Capítulo 2.

3523 Words
Narra Ronald. Dos horas después estábamos en el garaje, había llegado a la cabaña ensangrentado junto a Cadmus, pero pudimos acabar con los vampiros. Ahora mismo, lo veía ocupado, intentado utilizar mi brazalete, objeto que pertenecía a la mansión, recordaba que Azariel me lo había regalado cuando asumí mi puesto en el Clan, había pertenecido a su abuelo, quien se lo había regalado a él. Sin duda una joya de valor, tanto en lo económico como en lo sentimental. Lo había recuperado gracias a mi madre, ella tenía todas mis cosas, luego de mi encarcelamiento, sorprendentemente Azariel no las quemo y mi hermana Nora se encargó de traérmelo hace tiempo. - Listo Ronald, vamos a probarlo - dijo Cadmus, soplando el polvo que le había dejado encima, tuvo que agregarle un material en forma de tubo, que contenía el líquido especial- La poción solo servirá dos veces para transportarte de ida y de regreso- Avisó entregándomela, me la coloqué ansioso- Solo debes pensar en el lugar específico en el que deseas aparecer en la mansión y ahí estarás- Explicó ordenando su mesa de trabajo, tenía muchos materiales y hiervas con cosas extrañas para hacer las pociones. Las hadas tenían magia, para expresarlas utilizaban pociones, estaban conectadas con la naturaleza. Y algunos de ellos eran capaces de curar heridas mortales, Cadmus era muy reconocido por ser uno de los mejores en la magia, no era algo para sorprenderse era el sobrino del rey de las hadas. - Gracias Cadmus- agradecí con sinceridad. Éramos amigos desde hace años, me había ayudado mucho desde que escapamos los dos juntos de la prisión hace un año. - No te preocupes Ronald, mejor probemos si sirve- dijo sonriendo. Asentí de acuerdo. Cerré los ojos concentrándome, a estas horas ya debe estar durmiendo mi Eira. Era media noche, dejé que mi imaginación se hiciera cargo, pronto sentí una energía rodear mi cuerpo, una capa adhiriéndose a mi piel, acompañado de un ligero dolor muscular. Y cuando volví a abrir mis ojos, estaba en la habitación con mi enlazada, su cuna reflejada por la luz de la luna que se filtraba por la ventana. Me acerqué tratando de no hacer mucho ruido, cuando pude observar su rostro dormido, me embargo la ternura, era la niña más linda que mis ojos hayan visto. Mi demonio se sentía tranquilo, en paz con su presencia. Acaricié su cabecita despacio, su cabello sedoso se deslizaba con facilidad de mis dedos. La cuidaría siempre, es mi pequeña. Narra Eira. Actualidad. El clima lluvioso se reflejaba en la ventanilla del auto, sentada en el asiento de copiloto, seguía cada gota bajar con la mirada, como si fuera un juego de carreras entre ellas para distraerme, no paso mucho tiempo cuando mi padre detuvo el auto aparcándolo brevemente. Habíamos llegado a mi destino el colegio Villa Real, majestuoso no solamente por su estructura antigua de ladrillos lustrosos sino porque albergaba estudiantes que no eran humanos y sí, estoy hablando de criaturas sobrenaturales. - Adiós papá- me despedí con un beso en su mejilla, sus ojos grises parecidos a los míos me miraron felices. - Adiós corazón- se despidió con una sonrisa brillante. A veces era increíble el parecido que teníamos, aunque era entendible porque era su hija. Mi hermano menor Isaac se bajó del auto sin esperarme y sin despedirse de nuestro padre, era su primer año en el colegio, su emoción no podía ser retenida. Me empecé a reír con gracia al verlo resbalarse con el agua del suelo, mi papá negaba con la cabeza divertido. Me bajé del auto, abriendo mi paraguas de color verde pantano, caminé al lado de mi hermano ofreciéndole una mano, él acepto mi ayuda, levantándose del suelo. - Tranquilo, casi nadie te vio- dije burlona, él me miro apenado, riéndose de sí mismo. Sabía que le mentía. Si lo habían visto. - Al menos seré memorable, saldré en las noticias de chisme. El demonio varón, hijo del líder del Clan Zas se resbalo de manera inoportuna en frente de los demás en su primer día de instituto-dijo con sarcasmo, limpiándose con las manos el pantalón, lleno de barro. - Vamos, no seas dramático déjate el pantalón quieto, solo lo estas empeorando. No vas a querer