Capítulo 04: El cementerio de los espantapájaros (Parte 2).

2449 Words
Las cabezas de los espantapájaros eran un saco de arpillera descolorido y relleno de paja. Con pintura negra, a trazos gruesos, les habían pintado encima unos perversos ojos negros y un entrecejo amenazador. Y cada uno de ellos cargaban diferentes prendas en sus cuerpos. - No puedo creer que ya hayan pasado cuatro años desde que te fuiste. El tiempo pasó tan rápido, Rodric...- susurró Isabella estando de rodillas, acariciando la lapida de su esposo con la yema de sus dedos, y de vez en cuando admirando al viejo y pajoso espantapájaros que yacía colgado en un palo de madera que lo alzaba frente a la lápida. Entonces, la fuerte brisa empezó a pegarle en toda la cara, revolviendole su rubia melena suelta, y varias lágrimas le cayeron en ese momento por sus mejillas. Había vuelto a romper en un llanto por la perdida de su marido, y esta vez por la de Frank también. Sin darse cuenta de qué en la tumba junto a la de su esposo, recién había llegado un muchacho que cayó derrumbado frente a esa lápida con un ramo de flores, llamando así la atención de la decaída mujer. El muchacho lucía bastante joven cómo de unos veintinueve años aproximadamente, y le pareció extraño a Isabella ver a alguien así en ese tipo de lugares. Y más cuando traía un precioso ramo y no paraba de llorar desconsoladamente, mientras qué abrazaba la lápida. «¿A quién le llorará ese chico?», pensó la mujer por un segundo, dejando de lado por tan solo ese momento cómo realmente se sentía. También pensó qué seguramente ese joven entendía su dolor, porque se veía igual de roto y desconsolado que ella. - ¡¿Por qué?! ¡¿Dime por qué te fuiste en estos momentos?!- escuchó Isabella a ese joven gritarle a la lápida, mientras qué apretaba el ramo con fuerzas y lloraba violentamente sin importarle qué una mujer estuviera a su lado viéndolo-. ¡Justo nos íbamos a casar, y Dios de verdad te arrebató de mi lado! ¡Oh, Dios mío, ¿por qué?! El muchacho se veía tan mal y desconsolado que eso logró qué Isabella se sintiera empática, y en cierta parte mal por él. «Ese chico... entiende mi dolor», pensó y con una expresión más calmada y comprensiva. Después de haberse limpiado las lágrimas con el dorso de la mano y de acomodarse el pelo en un perfecto moño con una liga que siempre traía cómo pulsera: caminó hacia él, y con timidez le apretó el hombro de pie a su lado. - Lo lamento tanto...- le habló con una voz tan maternal y consoladora, que el muchacho aunque se asustó por ese repentino tacto, se volvió hacia ella y sin conocerla siquiera le abrazó las piernas y lloró en su regazo como sí Isabella fuese su madre-. Tranquilo, llorar te hará sentir mejor, cariño... - ¡Ella se fue y yo la amaba dema...!- dijo él rompiendo en un violento llanto, mientras se aferraba con mayor fuerza a las piernas de esa desconocida mujer que apenas veía por primera vez. Entonces, cuando a Isabella le pegó un fuerte olor a alcohol que desprendía de su ropa se dio cuenta de qué ese muchacho estaba borracho, quizás por eso estaba gritando muy fuerte y no le importaba llorar frente a ella. - Pobre chico...- murmuró para sí misma, y se inclinó para levantarlo del césped, preguntándole-: ¿Dónde vives? ¿Quieres que te lleve a tu casa? No estás en muy buenas condiciones qué digamos... El muchacho a su vez se aferró más contra ella, y aunque a otras personas le hubiera molestado que alguien cómo él invadiese su espacio personal, a Isabella no le importaba mucho. Ella se sentía empática con él, y por alguna razón solo quería ayudarlo ya que ese hombre se veía muy mal y estaba borracho. - Yo vivía con... mi prometida- le escuchó decir con la voz temblorosa y un poco ebria, mientras que lloraba en su hombro y la abrazaba fuerte-. No... Nosotros nos acabábamos de mudar a esta isla, y teníamos planeado casarnos aquí. Era uno de los sueños de ella, vivir aquí para poder surfear grandes olas..., y fue justo eso lo que pasó- el tono de su voz se volvió más roto, e inaudible-. Ella... Ella se fue a surfear a lo lejos del mar mientras que yo trabaja en el centro, y no sé qué pasó pero... desapareció y nadie supo nada de ella. Pero luego... encontraron su cuerpo en el mar..., o más bien dicho lo que quedaba de ella. Isabella sintió una punzada en el pecho, y por una milésima de segundo recordó lo que le había pasado a su hijo menor y a Frank... con ese monstruo marino. ¿Esa cosa habrá tenido qué ver con la muerte de esa chica? Lo pensó en ese momento, pero se vio interrumpida cuando él se apartó de ella, y le preguntó: - ¿Por qué abrazas a un desconocido? La mujer tragó saliva, y mirando hacia el suelo con timidez, contestó: - Porque pienso que somos iguales en estos momentos.... Él enarcó una ceja, confundido. - Yo también perdí a un ser querido...