el perfil: chica de sociedad, mimada, ingenua, sin entrenamiento de combate.» Este hombre era diferente a cualquier objetivo que hubiera enfrentado en Edelweiss. No era un pedófilo cobarde escondiéndose detrás de s