que Jennifer te vea así- insistí tocando su hombro, era más alto que yo, considerando que apenas tenía trece años. El ADN de demonio-salvaje aceleraba nuestro crecimiento, tanto físicamente como intelectualmente. El asintió de acuerdo conmigo. Mi amiga era su enlazada, aunque era mayor por algunos años, dado que las dos teníamos diecisiete, pero eso no representaba una dificultaba a su amor floreciente desde la niñez. Comenzamos a caminar hasta traspasar las verjas de hierro, que protegían y encerraban el lugar, seguidamente por las puertas de roble del colegio, entrando en el majestuoso salón de recepción, el bullicio de los alumnos nos recibió, parloteaban e incluso gritaban los más jóvenes, cerré mi paraguas, sacudiéndolo un poco. Los altavoces anunciaron el comienzo de las clases, primer día de estudio, acompañé a mi hermano hasta su salón, prometiéndole que nos veríamos en el comedor para desayunar con Jennifer. Luego me fui al mío, entrar al salón y encontrarme con las caras de mis viejos compañeros, resulto algo reconfortante. Busqué un sitio libre para poder sentarme, acomodando mis útiles escolares, Jennifer llego poco después, sentándose atrás mío. No pudimos hablar porque el profesor comenzó a impartir la clase. A pesar de que la mayoría éramos criaturas sobrenaturales, como demonios, hadas, hechiceros, hombres lobo e incluso vampiros, estaba prohibido utilizar nuestros dones a menos que tuviéramos una clase que los involucrara, esto servía para evitar peleas innecesarias en el instituto, razón por la cual nos enseñan también en la casa. El autocontrol, era necesario, de lo contrario podrías ser gravemente sancionado y a nadie le gustaba estudiar con humanos. Aparte el instituto se encargaba de parecer normal ante el escrutinio humano, nadie que no fuera sobrenatural estudiaba aquí. Al menos que fueras un cazador. Dos horas de clases fueron suficiente para que el recreo llegara, caminar en compañía de mi amiga hacia nuestros casilleros correspondientes fue algo sumamente cómodo. Aunque no he podido dejar de pensar en mi Ronald, tenía un poquito de normalidad en mi día para distraerme. - ¿En dónde está Isaac, Eira? - pregunto Jennifer, ya me parecía extraño que no haya preguntado por él, a veces creo que no quiere parecer una desesperada y trata de retenerse, pero a mí sinceramente me parecía muy adorable verlos juntos. - De seguro estará en el comedor, le dije que nos esperara ahí- respondí sonriéndole, ella me correspondió el gesto contenta. Mi amiga, era una chica morena con unos preciosos ojos dorados, la conocía desde niña, su padre, el señor Walter era el segundo al mando en el Clan Zas, la personalidad de Jennifer era agradable, razón por la cual mi familia la acepto con rapidez. Todos estaban contentos con la unión de las dos familias. Cuando llegamos al comedor, me acerque a la fila de estudiantes que pedirían comida, dejándole privacidad a mi amiga para que se acercara a mi hermano, los dos se saludaron con un beso en sus mejillas. El amor se reflejaba en sus poros, sentí algo de envidia, ellos podían amarse libremente mientras que a mí me tocaba hacerlo a escondidas. Y todo por errores del pasado, que afectaban mi futuro con mi enlazado. Suspiré escogiendo mi comida y la de los tortolos. Una vez lista mi bandeja, me dirigí a la mesa, esquivando a las personas, logré sentarme en la silla contigua en donde mi hermano estaba, dejé la bandeja repartiendo la comida en pares iguales mientras ellos seguían viéndose coquetamente. - ¿No me van a agradecer? - Inquirí fastidiada. - Gracias- dijeron los dos al mismo tiempo, se miraron riéndose de la coincidencia. *Son un caso perdido* pensé. Agarré mi emparedado dispuesta a relajarme, escuchando a mi amiga hablar sobre ropa y moda, algo que realmente le apasionaba, ella misma creaba modelos y estilos personales. Justo ahora traía puesto un conjunto de color Vinotinto, que consistía en una chaqueta de piel, una camisa de manga larga que dejaba ver su ombligo, un pantalón de color blanco y un par de zapatillas de tacón bajo que le quedaban de maravilla, completamente diferente a lo que yo usaba, el día de hoy. Mi suéter de