- agregó ella, y contuvo las ganas de romper a llorar frente a él-, y duele bastante porque perdí a mi marido, y también a mi hermano. Y sé que esto no te interesa, pero nos veo iguales en estos momentos por nuestro dolor... Entonces, el muchacho asintió con la cabeza, y sin importarle nada la volvió a abrazar fuerte. Isabella se sintió reconfortada, y bien. Le parecía extraño estar así con alguien que a penas conocía, pero tenía tanto tiempo sin sentirse bien de verdad que le gustó. - También lo lamento- dijo él con voz rasposa, mientras que la abrazaba y miraba hacia varios de los espantapájaros qué parecían estar mirándolos desde sus estacas, diciendo torpemente-: No entiendo algo. - ¿Qué? - ¿Por qué hay muchos espantapájaros en este sitio?- preguntó el muchacho finalmente-. ¿Por qué hay uno en la tumba de mi prometida? - Es la tradición en la isla Cara. - ¿"Tradición"? No lo entiendo. - Verás...- dijo, y lo separó de ella para que se mirasen cara a cara y pudieran hablar mejor-. Cuando alguien muere en la isla Cara, y deciden darle Santa sepultura aquí. Después de que su cuerpo es enterrado se le hace un espantapájaros que deben de vestir con las prendas del difunto- explicó, mientras que ambos miraban hacia todos esos espantapájaros con ropas diferentes cubiertas de paja y que se alzaban frente a ellos-. Ese espantapájaros simboliza de alguna manera la vida del muerto en la tierra, para que así pueda tener Santa sepultura y así pueda alcanzar el camino al cielo. La verdad, eso algo que solo aquí se hace, y que se volvió una tradición. Por eso se le apodó cómo: el cementerio de los espantapájaros. - Espera, entonces... ¿quieres decir que eso...- señaló con su dedo indice hacia el muñeco de paja de tamaño humano que yacía crucificado frente a la tumba de su novia-... es mi prometida? - Sí...- asintió Isabella tímidamente con la cabeza, y se sintió un poco mal por el muchacho cuando este volvió a romper en un desesperado llanto, cubriéndose la cara y volviendo a caer de rodillas sobre el césped-. Oye, yo... de verdad lamento lo de tu prometida...- murmuró, inclinándose hacia él para apretarle el hombro con la misma timidez, añadiendo consoladoramente-: Pero al menos tienes una nueva amiga, si necesitas algo aquí estoy. Entonces, el muchacho retiró las manos de su cara, y le dijo torpemente: - Dios mío, eres tan buena conmigo, y yo ni siquiera sé tu nombre... - Lo siento, yo nunca me presenté...- le contestó con un pequeño rubor de vergüenza en sus mejillas-. Soy Isabella. Y él limpiándose una lágrima solitaria con torpeza, añadió: - Y yo soy Max. Y en ese momento ambos se dedicaron el intento de una acogedora sonrisa, y se miraron fijamente. Ambos estaban rotos, y aún así trataron de mostrarse lo mejor de sí para el otro, y quizás fue por eso. O, porque Max consideró atractiva a esa mujer. O, porque estaba borracho, y no estaba en sus cabales. Pero sin importarle nada se acercó, y la besó en los labios. Isabella se quedó estática, y no pudo creer que él la hubiera besado. Sus labios sobre los suyos se sentían tan bien. Ella no había besado a alguien desde hacia siglos, y le gustó mucho. Pero entró en razón y se dio cuenta de que estaba mal. Él estaba borracho, y ella no se aprovecharía de eso, y por eso lo apartó poniendo sus manos en su rígido pecho masculino, diciéndole: - Estás borracho, no sabes lo que estás haciendo, Max. - Perdón, yo no quise...- se disculpó él, mirando hacia otro lado con incomodidad. - ¿Quieres que te acompañe a tu casa?- le propuso Isabella al ver qué él a penas y podía mantenerse de pie, lucía bastante ebrio y ella temió por un momento a que le pasara algo malo de camino a su casa. - No soy un niño, Isabella. Puedo cuidarme solo- le contestó Max en un gruñido, y se dio la vuelta para emprender el camino a su casa, pero justo cuando dio un par de pasos se tambaleó y se fue de bruces contra el césped. Cosa qué ocasionó que Isabella fuese detrás de él, y lo levantara del suelo con cuidado. - Sí que estás mal, chico- dijo ella, riendo-. Bueno, pasarás la noche en mi casa, vivo cerca. No puedes irte estando así... Y aunque él quería volver a su departamento en la parte comercial de la isla, sabía que no estaba muy bien y que su