lana me protegía del terrible frio producto de las lluvias junto a un vestido verde, unas mallas negras y unas zapatillas del mismo color. Observé hacia las ventanas que daban directo al patio libre y más allá al bosque, entre la espesa vegetación me encontré con la mirada verdosa de Ronald. Sorprendida me atoré con un pedazo de tomate, bebí mi chocolate de manera precipitada mientras Jennifer e Isaac me miraron preocupados. - ¿Estas bien? – preguntó mi hermano, dándome palmadas en la espalda. -Sí, solo me atoré. Iré al baño, regreso en un momento- respondí, levantándome de mi asiento. Salí del comedor, caminando entre los reconocidos pasillos del instituto, las columnas de madera combinaban con el piso del mismo material, las paredes de color amarillo desteñido junto a los bordes tallados del techo, le daban al ambiente un toque clásico. Era admirable como tenían todo pulcramente detallado y cuidado, porque el instituto ya tenía bastantes años de construidos. Era una zona neutral para cualquier disputa en el mundo sobrenatural. Al ver la puerta del baño de damas entré, encontrándome con algunas chicas hablando distraídas mientras se miraban en el espejo, no me preocupe porque el baño era extenso y tenía más de seis cubículos para hacer las necesidades básicas. Accedí a uno, cerrando la puerta, ignoré el retrete cerrando mis ojos, entonces pensé en el bosque detrás del instituto y en mi Ronald, cuando volví a abrir mis ojos, me encontré pisando tierra y no las losas blancas del baño. Sonreí, mirando entre los árboles la figura que se recostaba en la madera, su cabello rubio estaba más corto que la última vez que lo había visto y cuando él me dirigió una mirada verdosa llena de brillo, sentí como mi respiración se atascaba en mi garganta, su sonrisa amistosa no podía dejar de resultarme hermosa. Y su cicatriz lo hacía resaltar aún más de ser posible. - Hola Eira- Saludó con su voz varonil. Me quede por un momento callada, tenía una semana sin verlo, sin saber absolutamente nada de él, quería enojarme, pero no podía, él era mi debilidad. Lo peor él lo sabía. - Ronald ¿Qué haces aquí? – Pregunté cruzando mis brazos. - Pensé que te alegraría verme- inquirió acercándose con cautela hasta quedar a centímetros de mi cuerpo, bajo un poco la mirada para encontrarse con mis ojos grises. Observé la cicatriz, que abarcaba la mitad de su rostro, algo que lo identificaba como mi Ronald y no lo hacía menos perfecto. - Y me alegro, pero apreciaría que no desaparecieras sin avisarme primero. Estuve preocupada- dije con un puchero, intentando no caer ante su belleza. *Porque es tan hermoso* pensé con un quejido. - Te lo explicaré todo, lo prometo- aseguró con suavidad, enroscando un mechón de mi cabello con su dedo índice, acariciando mi rostro con delicadeza, traté de controlar un escalofrió, él casi nunca me tocaba de esa manera- Pero debe ser en nuestro lugar secreto. Es peligroso que este aquí, nos pueden ver y no creo que les agrade la idea de que la hija del líder del Clan Zas vea a un prófugo de la justicia- dijo con una mueca. - Entonces ¿por qué has venido hasta acá si es arriesgado? – pregunté con altivez apretando mi suéter de lana con mis manos. - Porque te extrañaba mi Eira, no soporto estar lejos de ti- confesó tocando mi collar de esmeraldas, el mismo que me regalo hace años. Era mágico y me ayudaba a transportarme junto a mi enlazado, incluso podría llamarlo y él aparecería para ayudarme. Pero esta habilidad otorgada solo debía utilizarse cuando estuviera en peligro, dado la vida arriesgada de mi enlazado, no podía aparecerme a su lado cada vez que quiera, podría verme en serios problemas con sus enemigos si él estuviera combatiéndolos. Justo por eso, solo serviría cuando realmente él quisiera verme, como ahora, que utilice su poder. La magia tenía sus límites. Acaricié su mano con la mía, su piel estaba tibia y cuando enrede sus dedos ásperos con los míos, él me miro intensamente, sus ojos verdes eclipsando mis ojos grises. - Yo también te extrañé- susurré acercando mi rostro al suyo, sin importarme la diferencia de estatura, podía sentir la tibieza de su respiración, escuchar con