vista estaba muy jodida. Además, sintió que podía confiar en esa mujer, y por eso terminó aceptando su propuesta y empezó a caminar con ella por el cementerio para que se fuesen de allí antes de que terminara de oscurecer. Además, el vigilante del sitio había aparecido para decirles que ya iba a cerrar el portón de la cerca, ya que se estaba haciendo tarde. Entonces, cuando el vigilante vio a esas dos personas irse del cementerio al que le habían encargado cuidar cómo trabajo, pensó que tenía que revisar la zona para ver sí todo estaba en orden antes de cerrar, cómo solía hacer. Por eso entró, encendiendo la luz de su linterna para alumbrar por dónde iba caminando ya que la noche había caído. Y porque la luna llena estaba oculta entre las nubes, el cementerio no se podía divisar muy bien con claridad. El vigilante era un hombre igual de delgado que un fideo, y que siempre cargaba puesto su uniforme oscuro y sus botas. Algunas veces dormía allí en una pequeña casita, y no tenía problemas ya que desde siempre él había sido el vigilante del cementerio Perla. Sin embargo, a veces se preguntaba qué pasaría con ese lugar cuando él falleciera, ya que también estaba bastante viejo y arrugado como una pasa. Y aunque sabía que no le quedaba mucho tiempo, aún así él amaba su trabajo. A pesar, de qué nunca se acostumbró a estar rodeado de muchos espantapájaros. Como la noche había caído y la brisa helada había aparecido, el vigilante podía escuchar cómo la paja gemía y crujía cuando pasaba al lado de esos espantapájaros por la ventilación. Era una especie de sonido espectral. Aún así no se concentró en ese sonido, y continuó revisando sí todo estaba en orden antes de cerrar. Revisó el césped, por sí había basura regada por allí. Algunas de las lápidas. Y algunos de los espantapájaros, que se alzaban frente a él en una rígida y espeluznante posición. Y aunque, por extraño que sonara, por alguna razón todos poseían el mismo espeluznante entrecejo. Pensó qué no debía tener esos absurdos pensamientos, y qué era ridículo que él se asustara al ver qué todos ellos tenían un ceño extrañamente fruncido, ya que los veía todos los días. ¿Cómo no se pudo haber dado cuenta de ello? Qué ridículo, pensó. Por eso no le dio tantas vueltas al asunto, y cuando caminó por todo el camposanto y se dio cuenta de que todo estaba en orden. Decidió volver a la entrada y cerrar las rejas de una vez para volver a su casa. Retomó el camino por el césped para regresar, pero cuando estuvo a unos metros del portón escuchó detrás de él un sonido extraño que se perdía con el sonido de la brisa, y entre esa gran hilera de espantapájaros. Y por extraño que sonora. Él sabía perfectamente qué eso había sido un susurro. Entonces, frunció el entrecejo cuando pensó que seguramente eran los mismos adolescentes que venían a hacer de las suyas. El vigilante ya había tenido problemas con ellos, y hasta incluso había llegado a hablar con sus padres. Y por eso se enfadó tanto cuando a lo lejos divisó entres la oscuridad a uno de ellos que yacía parado frente a una de las lapidas. «Mocoso estúpido, escondete mejor la próxima vez», pensó enseguida el viejo y con sigilo se empezó acercar a esa silueta que se proyectaba de pie a lo lejos. Había caminado con tanto silencio que ese chico no lo escuchó llegar por detrás, y fue por eso que el vigilante lo sorprendió, diciendo: - Ya es tarde, ¿qué hace aquí a altas horas de la noche, jovencito?- le preguntó el anciano con un leve gruñido, levantando su linterna y apuntado a esa persona con ella. Y entonces, se dio cuenta en ese momento de dos cosas. Esa persona estaba parada frente a la lápida de la prometida del hombre que estaba con Isabella. Y qué esa persona estaba hecha de paja. El vigilante de pronto sintió un escalofrío recorrerle la espalda, y su rostro se contrajo de horror cuando el espantapájaros que se levantaba sobre sus pies frente a él se volvió a su persona. Y lo miró con su rostro plano y pálido de arpillera, susurrando con un tono tan frío y suave como la brisa fantasmal: - Esa tumba es mía, ¿por qué estoy muerta...? El aire se le escapó de los labios al vigilante, y en ese momento las nubes se alejaron de la luna llena y la luz deslumbró todo el cementerio. Entonces, el anciano contempló con horror cómo empezaron a moverse todos esos oscuros espantapájaros, dando sacudidas, tirones, retorcidas, para bajarse de sus estacas. Porque todos habían cobrado vida la noche de ese Viernes.
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