claridad los latidos acelerados de su corazón que parecían competir con los míos. Y justo cuando me pare de puntillas para intentar alcanzar sus labios rosados, aquellos que he deseado probar por tanto tiempo, desapareció. Ronald se esfumo, abrí mis ojos desmesuradamente mientras rechinaba mis dientes del enojo. *¿Cómo se atreve a dejarme? * pensé. Y solo porque lo intente besar por primera vez. - ¿Eira? - mencionó una mujer mi nombre con confusión, asustada me volteé encontrándome con Addison, una hada que estudiaba conmigo. Le dirigí una sonrisa sincera, ahora entendía porque Ronald se había ido utilizando su pulsera. La había escuchado venir y se fue para que no nos descubrieran. -Addison, disculpa no te escuché venir- dije mirando mi reloj de pulsera- Ya es hora de regresar a clases- comenté, señalando el instituto. Ella me miró extrañada, sopesando mis palabras- No sabía que la señorita Zas, paseaba sola por estos lugares. La miré perspicaz, sabía que Addison era una persona curiosa y maliciosa. Debía cuidar mis palabras delante de ella. -Tienes razón, no vengo a estos lugares. Solo quise agarrar un poco de aire, estoy algo cansada el día de hoy- dije fingiendo un bostezo. Caminé en dirección al instituto sin detenerme ni ver atrás. Sabía que ella me seguía de cerca, no me dejaría en paz de manera fácil. -Los demonios no se enferman Eira- dijo con actitud sabionda. - Dije que estaba cansada no enferma Addison- remarqué lo último mirándola con mis ojos brillantes, mi demonio se estaba alterando. Ella se quedó callada sin insistir más, la hada era muy inteligente para saber que todavía soy muy joven y no controlo mis impulsos como un adulto. Además, no le convenía, su familia mantenía tratos con la mía, su padre es el doctor Evans un fiel ayudante del Clan Zas y su madre Lucy, es una enfermera con dones curativos sorprendentes, eran una pareja demonio-hada. Por lo que tengo entendido Addison heredo más la parte hada de su madre. Y se notaba, su cabello rubio, aspecto físico que se le atribuía a esta especie la delataba, sin olvidar sus orejas puntiagudas que ocultaba bajo una poción, era otro indicativo. Es considerado muy extraño que un hada no tenga el cabello claro, incluso se creía que sería mala fortuna tener un cabello oscuro siendo de esta especie. Como una maldición, pero de eso se encargaba la realeza de su especie. En conclusión, las hadas trataban de verse lo más normales posibles, como nosotros lo demonios. Atravesamos los jardines y el invernadero lleno de plantas especiales, hasta llegar a la puerta que conducía al interior del instituto, caminé directo a mi salón, perdiendo de vista a Addison entre la multitud de personas intentando ingresar a sus salones, al parecer ya había sonado el timbre por los altavoces. Al sentarme en mi pupitre, suspire aliviada de que el hada no estudiara conmigo sino en un año inferior, me encontré con la mirada de Jennifer que me cuestionaba mi tardanza, le sonreí fingiendo tranquilidad, tendría que inventar una excusa convincente, algo en lo que soy excepcionalmente buena. Porque mi relación con Ronald era algo que debía mantener en absoluto secreto. Narra Ronald. Doce años antes. En la rama de un árbol gigante me ocultaba, veía a mi Eira jugar a las escondidas con su madre Sibila, era un día especial para ella, su cumpleaños número cinco. Se había levantado temprano, despertando a todos en la mansión solo por su emoción, le habían dado su regalo y una torta, los vigilaba casi todos los días, por lo que sabía que harían una fiesta para ella. Y no, eso no me hacia un acosador, sola la cuidaba. La perrita mágica, llamada Rudy, corría por el jardín con una velocidad impresionante. Algunos animales podrían transformarse en criaturas gigantes de dos metros, los hechiceros habían conjurado a varias especies para que tuvieran esa habilidad hace tres siglos. Actualmente, eran protegidas por las hadas y a mi Eira le encantaba estar con la perrita, incluso le daba de su comida, era peor que Íker en ese aspecto. Malcriaban a su mascota. Pero verla tan feliz, me hacía feliz a mí. Algunas veces hablaba con ella, su vocecita me tranquilizaba, esto sucedía cuando se encontraba sola, sin nadie que se diera cuenta de mi presencia. Me aseguraba de que ella no le contara a nadie sobre mí, utilizando mi don. No solamente podía borrar recuerdos e implantar otros, sino que también podía alterar algunas de sus decisiones, haciendo parecer que fueron propias desde el principio. Se que no era lo correcto, planeaba contárselo cuando fuera mayor. Salté del árbol, tocando la tierra con mis zapatos, persiguiendo a mi Eira, quien se escondía detrás de un arbusto, lo suficientemente lejos como para saber que Sibila tardaría en hallarla. -Hola pequeña- Saludé con una sonrisa, mi enlazada me correspondió el gesto, caminando hasta mí. Me agache abrazándola. - Hola Rony – saludo con el bobo y soso apodo que me había puesto. - ¿Cómo estás mi Eira? -Pregunté separándome de ella, observando su sonrisa destellante. - Bien Rony, estoy jugando con mi mamá- contestó señalando con su brazo al inmenso bosque. - ¿Sabes de qué me entere? Del cumpleaños de una personita muy especial para mí – Comenté con una expresión cómplice. Ella se reía, juntando sus manitas, estaba seguro de que estaba esperando un regalo de mi parte, la última vez, le había dado un peluche de tigre, dormía con el todas las noches. Ahora, le daría otra cosa. - ¡Soy yo! – Repetía brincando, le hice una señal para que hiciera silencio. No quería que el ruido alertara mi presencia. - Así es, eres tú- dije acariciando su cabello- Y este es mi regalo especial para una niña tan hermosa- halagué sacando de mi chaqueta un paquete de color celeste. Sus ojos grises se iluminaron, agarró el paquete con sus manitas emocionada. Abrió el envoltorio, para posteriormente abrir la cajita que contenía en su interior un collar con relucientes gemas mágicas de color verde. Era costoso, pero nunca escatimaría en precios por mi linda enlazada, además estas gemas eran especiales, como su propio nombre lo dice, contienen magia en su interior. Y es un objeto invisible a menos que el portador deseara que fuera visible. Más adelante le enseñaría a utilizarlo. - Son muy bonitos, gracias- dijo Eira admirando su regalo con una sonrisa. - Te ayudo a colocártelos- Ofrecí arrodillándome para estar a su altura, ella acepto, quedando maravillada con las gemas brillantes, acariciando su collar con los dedos- Ahora escúchame bien, pequeña. Este collar, está hecho de gemas verdes y contienen magia, nadie sabrá que lo tienes puesto más que tú y yo, y si alguna vez necesitas ayuda, solo debes decir mi nombre, ahí estaré para protegerte - expliqué tocando las piedras. Ella asintió de acuerdo. - Está bien, no se me olvidara, lo prometo- Aseguró, le creí sin dudar- Debió costarte mucho dinero, papá le compra cosas así a mi mamá, dice que la ama mucho porque son enlazados y quiere demostrarle lo especial que es para él- comentó mirándome tímidamente - ¿Tú me amas Rony? – preguntó con inocencia. ¿Amarla? ¿Cómo no hacerlo? Es mi pequeña enlazada. - Sí, te amo mi Eira- respondí con ternura, acariciando su rostro. - ¿Te casaras conmigo cuándo crezca? – Preguntó curiosa, me reía sin poder evitarlo, viéndola refunfuñar con los brazos cruzados por mi reacción. - Claro que sí, cuando seas mayor te daré un anillo de compromiso con un reluciente diamante y muy costoso para que todas las mujeres te envidien- respondí con ternura. Sus ojitos grises brillaron felices. - También quiero un perrito mágico para Rudy, quiero que se casen y tengan muchos cachorros- Exigió alzando una ceja de manera graciosa. ¡Qué niña tan manipuladora! Azariel le enseño bien. - Todo lo que tú quieras mi princesa- acepté besando su mano, ella se mostró contenta conmigo, de repente escuché las hojas del suelo crujir, Sibila se acercaba- Me despido mi pequeña Eira, nos vemos luego- Dije con rapidez, saltando a un árbol y tomando una poción de invisibilidad. Mi enlazada se quedó sorprendida al verme desaparecer con facilidad, su madre le tocó los hombros asustándola. - ¡Te encontré! - gritó para salir corriendo, inmediatamente Eira la persiguió riendo. Vuelvo a reiterar que nada podrá hacerme tan feliz, como ella.
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